El muerto desconocido

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El muerto desconocido

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Una de ellas abrió la pequeña tapa de cristal y por unos segundos contempló el rostro inerte de lo que pareció ser un hombre vestido esmeradamente y maquillado de manera rigurosa.

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La limusina conducida por un hombre vestido de frac y corbata hizo su aparición por la puerta principal. En su parte delantera, dos pequeñas banderas ondeaban por el viento parecidas a las que utilizan las caravanas de jefes de Estado. El coche redujo la velocidad y lentamente se parqueó. Allí lo esperaban dos hombres enfundados en trajes de fatiga color beige a quienes se les vio transpirar constantemente.

Hacía calor. El sol estaba puesto en los más alto del firmamento. Habituados a su oficio, abrieron rápidamente la cajuela que dejó ver un reluciente féretro aplastado por montones de flores. El olor entremezclado entre formol y flor se tomó el ambiente. Lo condujeron sobre una camilla metálica que chirreó al andar; con indiferencia, pero con respeto, lo depositaron al fondo de lo que pareció ser una pequeña ermita. Seguidamente se escucharon las notas solemnes de un canto gregoriano entonado por varias mujeres jóvenes, regias, uniformadas como colegialas de convento. El coro cantaba en tono llano una y otra vez un versículo de la Biblia: “aunque camine por el valle de la muerte nada temo porque tú vas conmigo, tu vara y cayado me sosiegan”.

Al fondo, fue recibido por un hombre entrado en años, de sienes plateadas quien permaneció enfundado en una ajustada sotana negra la cual dejó ver un descansado vientre materno. Él hizo un gesto reverencial acompañado de un monaguillo de cabeza plana y cabellos lustrosos quien lo siguió con las manos entrelazadas sobre el pecho en señal de piedad y devoción. El hombre roció con un hisopo el reluciente sarcófago recitando responsos y versos en latín. Presidiendo la liturgia continuó su emotiva prédica exhortando a los presentes a estar vigilantes y preparados para cuando sean llamados a rendir cuentas ante el supremo juez. El monaguillo, con un grupo de personas, escuchó en silencio la amonestación. Todos reflejaron caras de aflicción menos una joven mujer de cabellos incendiados al parecer aprendiz de “youtuber” quien ha irrumpido en la escena con un pequeño dispositivo electrónico trasmitiendo “online” para dar fe a los que la veían que los que permanecían ahí no estaban muertos. De ahí salió feliz, con cara de satisfacción como si hubiese experimentado un pequeño orgasmo. Sus miríadas de seguidores también disfrutarían hasta el paroxismo el haber presenciado “online” la historia, según ella, del muerto desconocido.

Después de la corta liturgia, unas mujeres con velos negros sobre sus rostros, que han permanecido en la distancia, se abren paso acercándose con respetuosa devoción al reluciente ataúd y se quedan en silencio un momento. Una de ellas abrió la pequeña tapa de cristal y por unos segundos contempló el rostro inerte de lo que pareció ser un hombre vestido esmeradamente y maquillado de manera rigurosa. La mujer sollozó quedadamente y luego prorrumpió en gritos y alaridos, dando rápidos y tenues puñetazos sobre el sarcófago. Un hombre que había permanecido a su lado la abrazó y la sacó del lugar.

En la distancia, otro hombre que había estado en silencio y contemplado la escena, y a juzgar por su atuendo era el jardinero, dijo sin ruborizarse: “era mala hija”. Acto seguido continuó podando con indiferencia algunos árboles de una pequeña floresta que sombreaba la línea infinita de tumbas ordenadas rectangularmente. Algunos carros y buses que habían acompañado la luctuosa comitiva por calles y avenidas se habían parqueado en los estacionamientos. De éstos habían descendido varios grupos de personas, algunos vestidos para la ocasión y otros, a juzgar por sus vestimentas, eligieron lo primero que encontraron. Varios se habían quedado en la distancia, en silencio; otros charlaban animadamente y algunos caminaban entre las tumbas como en la película protagonizada por Liam Neeson.

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Varias personas que se habían quedado al lado del sepulcro seguían depositando flores. El día estaba agonizando. La mujer de los alaridos había abandonado el camposanto, apoyando su cabeza sobre el hombro de alguien que la introdujo delicadamente dentro de un carro que arrancó y se perdió en la distancia. El hortelano había terminado de podar la pequeña floresta y ahora descansaba sentado sobre un pretil; por detrás se le acercó una mujer que lo había escuchado hablar horas antes. Excitada tal vez por la curiosidad, le preguntó: – “¿por qué dice que fue mala hija la mujer que lloraba y gritaba sobre el ataúd?”

– “Que por qué” – le respondió este último sin mirarla. “He estado aquí gran parte mi vida y he visto muchos videos y películas como esas” y, paso seguido, encendió un cigarrillo el cual el humo le hizo entornar un ojo. – “Conozco mucho la condición humana”, dijo, mientras raspaba pausadamente sus herramientas algunas untadas de barro con una hoja afilada de lo que parece fue un cuchillo. Miró a la mujer por primera vez. – “¿Usted sí es buena hija, es buena persona?” Ella se sorprendió ante la inesperada pregunta y respondió presurosamente: – ¡sí, claro, soy buena hija! -. El jardinero suspiró hondamente levantando sus herramientas. La mujer, ante el embarazoso momento, le lanzó otra pregunta de manera ingenua.

– “¿Y no le da miedo estar aquí todo el día con los muertos?” –  El hortelano, que había dejado de fumar, la miró por segunda vez mostrándole una sonrisa convertida en mueca, que dejó ver su dentadura manchada por la nicotina. Se levantó y miró fijamente el infinito y de espaldas a la mujer murmuró: – “¡no, no le tengo miedo a los muertos, ellos me cuidan, a los vivos sí les tengo mucho miedo!” y, de manera teatral, como en una puesta en escena, sin que la mujer se lo pidiese, expuso su teoría sobre las almas que están en el purgatorio.

De sus palabras, que salían como ráfagas, definió sin saberlo por varios minutos lo que escribió Dante en su tercer canto de la Divina Comedia. La mujer sentada sobre un pequeño muro seguía escuchando en silencio su perorata. Una abeja, que había estado posada sobre un basurero de flores, levantó vuelo y, desorientada ante el perfume barato de la mujer, la rodeó de un lado a otro. Ésta agitó desesperadamente sus brazos tratando de alejarla. El insecto siguió acosando.  – “¡Déjela, ella no hace nada!”, le dijo el hombre, mientras miraba el basurero con algunos ramos ya marchitos.

 Interrogó: – “¿sabe cuánto dinero hay desperdiciado ahí?” Ella, que se había quitado el insecto de encima, respondió: – “¡ni idea!” -. “Yo tampoco”, respondió este último y encendió lo que pareció ser su último cigarrillo dejando escapar de su boca varios aros de humo que se elevaban y desaparecían en el firmamento. Estaba anocheciendo. Los tres salieron por rumbos distintos; la abeja que levantó vuelo y se perdió en el infinito, el hombre que subió por una improvisada escalera a guardar sus herramientas en un viejo desván y la mujer que se perdió en la distancia bajo las primeras luces lechosas que se encendieron, dejando ver las resplandecientes y uniformes cruces pintadas de blanco que decoran los mausoleos de la última morada de los vivos.

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*Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB 2018- 2019. Especialista en intervención comunitaria.

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