El hermano que me enseñó a bailar

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“El primer amor es como una revolución: la monótona y regular organización de la vida se destruye en un momento; la juventud se lanza a las barricadas con su brillante bandera ondeando muy alto, sea cual fuere el destino.”  Iván Turguenev. “Lluvia de primavera”. 

A mi hermano Abelardo. 

Sentada frente a mí tarareaba la canción que habíamos “bailado” hacía muchos años; al menos eso pensaba yo. Nos separaba una mesa con dos vasos de refrescos a medio terminar. El hombre rechoncho de gorro blanco sobre su cabeza, que nos había atendido, se había desentendido de nosotros; parapetado detrás de un mostrador, limpiaba varias copas que colocaba cuidadosamente boca abajo sobre una improvisada cava. Su vista periférica se posaba sobre sus clientes, que éramos pocos los que permanecíamos esa cálida tarde. Se le escuchaba mezclar y batir un “cuba libre” destinado a una parejita que permanencia al otro extremo, en la penumbra acurrucada sobre una mesa; discretamente sonaba“Im not the only one”, de Sam Smith. Los compases de ese ritmo me hacían introducir una y otra vez el pitillo dentro del vaso; después entendí que era especie de un tic nervioso. De vez en cuando yo la observaba; no sé dónde leí que algunas mujeres se crearon para ser contempladas. Me esforzaba y me decía a mí mismo que no era el momento para caer en éxtasis o cosas raras y menos ante el regordete barman que ahora nos miraba fijamente. Preparaba un “martini seco” para un solitario extranjero que se acomodaba sobre la “bar cap”. Ella “era alta y delgada hasta la exageración”, prestando una frase de Alejandro Dumas, (hijo) cuando describía a su dama de las camelias. La dama estaba frente a mí, con su cabellera negra rizada le caía sobre los hombros. La belleza elegante de sus manos me sobrecogió y no podía apartar mis ojos de esos dedos largos y gráciles. Sus ojos rasgados y negros como zafiro, casi que ocultos por un barbijo le hacían ver como una guerrera sefardí; esos zafiros cuando miraban a cualquier mortal desnudaban cualquier intención. Sobre su labio superior sombreado por un incipiente bello rezumaban algunas gotas de sudor. Curiosidad tuve alguna vez con una de mis hermanas en su juventud, al preguntarle del porqué de la humedad en ese sitio; desde la cocina mi madre, que revolvía una olla humeante, respondió despejándome la duda: – “ es que va a ser celosa” -. La verdad, nunca le pregunté a su esposo, si se había cumplido el oráculo de mi madre.  La “dama de la taberna”, como se dejaba llamar, había hecho una pausa en la disertación que hacía. Eran varios temas que me parecían interesantes. Después habló algo sobre la peste del año 2020, que tenía al mundo de rodillas; se lamentaba que dicha peste se había llevado muchos amigos y conocidos. Yo la escuchaba y miraba con arrobo. Mientras jugaba mecánicamente con el pitillo, poniendo punto final a sus reflexiones, los dos zafiros se posaron fijamente sobre este mortal y con sutil curiosidad me preguntó:

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– ¿Cómo es que se llamaba esa canción? -, – ¿la canción de esa noche? -Le hice señas al hombre del gorro y solícitamente casi que corrió a la mesa, le pedí un bolígrafo, tomé una servilleta y empecé a traducírsela: 

Red, red wine goes to my head
Makes me forget that I still need her so
Red, red wine, it’s up to you.

