El cielo

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Eran las cinco de la tarde cuando llegó a mi apartamento, uno de esos multifamiliares hechos para estudiantes pensionados, con un oscuro pasillo que muere en un pequeño patio donde se seca la ropa de color. Al lado de ese pasillo,  hay lúgubres habitaciones que son ocupadas por jóvenes llegados de la provincia a quienes se les ve silenciosos devorando libros de estadística y anatomía. El apartamento está encima del piso donde sobrevive una prendería, seguido hay una droguería de barrio o botica donde permanece un hombre acodado sobre el vidrio de la vitrina. Es un tipo de cara rosácea y pronunciada calvicie; siempre se le ve enfundado en una bata blanca y, con ademanes quirúrgicos, le dice a todo el que pasa que la asepsia salvará el mundo. El otro día que entré a comprar algo para el resfriado, introdujo su temblorosa mano en una pequeña caja del estante y no dejó de mirarme y echar una ojeada de reproche a mi traje que estaba un poco arrugado. Cuando crucé presuroso la acera escuché a mis espaldas su voz asmática convertida en susurro: “la asepsia salvará al mundo”.

Yo ignoraba cómo venía vestida ese día. Traía un vestido azul celeste de talle ajustado estampado en flores, con pliegues que se pegaban a sus desnudas piernas. Tocó tenuemente dos veces – ése era nuestro santo y seña – y apareció sigilosa caminando erguida en puntillas como no queriendo interrumpir, se deshizo de uno de los zapatos y trémula recostó el pie descubierto hacia atrás sobre la pared mientras cruzaba sus brazos. Su perfil perfecto y nariz llena de pecas se reflejaban por el chorro de luz que se filtraba de la calle. Permaneció silenciosa mirando con curiosidad lo que yo hacía; sin dejar de escribir, escuchaba el sonido apagado que producía el tacón al roce con la pared. Fue ahí en ese momento cuando levanté la mirada y me fijé en ella por primera vez. Su cabello negro, abundante, caía sobre los hombros rematándole en la espalda parecida a la punta de un pincel.

La vi por primera vez en el coliseo y fue un acto fugaz como esas imágenes de las películas plano secuencias. Permanecía al lado de un hombre silencioso de mandíbula cubista, con cara de aburrimiento, saltaba eufórica haciéndole barra a un equipo universitario de baseball. Fue una pequeña alegría, efímera; el tipo de la mandíbula cuadrada seguía con rostro de aburrimiento. Recuerdo que me acerqué un poco para verla, pero la maldita mascota del equipo, un enorme leopardo de felpa, me la quitó de vista. Desde ese día, odio a esas mascotas ridículas.

Una de esas tardes, yo permanecía tumbado en el sofá escribiendo y leyendo algunos apuntes mientras fumaba. Ella había cambiado de sitio, se contemplaba con satisfacción y casi que en un estado de veneración en el vidrio de la ventana que mira hacia el viejo calvo de la droguería, como si ahí hubiera descubierto que era hermosa. Afuera ladró un perro, se oyó el pito de un carro, un niño gritó y corrió por el pasillo; al otro lado, se escuchaba el martilleo del vecino de al lado, un joven gris venido de una provincia, con gafas estilo John Lennon, que siempre va enfundado en una negra gabardina con sus manos ahogadas en sus bolsillos y siempre se le ve caminando solitario sobre los tacones de sus zapatos.  El otro día me lo encontré de frente en el oscuro pasillo y esquivó mi mirada; cada vez que lo veo y si no supiera que esto no es Londres, pensaría que estoy frente a la reencarnación de Sherlock Holmes; de vez en cuando al otro lado de la pared, hace una pausa y prosigue con su ruido seco al martillar y a veces el ruido se torna fastidioso.  La otra noche apareció como salido de la nada con cara de sorprendido, empapado en sudor  y enjugándoselo de la frente, me preguntó: “¿vecino le molesta el ruido?” Miró con ojos lascivos a mi nocturna visita que permanecía en cuclillas y se acomodaba de un tirón la falda del vestido y, sin darme tiempo, para expresar mi opinión desapareció como había llegado.

El sol de la tarde se ha metido por completo sobre los árboles de la acera de enfrente, está anocheciendo y yo sigo escribiendo un texto que tenía que entregar ayer a un portal donde varios escritores enviamos cosas periódicamente. Con precipitación, se sentó, o mejor se dejó caer a mi lado, cruzando sus piernas en forma de loto, me seguía contemplando de arriba abajo, atenta me corregía, se reía cuando pillaba un gazapo. El concierto de Aranjuez sonaba en la penumbra; de hecho, es la única melodía que escucho mientras escribo. Su silueta se reflejaba lívida, frágil, por el chorro de luz que seguía inundando la habitación. Cuando me paré por más cigarrillos, su mano oprimía con fuerza la mía, la soltó y con una sonrisa de indulgencia me dijo: “ese vicio te va a matar”.  Antes de salir, veo sobre la mesa de noche la foto de mi madre que sonríe, o mejor, nos sonríe – ella piensa que aún vivo solo -. Me la regaló en el último viaje que hice a casa; son esos gestos mudos de mamá para decirme que no la olvide. Iba saliendo por la puerta de la casa y aún escuchaba sus recomendaciones. Así son nuestras madres.

