El hambre y la ortodoxia 

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Los economistas temen más a la ortodoxia que los educó que al hambre de sus conciudadanos.

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Hace pocos meses parecía haber acuerdo en Colombia acerca de la necesidad de emitir más moneda y proporcionar así ingresos básicos a todos los ciudadanos para reducir el hambre. Hoy varios personajes políticos y económicos importantes insisten en que eso nos llevaría a enormes desastres económicos. 

Sería bueno que esos personajes leyeran en su revista favorita, The Economist, el análisis que publicó en su edición del cinco de junio acerca de cómo fue que las “hunger rates” (las tasas de hambre) disminuyeron en un 43% en el país más rico del mundo. 

Efectivamente, en diciembre del 2020, 30 millones de personas declararon en los Estados Unidos que “sometimes” o “often” no tenían en sus casas suficiente comida y, entre abril 28 y mayo 10 de este año solo 18.2 millones de personas contestaron afirmativamente la misma pregunta. 

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El Presidente Biden al conocer el cambio lo atribuyó a su American Rescue Plan que repartió $1.400 dólares a cada ciudadano adulto en Estados Unidos. La revista, más cercana a los republicanos, agrega que el descenso tuvo que iniciarse al recibir cada adulto  el cheque de 600 dólares ordenado previamente por Trump en diciembre. 

Ambos ingresos gratuitos fueron rechazados en su momento por la ortodoxia economicista pero se realizaron gracias al control directo que tiene el gobierno de los Estados Unidos sobre su propia moneda. En Colombia, debido a nuestras normas, las mismas inducidas por la ortodoxia económica en casi todos los países pobres, algo parecido solo sería posible si un préstamo del Banco al gobierno fuera aprobado unánimemente por la Junta Directiva del Banco de la República,  tradicionalmente constituida por importantes economistas convencidos acerca de la necesidad de la austeridad  fiscal. 

Las protestas recientes de los políticos y los economistas están dirigidas a evitar que se logre ese voto unánime; le temen más a irse en contra de la ortodoxia que los educó que al hambre de sus conciudadanos. Infortunadamente para los pobres hambrientos en Colombia, esa ortodoxia confía todavía, simplemente, en el aumento de las inversiones privados y en el empleo que, teóricamente, pueden generar. No tienen en cuenta que durante los últimos 30 años ha sido imposible lograr que esas inversiones resuelvan el problema de la pobreza y el desempleo en nuestro complejo país.

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*Julio Carrizosa Umaña, ingeniero, ambientalista, miembro honorario de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

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