Para el establecimiento, es muy conveniente el argumento de que el paro es de todos: legitima la conversación nacional y le otorga al Gobierno el rol de canalizador de esa indignación.

¿Qué sentido hacen propuestas como las asambleas ciudadanas, la conversación nacional o la mesa de negociación? Un análisis del juego de posibles estrategias entre Gobierno y el paro.

No podemos decir que el paro nacional que inició el pasado 21 de noviembre siga siendo un paro. En realidad, las últimas semanas han estado caracterizadas por una movilización ciudadana sin precedentes, simbolizada por cacerolas, perfomances artísticos, marchas, plantones, debates públicos y un permanente activismo digital. El hecho de parar se ha convertido en una expresión más. Me referiré como paro nacional a todo este sancocho de ciudadanía activa.

Este paro es el fenómeno político ciudadano más relevante de los últimos tiempos en Colombia porque, más allá de su impacto, ha surgido de la acción colectiva espontánea y ha sido capaz de hacer escuchar su voz. Lo que empezó como una acción más de los grupos de presión organizados en el Comité Nacional del Paro fue rebasado por la participación mayoritaria de una ciudadanía no organizada, caracterizada por la multiplicidad de causas y miradas, una suerte de representación de la multitud de Negri y Hardt. 

Por la misma emoción que suscita, el futuro del paro no es claro. La acción colectiva suele romantizarse, derivando en muchas expectativas de cambio. El problema surge cuando ésta se enfrenta a actores ‘gerenciales’ como el Gobierno, que imponen una dinámica más vertical y demandan representantes para dialogar. El paro, en su diversidad y bajo la presión del tiempo, se debate internamente sobre lo que representa y quiénes lo representan.

Hay varias formas de entender lo que puede seguir en este contexto. En su mayoría, dependen de cómo los dos principales actores, el Gobierno y el paro, resuelvan sus principales dilemas. Para entenderlo mejor, el siguiente modelo simplifica los escenarios futuros.

¿Qué alternativas tiene cada actor?

Por un lado, el paro puede actuar de forma unificada o dispersa. Los debates sobre la legitimidad del Comité Nacional del Paro para negociar con el Gobierno son justamente muestra de este proceso. Actuar bajo un liderazgo unificado, como fue convocado, implica poner la representación en unos líderes con capacidad y legitimidad para hablar en nombre del paro. Puede que las demás voces del paro ‘callen y otorguen’ el liderazgo al Comité actual, pero también podrían pedir ser escuchadas y reclamar representación, resultando en una reconfiguración del Comité. El grado de unificación dependerá de la presión para negociar y la disposición de las élites internas de compartir el poder entre ellas.

Actuar de forma dispersa se parecería más a lo que vimos en días posteriores al 21N. Muchos grupos se manifiestan, la reivindicación no es única, los líderes no tienen legitimidad para hablar en nombre del paro y los opositores usan esta debilidad para ‘dividir y vencer’.

El Gobierno, por otro lado, tiene dos opciones relativamente simples. O actúa como lo ha venido haciendo o reconoce el descontento y concilia una salida.

Vale aclarar que las posibilidades que ofrece este modelo están basadas en lo que los actores hacen en la práctica. Es decir, no dependen de apelativos. Por ejemplo, si alguien dice querer negociar, pero en la práctica sabotea el diálogo, en realidad no está adoptando una actitud conciliadora. También supone que el paro no podrá ser infinito y que su vocación es buscar la conciliación.

¿Qué puede pasar?

Lo que podrá ocurrir dependerá del juego entre las posturas que adopte cada actor.

En primer lugar, si el Gobierno es inflexible y el paro se unifica verticalmente, veríamos un escenario de paro continuado. Esto podría estar ocurriendo actualmente y explicaría por qué se han prolongado los llamados a nuevas jornadas de paro. Sin embargo, es un escenario de tensión en el que cada actor mide las fuerzas del otro y necesariamente buscará un equilibrio, que puede llegar por un cambio de postura del Gobierno, la división o mutación de los liderazgos al interior del paro o la disolución completa del paro.