Un libro de Truman Capote reposa en la mesa de noche al lado de un desorden de libros; la noche que no viene tengo la manía de tomar café para hacerle vigilia a un buen libro. Las notas del  concierto de Aranjuez siguen rebotando sobre las desnudas paredes donde cuelga la foto del Papa alemán, aunque no he seguido su recomendación que la cambie porque el Papa actual es argentino. Sin dejar de escribir y mirar lo que hago le digo que no me gustan los argentinos – a excepción de Sábato y el ciego de Buenos Aires -. En actitud desafiante y con sus brazos en jarra, se para junto a mí y reprocha: “él ya no es argentino, es para el mundo; además, “además”, se quedó pensativa y musitó  “el otro pronto se irá al cielo”. La verdad es que no sé qué será el cielo al cual se refiere. Todas las noches mientras escribo, aparece, toca dos veces y silenciosa se deja caer a mi lado. Luego de algunos minutos prorrumpe en una perorata parecida a una letanía. La escucho con atención parecido a un confesor medieval; ella cuenta sus frustraciones y cuitas de su diario vivir.  La otra noche hablaba de la competencia desleal y la envidia que existía entre sus compañeras de trabajo, suspiraba hondo y decía que mejor quisiera irse rápido para el cielo, ese cielo del que su vecina, una mujer pasada de kilos ha hablado algunas veces. Se  para, ojea un libro de Kafka… Hago una pausa y la escruto de nuevo con la mirada y veo que, para mi pesar, está más bonita desde cuando entró; abandona el libro que por su gesto ya no le interesa y sigue hablando del novio de años – el tipo silencioso del coliseo -; después supe por ella misma que era hijo de un importante empresario, que, de la fuerza de la costumbre, no sabe cómo decirle que ya no lo quiere. Entre sollozos entrecortados, rodea sutilmente el sofá como fiera enjaulada. Hago una pausa en lo que estoy escribiendo y miro nuevamente  sus rasgos de arriba abajo, me siento abrumado e intimidado por su belleza, detengo mi mirada sin prisa en el lunar de su mejilla izquierda. Son esas caprichosas marcas de la genética en ellas que a nosotros los hombres no se nos permite olvidar, así sea para enternecernos en la bruma de los recuerdos.  El chorro de luz que inunda la habitación la muestra a contraluz, camina hacia mí con la luz a sus espaldas como en un sueño, me rodea el cuello con sus brazos, un estremecimiento sacude su frágil cuerpo, el milagro había ocurrido. La foto del Papa me mira con su tradicional indulgencia. La asepsia no había salvado el mundo, pero un sudor mezclado con perfume y a feromonas había redimido mi mundo, sí, el mundo real, el de ella, el mío.

Afuera las primeras gotas de lluvia convertidas en pequeñas ráfagas acribillan los cristales; en el intervalo de esa pequeña confesión, menciona otra vez el cielo. Miro fijamente sus hermosos y grandes ojos y le susurro en su cabello ahora despeinado que no hablemos más de ese cielo, que hablemos de cosas más terrenales como, por ejemplo, la estrategia para que sus amigas no sean envidiosas, o que su novio no se fastidie en el coliseo. Le ofrezco un trago y brindamos por lo que algún día será el cielo. ¿Yo no sé realmente que será el cielo? El cielo aquí adentro sabe a fermonas; cielo real, el de afuera se oscurece detrás de los cristales de la ventana que ahora tamborilean por la lluvia. La noche se ha coagulado. Sherlock Holmes ha dejado de martillar, por lo que intuyo se ha quitado la gabardina y se ha ido. El ulular de las sirenas de la policía inunda el silencio de la noche. Veo por la celosía que el apartamento de Sherlock Holmes es allanado y requisado. Solo se ven sus gafas de Lennon quebradas en el piso, seguido de un estrecho túnel que conduce a la prendería; se ha cargado con el botín. Aún no ha oscurecido del todo y, por la claraboya de mi habitación, veo un firmamento azul, profundo, límpido, acompañado de una luna de plata, que ilumina a dos ladrones: a Sherlock Holmes y a mí. A él lo perseguirá la justicia toda la vida y a mí esos ojos grandes que me miran todas las noches me perseguirán hasta la eternidad.

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 – 2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.

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