El gato Diomedes

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Con el lema “quédate en casa” que era parecido a “muérete en casa”, el gobierno le estaba mandando un mensaje claro a los que vivían del rebusque y el día a día.

Diomedes era un gato callejero y vagabundo que un día cualquiera apareció por la puerta principal parecido a alguien cuando llega de un largo viaje. Fue, se acurrucó en uno de los muebles y ahí durmió toda la tarde; por lo que supe después, venía desplazado de uno de los tantos hogares que en esta pandemia tuvieron que elegir entre las personas o las mascotas. Cuando se despertó buscó la forma de intimar, se echó a mis pies. – ¿Cómo podría llamar a un gato que jamás había visto? – pensé -. Debo confesar que nunca he sido fanático de mascotas, pero debía darle posada a un peregrino que llegaba y más aún cuando se avecinaban negros nubarrones en el horizonte con la letal peste del año 2020 que venía hiriendo parte de la humanidad. 

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Esa misma mañana Francisco había hablado al mundo entre otras cosas de acoger al peregrino porque todos estábamos en la misma barca; lo hacía en medio de una plaza solitaria y lúgubre mientras caía una leve llovizna sobre los adoquines donde años anteriores se reunían miríadas de almas a escuchar al sucesor de Pedro. Este tiempo era diferente. Ese día, Francisco transmitió al planeta las conmovedoras palabras cargadas de un hondo significado: “Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.  

Según los epidemiólogos, lo peor aún estaba por venir y se avecinaba el primer pico; Diomedes podría ser una buena compañía – pensé -; se me ocurrió telefonear a una amiga para que me ayudara en ese bautizo y sin rodeos me dijo que lo llamara “Diomedes”, en honor a su ídolo vallenato. Tímidamente protesté y le dije que ese no era nombre para un animal; volvió a decir: – “su nombre será Diomedes” -. Conclusión: nunca polemices o contradigas a una mujer; al final ellas terminan teniendo la razón, y así se llamó – ¡Diomedes! -.

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En el callejón por donde apareció Diomedes, vivían un docente, un galeno y un hombre solitario pasado de kilos, que por los efectos de la pandemia había perdido su empleo en una multinacional petrolera. Todas las noches se le veía llegar  a éste último – Diomedes y yo lo veíamos entrar a su casa – apertrechacho con comida chatarra. Me supongo que se encerraba a enternecerse con ese arsenal. El silencio que reinaba por los efectos del confinamiento delataban lo que hacía después; se escuchaban en todo el callejón los gemidos impostados de una dama quien invocaba reiteradamente a Dios en inglés. Diomedes se inquietaba y cambiaba de sitio al aumentar los decibeles de  los quejidos de la dama, quien tal vez viviría  al otro lado del mundo. Al otro día muy temprano, se escuchaba al profe en sus clases virtuales con sus alumnos parecidas a sesiones de espiritismo, – ¡hola, están ahí! Al galeno se le veía aparecer los fines de semana; traía a cuestas el cansancio y el agotamiento de bregar las 24 horas del día contra un enemigo invisible que había echado raíces en la irresponsabilidad social y la miseria. Con el lema “quédate en casa”  que era parecido a “muérete en casa”, el gobierno le estaba mandando un mensaje claro a los que vivían del rebusque y el día a día. El médico se acercaba a su hogar a escasos 50 metros y no podía entrar; desde adentro, una mujer joven con un niño de brazos lo saludaba. Diomedes y yo, cuando nos entraba ese “TAEDIUM VITAE” como le llamaban los romanos, contemplábamos esa dramática escena. A los médicos y al personal de la salud, las redes sociales y los políticos los llamaban “héroes”, muchas veces para crear cortinas de humo y evadir sus responsabilidades en pagarles los sueldos y prestaciones sociales como manda la ley. Conozco el caso de un médico amigo que fue por muchos años vasallo de un político dueño de una EPS; siempre le adeudaban meses de salario y ahí se hacía lo que dijera el amo, aunque este último no hubiera concluido la básica secundaria. 

Cuando arreció la pandemia, la tienda de la cuadra permaneció cerrada. En la esquina, permanecía una patrulla policial esperando cazar algún despistado que rompiera el toque de queda y,  al mismo tiempo cobrar los diez mil pesos de cuota por tendero, para que pudiesen abrir sin restricciones. Diomedes, todas las tardes, se sentaba conmigo a ver la televisión, bostezábamos repetidamente, nos aburrían las interminables pantomimas de Duque rodeado de sus áulicos que siempre le asentían sus disparates. Diomedes se quedaba hasta el final del programa porque se identificaba con un tipo de apellido Ruiz que aparecía todos los días en la tele. El gato se quedaba mirándolo fijamente tal vez porque el otro que salía en la pantalla tenía en su aspecto rasgos felinos iguales a él. Mientras Diomedes cumplía su devoción diaria, yo me encerraba en mi habitación a terminar de leer “Desgracia” de Coetzee que un amigo escritor me había recomendado.

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*Ubaldo Díaz, sacerdote. Graduado en Filosofía y educación de la Universidad Católica de oriente. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB Barrancabermeja. Años 2018 -2019.

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