El ocaso del silencio

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Éste es el futuro, el del “hacer”, el de producir, el de la disponibilidad absoluta, el de decirle que sí a todo, menos a ti mismo.

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Siento que me he ido convirtiendo en un ser antipático, irascible, intolerante, reaccionario, y, sobre todo, en un tipo cansado. Esas ganas de estallar el mundo, de no soportar siquiera salir a la calle, tienen su origen en el cansancio. Se ha ido acomodado en mi espalda, que poco a poco le ha dado asiento a ese cansancio para que se desparrame a sus anchas en una curvatura que se está haciendo cada vez más pronunciada. 

Trato de dormir. Trato, porque, aunque mi cuerpo lo pide, mi mente está empeñada en mantenerse ocupada con pendientes del trabajo, de la casa, proyectos, cuentas por pagar, citas médicas sin sacar. Y cuando logro dormir, mi mente saca las últimas cartas del inconsciente para mantenerme en vigilia. Es entonces cuando tengo pesadillas en las que mueren amigos en confusos accidentes automovilísticos o veo la sangre de un ser querido derramada en demasía sobre un suelo arenoso.  

Despierto asustado y no puedo volver a dormir. Mi gata lo nota y por eso, creo, se acuesta tanto sobre mí, como impidiendo que me levante y, mejor, intente volver al sueño. Rara vez lo consigue, porque al rato me levanto a “hacer cosas” y ella, aunque puede seguir durmiendo, decide acompañarme y también se pone a “hacer cosas”.

Puede ser la 1:00 a.m. o las 4:00 a.m. No importa. Si algo no me deja dormir, no tengo otro remedio que levantarme, porque es inútil quedarse acostado en una cama, mirando el techo de un cuarto oscuro, sin “hacer nada”. Mejor “hacer algo”, “aprovechar el tiempo”, ya que no puedo dormir.

Entonces me ocupo en responder correos, enviar otros, revisar planes de comunicación, ajustarlos, proponer unos nuevos para otras cosas, buscar noticias, leerlas, presentar trabajos para la universidad hasta que despunta la mañana, cuando se supone que “todo el mundo”, “la gente normal”, se despierta y se arregla para “comenzar el día” y trabajar.

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Al rato inicia la jornada laboral. Suena mi teléfono, me envían mensajes por WhatsApp, responden los correos que envié en la madrugada, me dejan observaciones, salen nuevas tareas (todas para antier), nacen otros “pendientes” y yo ya estoy cansado. E irritado.

Ahí llega a habitarme ese ser aborrecible que está embejucado todo el día y solo quiere descansar, pero no puede, y también se sabotea el descanso.  

He hablado con mucha gente sobre este personaje detestable que ahora vive en mi casa y, con frecuencia, en las calles. Me dicen que apareció por el encierro de la cuarentena, “porque eso fue terrible, no debería repetirse, nos dañó a todos, ¡qué mal nos ha hecho!”. Pero no estoy seguro de eso. Más bien, creo que con las cuarentenas se evidenció algo que no tiene nada de nuevo desde hace unos buenos años: siempre estás o debes estar disponible. En todo momento y lugar, te encuentran. Si no lo hacen al instante, ocurre al rato. No puedes huir de eso y no tienes tiempo para ti. Todos tus segundos, minutos y horas están destinados a “hacer cosas” y a otros.

Hasta he notado una paradoja: te encuentran, pero tú no te encuentras. Eso le ha cedido todo el terreno a ese ser insoportable, como el que ha comenzado a habitarme desde hace unos meses.

Éste es el futuro, el del “hacer”, el de producir, el de la disponibilidad absoluta, el de decirle que sí a todo, menos a ti mismo, porque en este tiempo puedes (y debes) hablar de derechos, pero jamás del derecho a “no hacer nada”, a detenerte, a no producir, a dejar de correr, a mirar el techo de tu habitación oscura, al silencio.

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Creo que ése es precisamente uno de los bienes que más amaba y he ido perdiendo rápidamente: el silencio. Lo recuerdo con nostalgia, sobre todo en las largas caminatas que no he vuelto a hacer, en las cimas de las montañas que no he vuelto a visitar y en los pastos que soportaban mi espalda para ver las nubes o las estrellas, ese cielo esquivo a la mirada, porque los ojos están más pendientes de cerrar su amplio espectro al tamaño de un celular o la pantalla de un computador. 

El futuro es ya e irá acomodando al silencio como una excentricidad. En vez de haberlo aprovechado hoy, a las 4:00 a.m., me levanté a escribir esto para generar más ruido.

*Felipe Lozano, comunicador social de la Pontificia Universidad Javeriana con posgrado de la FLACSO (Argentina). Salió de Bogotá, renegando de ella, y regresó con el rabo entre las piernas. Camina como terapia para purgar sus culpas y así descubre las maravillosas contradicciones del país que se sintetizan en su capital. Ha estado vinculado a entidades como el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, Museo de Bogotá, Museo Nacional de Colombia y la Casa Museo Alfonso López Pumarejo, de la cual fue director. No discute en redes sociales porque es mejor de forma presencial.

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