El fascismo del siglo XXI

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Contrario a sus características iniciales, el fascismo actual no se constituye ni como movimiento de masas ni contrario a las formas democráticas del sufragio universal.

Esta columna es dedicada a las familias de los asesinados la semana pasada a manos de la Policía Nacional.

En las últimas semanas, ha retomado vigencia, en parte del debate público, el término fascismo. En particular, se ha hecho uso del término con relación al preso identificado con el número 1087985 y a su partido político: El Centro Democrático. Son muchos quienes en la esfera pública nacional han hecho uso del término fascismo, entre ellos el exfiscal general de la nación, Eduardo Montealegre, el excandidato presidencial Gustavo Petro, el influencer-activista Levy Rincón y, últimamente, incluso María Jimena Duzán tituló su columna del 5 de septiembre “Uribe, el fascista”. En ella, Duzán pone en perspectiva algunos rasgos que evidencian como el uribismo, encabezado por el propio Uribe, está desarrollando ciertas tendencias hacia el fascismo. Pero, justo ahí, radica, en mi opinión, el error que subyace a lectura del fascismo uribista. Más allá de una respuesta a la columna de María Jimena Duzán, me propongo aquí subsanar algunos de sus errores.

El fascismo es, y es algo que Duzán no mencionó, ante todo el plan B del capitalismo en crisis. El fascismo surge allí donde el capitalismo se ha agotado como vínculo unificador en un territorio, es decir, donde se ha puesto en entredicho el carácter y los alcances de las estructuras de justicia social derivadas del capitalismo. El fascismo surge, pues, como una salvaguarda del capitalismo económico. El fascismo se enfrenta, en sus inicios, al liberalismo político, para salvaguardar la estructura económica del capitalismo. En Colombia, contrario a lo que plantea Duzán, el fascismo no llegó a la Casa de Nariño el 7 de agosto de 2018, sino exactamente 16 años antes, en el primer gobierno uribista. En ese momento, Colombia carecía de vínculo unificador y de una estructura socioeconómica que otorgara a las élites colombianas algún tipo de legitimidad a priori. De ahí viene, el apoyo irrestricto al gobierno Uribe: persecución de todos aquellos que fueran contrarios al gobierno a cambio de la seguridad económica y de la explanación del capitalismo más voraz – el neoliberalismo – . Aquí una clara primera característica del fascismo del siglo XXI y es que el fascismo se hace neoliberal.

El primer gobierno uribista fue una puesta en escena de los fundamentos del fascismo de los años 30 del siglo pasado. Uribe, como si fuera un gran alumno de Carl Schmitt, totalizó el Estado en lo político, unió fuerzas con las élites colombianas y se hizo al apoyo irrestricto de los medios de comunicación más influyentes, porque, claro, los medios de comunicación deben adoptar el fascismo como suyo. Ellos se convierten en instrumentos de propaganda legítima y la revista Semana es el ejemplo perfecto en la coyuntura actual. Pero lo que mejor hizo Uribe en sus dos gobiernos fue la instauración práctica del Estado de opinión. Bajo la lógica, también schmittiana, de que las relaciones políticas están basadas en la relación amigo-enemigo, Uribe dividió el país en dos: los colombianos de bien representados – y seguidores a ultranza de – por las fuerzas armadas vs los terroristas de las FARC-EP y sus amigos. Debido a la consecuente deshumanización del otro que viene de esa extrema moralización de la política, se celebraron las muertes de “guerrilleros” y sus “auxiliadores” como si cada muerte fuera un paso más cerca a la “solución final” de los problemas de Colombia. Otra consecuencia de este hecho fue la exacerbación de la “grandeza” militar del conjunto de las fuerzas armadas colombianas, pues el uniforme representaba la patria, su grandeza, su moralidad y a los colombianos de bien, quienes estarían situados en línea de defensa de la patria detrás de las fuerzas armadas.

En el contexto del 2002, fue para Uribe relativamente fácil alinear al país a la derecha, bajo el manto de un fascismo no constituido en movimiento y formalmente democrático, que son dos aspectos que constituyen características propias del fascismo del siglo XXI. Contrario a sus características iniciales, el fascismo actual no se constituye ni como movimiento de masas ni contrario a las formas democráticas del sufragio universal. Duque sigue este patrón, pero, paradójicamente, le ha sido un poco más difícil por diferentes razones. Primero, el país no es el mismo y no hay un enemigo histórico a quien combatir. Esto ha hecho que Duque lleve dos años intentando buscar un enemigo -Venezuela, las “nuevas Farc” y, ahora, los vándalos – que le sirva para unificar las bases populares y delimitar el sentido de las discusiones públicas. Segundo, los medios de comunicación tradicionales han perdido, afortunadamente, su hegemonía y su capacidad para definir en qué hay que pensar. Las redes sociales han permitido que otras voces, otrora acalladas, puedan hablar, y muy alto. El discurso público es, pues, un campo de batalla más equilibrado.

Tercero, con el fracaso del neoliberalismo, se ha diluido esa endeble estructura económica que daba percepción de progreso económico en un país que se muere de hambre. Cuarto, resulta evidente la pérdida de legitimidad de su mentor y guía espiritual. Cada día es más aceptado por la opinión publica que, al decir del periodista Julián Martínez, Álvaro Uribe está completamente rodeado de cocaína y corrupción. Eso ha sido un fuerte golpe para un partido que no se ve más allá de la sombra de Uribe.

Hoy por hoy, el fascismo uribista, que no es nuevo, está anclado, en primer lugar, al poder y apoyo de la mafia, como lo señalaron las investigaciones respecto a la ñeñepolítica; en segundo lugar, al apoyo de las élites más retardatarias del país, pues el uribismo es su apuesta política; en tercer lugar, al poder de las armas, como se pone en evidencia cada vez que hay manifestaciones contra el gobierno. El punto más álgido fue la semana pasada, en la que la policía nacional se comportó como una fuerza de choque al estilo de las SA alemanas en la época nazi. Solo resta decir, que contrario a lo que manifestó Duzán, lo de Álvaro Uribe no es un devaneo – término que la Real Academia Española define como: delirio, desatino, desconcierto; distracción o pasatiempo vano o reprensible; amorío pasajero – con el fascismo, sino un matrimonio fuerte y duradero.

Iván Duque es un fascista igual que su maestro. Aunque con dificultades y muchos muertos, Duque va por buen camino. Él adoptó la estupidez como estrategia política, se la jugó por acabar con los pesos y contrapesos y ganó. Frente a él y el proyecto fascista del uribismo, calle y resistencia ciudadana.

Juan Camillo Castillo, M. A. Philosophie.Ph. D. Student Universität Leipzig, @Bi_Bite

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