Una segunda posibilidad es que el Gobierno siga inflexible y el liderazgo al interior del paro se disperse. Como el paro se mantendría, la salida más conveniente la tendría que dar el Gobierno: una consulta pública para recibir sugerencias de mejora a las políticas actuales. La característica principal de cualquier consulta pública está en que alguien hace el filtro, guardando el poder de decisión. Este escenario es el de la conversación nacional que ha propuesto el Gobierno, algo muy parecido al Gran Debate que organizó el Gobierno Francés luego de las protestas de los chalecos amarillos. Los resultados de este debate (por ejemplo, en impuestos y gasto público o en cantidad de datos para hacer análisis y visualizaciones) no dejan de parecerse a una encuesta masiva a profundidad: mucha información y poca decisión. No obstante, es una estrategia suave de disolución del paro y poco disruptiva para el establecimiento.

En tercer lugar, si el paro mantiene un liderazgo unificado y el Gobierno se torna conciliador, nos arrojaría a un escenario de negociación. Este escenario es complejo porque la práctica suele diferir del discurso, siendo difícil saber si los actores realmente adoptan las posiciones que requiere una negociación. Por ejemplo, mientras el Gobierno mantiene abierta la mesa de negociación y su discurso es conciliador, podría estar empujando por debajo de la mesa estrategias dilatorias y divisorias.

El cuarto escenario sería la situación menos próxima en el contexto actual, pues dependería de una actitud conciliadora del gobierno y una permanencia del paro, a pesar de la dispersión de sus liderazgos. En esta situación el Gobierno daría legitimidad al descontento generalizado y, como nadie puede atribuirse la vocería del paro, la única forma de resolver la diversidad de demandas ciudadanas sería utilizando mecanismos genuinos de democracia deliberativa. Éstos se caracterizan por la toma de decisiones colectivas e informadas. Es decir, sí hay un resultado final, que puede variar desde una recomendación hasta un mandato. Las asambleas ciudadanas son el mecanismo deliberativo más utilizado en la actualidad, tal cual lo está documentando el equipo de gobierno abierto de la OCDE y lo ha propuesto el profesor Felipe Rey.

Entonces, ¿hacia dónde nos llevará el paro?

Si bien es imposible predecir el futuro, un modelo simplificado como el que se ha presentado puede ayudar a entender cómo se entretejen las estrategias de ambos actores a la luz de sus dilemas internos.

Una primera conclusión evidente es que el Gobierno juega un rol privilegiado (al menos en apariencia), pues tiene claridad sobre su unidad de mando, capacidades para actuar rápidamente, superioridad de información y puede escoger si concilia o mantiene su postura. Sin embargo, juega en su contra el costo político de la inacción, que ya se ha visto reflejado en las recientes encuestas de aprobación.

El paro nacional, al ser por naturaleza una disrupción temporal, en el mediano plazo tiene que conciliar o disolverse. No obstante, en el corto plazo debe resolver su dilema de liderazgo. ¿Qué es el paro? ¿A quién representa? ¿Qué intereses y qué agenda política defiende? Si bien el Comité ha intentado posicionar 13 peticiones, no todos los manifestantes las conocen, las comparten o han participado en su definición. Esta tensión interna sobre cómo unificar la propuesta del paro tiene mucho que ver con la idea de dos élites enfrentadas que describía Marc Hofstetter – una mirada realista que pasa por alto la relevancia que toman otras voces al interior del paro – .

Una segunda conclusión es que para el establecimiento es muy conveniente el argumento de que el paro es de todos. Legitima la conversación nacional y le otorga al Gobierno el rol de canalizador de esa indignación. No podemos negar que conversar es necesario en Colombia, más aún cuando no somos capaces de acordar cuáles son nuestros problemas o ponernos de acuerdo sobre la historia reciente. La conversación nacional es, ante todo, una deuda histórica que debería ocurrir como una herencia más del paro, no como su única salida.

La situación actual es políticamente compleja porque los escenarios más beneficiosos para la sociedad y la democracia son los menos probables o más difíciles de sostener. Esos son la democracia deliberativa y la negociación. Dada la popularidad de la que goza el paro y la poca voluntad que muestra el Gobierno para ceder a las peticiones del Comité del Paro, el equilibrio del sistema tiende hacia la conversación nacional. El problema es que esa historia ya la hemos visto y su impacto no estaría a la altura de las expectativas que ha generado el paro. Será la voluntad de cambio y capacidad para innovar políticamente la que permitirá un resultado mucho más provechoso para la sociedad en su conjunto.

*Estudiante de Política Pública y Nuevas Tecnologías, Sciences Po Paris. @rzapatal

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here