El puentecito de colores

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 “Al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver.” Joaquín Sabina.

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Eran las cinco de la mañana y me encontraba lista para emprender la travesía para llegar al corregimiento “El Llanito”, pueblo de pescadores perteneciente al distrito de Barrancabermeja – Santander, rodeado de varios complejos cenagosos, con una biodiversidad única en la región, últimamente lugar preferido para el avistamiento de aves.

Confieso que hacía muchos años no visitaba ese privilegiado lugar; además de un paseo, también se me convertiría en el trabajo que me tocaba hacer ese día. El año pasado terminé once grado y, como millones de jóvenes en este país, no logré entrar a la universidad. Llegará su momento. Todo tiene su tiempo bajo el sol le escuché decir a mi abuela, tal vez para darme ánimo.

En días pasados, un amigo de otro grado quien se graduó de “bachiller” conmigo, me propuso un trabajo temporal. Según él, el “camello” consistía en hacerle “campaña” a un político, repartiendo volantes por la calles, recogiendo firmas, quién sabe para qué diablos. Antes de salir como mendigos a recorrer las lustrosas calles y avenidas, teníamos que vestir unas camisetas fosforescentes, estampadas con un número, donde sobresalía el rostro de ese hombre con una sonrisa profesional, forzada, la sonrisa del engaño y la mentira.

Escuché la propuesta de mi amigo en silencio. No le contesté nada sobre su generosa oferta de “camello” y le dije que seguía desde hace algunos años en un pequeño emprendimiento y no precisamente “naranja”, el cual consiste en hacer decoraciones para todo tipo de fiestas y celebraciones. Me ha tocado con las uñas; no ha sido fácil, pero, gracias al apoyo incondicional de mi abuela, lo estoy sacando adelante.

Tomé el morral y me calcé unos zapatos de campamento para ese recorrido. En menos de nada, se desgajó un diluvio con truenos y centellas. El cielo había tomado una tonalidad eléctrica como casi siempre sucede en esta ciudad, producto tal vez de los “mechones” de la refinería que eructan fuego de día y de noche cual dragones medievales. Esos dragones metálicos vomitarán fuego hasta que se acabe el ultimo barril de petróleo. Esta ciudad siempre ha vivido del oro negro. El año pasado casi que discutía con un profesor, cuando le preguntaba: ¿qué carajos se va a poner a hacer la gente de esta ciudad cuando ya no haya petróleo? Hay días, alboradas que amanecen con un olor extraño. En el ambiente se siente ese aroma pestilente a hidrocarburo putrefacto. El hollín que amanece sobre los carros que están cerca de la refinería es preocupante y, al menos que yo sepa nadie, dice nada. Tal vez porque a esa estatal petrolera acá siempre la han visto como esa deidad que les soluciona todos sus problemas.

La lluvia seguía arrasadora, altanera, como si no fuese conveniente ir. Siempre fui terca y sabía que estaba expuesta a un resfriado, aunque, si somos sinceros Barrancabermeja es una de las ciudades más calientes de Colombia. Como lo decía antes, la contaminación ocasionada por esas mechas incandescentes ha hecho que el distrito deje de transpirar aire puro; hoy no era la excepción. El cielo metálico seguía ahí, con pequeños relámpagos intermitentes como en la película de “Terminator”. La lluvia hizo una pequeña tregua y me subí a la motocicleta. Veía el paisaje a mi alrededor; había lugares en donde la ciénaga había reclamado su territorio. Me detuve frente a un paradero que, en otra época ,fue famoso y hoy está convertido en ruinas. Ahí se reunían las familias a compartir un pescado frito sudado, como es común aquí, pero las lluvias ácidas que caen sobre la región y el paso de los años lo convirtieron en un pequeño y agónico islote. El relleno en la orilla no fue suficiente para contener la fuerza arrasadora del caudal de la ciénaga que reclamaba lo que le pertenecía.

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A lo largo del recorrido veía escuelas fantasmagóricas, algunas abandonadas por consecuencia de la furia de la pandemia que aún nos tiene acorralados; más adelante se veían algunas fincas de descanso, paraderos con piscinas a su alrededor. “¡Cómo ha cambiado todo!”, me dije. Cerca de mi punto de llegada, me llevó el asombro ya que tenía que pasar por el famoso puente de colores, o como se le solía llamar. Cuando me paré frente a él, pude observar que su entrada había sido devorada por la ciénaga. Me sorprendió ver el lugar inundado. Los recuerdos de mi infancia en ese lugar fueron enriquecedores: ir con la familia un fin de semana y compartir un rato en un paseo en chalupa, pasar, caminar una y otra vez el “puente de colores”. Era un lugar de ensueño, aunque confieso que me daban muchos nervios la idea de que esa chalupa se volcara y terminara hundiéndose. Siempre fui fantasiosa e imaginaba eventos, escenarios posibles ante cualquier situación que ahora trato de plasmar en párrafos, letras. Aun así, con un poco de nervios, me aventuré y subí a lo que quedaba de ese legendario puente, hoy afeado, reforzado de manera casi que vulgar con unos enormes tubos de acero seguramente donados por la estatal petrolera. Antes de transitarlo, cerré los ojos por un momento y  vino a mis recuerdos ese mítico puentecito de colores que ya no estaba, donde algunas veces se veían parejas de enamorados contemplando la silenciosa ciénaga San Silvestre, que ha estado siempre, antes que nosotros los humanos.

Subí esa rampla, con cierto temor al saber que cuando la atravesase ya nunca iba a ser igual. Quería tener para siempre en mis recuerdos de niña ese “puentecito de colores”. Cuando  transitábamos por él, nos conducía a un pintoresco rancho de paja rodeado de samanes centenarios desde donde se podían divisar pescadores en sus barcas en la inmensidad de la ciénaga lanzando sus atarrayas. Algunas de estas canoas arribaban a un pequeño puerto repletas de pescado fresco, que proveía a todas las familias del corregimiento su sustento. Era increíble. Hasta los restaurantes más lejanos se abastecían de allí enviando a sus meseros en búsqueda del “bocachico”. Hoy ya no es igual. Me contaba un lugareño que ahora muchas veces los peces los traen del departamento de Arauca.

Ahí no terminó mi odisea. Mientras avanzaba casi con los ojos cerrados sobre el nuevo y feo puente, pude ver de reojo como la marea de la ciénaga cubierta por un manto de taruya movía de un lado a otro lo que quedaba del agonizante puentecito que se había podrido sobre las aguas. Casi no quedaba nada de lo que fue un día fue mi puentecito de colores. De regreso me despedí de lo que quedaba de él para siempre. “Le dije adiós mi puentecito de colores, he venido por última vez a darte gracias por hacerme feliz, tal vez no te volveré a ver más”.

Una parvada de inmaculadas garzas levantó el vuelo, una lágrima recorrió mis mejillas, un lugareño que pasaba me miró extrañada, y me preguntó: – ¿niña le sucede algo? – . Le dije: ¡no, no es nada! El hombre pensó que estaba viviendo una pena amorosa, porque ahí, en ese puentecillo en otra época se reunían los Romeo y Julieta a jurarse amor eterno. De regreso venía cabizbaja, pensativa, meditando en una frase que leí no sé dónde y era que, por lo general, siempre volvemos al sitio donde algún día fuimos felices.

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*Katherine Rivera. Graduada de bachiller. Amante de la lectura y escritura.

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