La famosa canción de la que hablaba y que traducía garabateándola en un perfecto inglés era “vino tinto” de la agrupación británica UB40, compuesta por un grupo de jóvenes desempleados en la década de los 80, híbrido entre reggae y pop.  Debo confesar que nunca me llamó la atención estudiar el inglés americano, me importaba un comino aprenderlo y emular el estilo de vida de su mediocre y decadente sociedad, cosa que no sucedía con el exquisito inglés británico cuando me vi forzado a aprenderlo al traducir algunos versos de Blake escritos en su lengua materna. La había conocido una noche cualquiera, o mejor mi hermano me había “empujado” a hacerlo. Esa fantástica noche, un arcoíris de luces voltaicas pestañeaban sobre la reluciente pista de baile, construida en madera. Varios machos alfa permanecían silenciosos en la barra mirando, calculando, cada movimiento de lo que sucedía  a su alrededor. El milagro había ocurrido para algunos de ellos. Sonó “Sacrifice” de Elton Jhon. Varias parejitas se animaron y coparon la pista y bailaban  lenta y pausadamente, al ritmo de esa melodía. Mi hermano y su novia los secundaron, las mesas iban quedando solas, los machos alfa se lanzaron al ataque. Algunos coronaron y los menos fuertes murieron en el intento. Era la época en que saber bailar era un ritual, convertido en un códice de supervivencia. Saber bailar era el rito de iniciación si querías pertenecer a esa “cofradía” de amigos que  todas las tardes después de clases,vegetábamos en un “taediun vitae” como lo llamaban los romanos,  entregados al placer y los goces. Más tarde leyendo “la hormiga y la cigarra” de Esopo, le escuché a mi madre que eso era física pereza. Siempre nos sermoneaba sobre el valor del esfuerzo y el trabajo, toda esa cartilla barata del capitalismo. Eso no impedía que fuéramos felices escuchando las últimas canciones que salían de una descascarada grabadora. Si no sabías bailar estabas muerto; había intentado aprender al interior del hermético y sofisticado matriarcado de mis hermanas, acolitadas por su grupo de meninas, educadas en los mejores colegios de “señoritas” regidos por monjas bajo las más estrictas reglas morales, como las de María Goretti y Santo Domingo sabio, dos niños elevados a los altares, la primera apuñalada por un bárbaro que se había enloquecido con su belleza y que, en su agonía, perdonó a su agresor y el segundo, monaguillo de la escuela de don Bosco, quien murió a la más corta edad mirando el cielo abierto, según lo relatan unos libritos hechos para cristianos. Sus lemas de vidas eran: “morir antes que pecar”. A cada uno de este grupo de meninas, les tenían docentes, para canto, baile, poesía, deportes…  algunas  resultaron excelentes bailarinas. La “cofradía” de amigos sucumbió innumerables veces por el reclutamiento de parte de ellas, solo para ser conejillos de India. Nos sometían a extenuantes sesiones de baile, pasando por sus brazos, ensayaban con nosotros una y otra vez los pasos “el cruzado o cross, lateral, giro a la derecha” … Las otras amigas nos miraban silenciosas y en tono burlesco, estallaban en risitas contenidas frente a un paso, un movimiento torpe, de nuestra parte. Esa era su venganza. Gravitaban en colegios integrados por miríadas de féminas. En los descansos, se les veía reunidas en corro, platicando y jugando con un pequeño artefacto de goma, que rebotaba en la baldosa; contaban 1,2,3, y lo atrapaban en el aire antes de caer. Los únicos hombres que tenían el privilegio de pertenecer a ese reino eran el jardinero y el fontanero que casi nunca levantaban la miraba para contemplar ese ejército de amazonas. Me supongo que el jardinero escucharía, mientras cuidaba y podaba un pequeño edén con una enorme tijera, las cuitas y diabluras de todo ese reino de señoritas. 

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“Sacrifice” al fin agonizaba y los machos alfa fueron premiados porque seguidamente sonó “Kingstown town”, de UB40, el “Dj” un tipo metido en un cubículo casi que en penumbra miraba en silencio, con indiferencia lo emocionante que ocurría en la gran pista. Era su trabajo. Mi hermano, que había notado mi desamparo, estiró su largo cuello de cisne y me preguntó: – ¿por qué no bailas, mira allá hay una sola? – Cuando dijo esa palabra “una”, yo volteé a mirar y la contemplé por largo rato. Su perfil alargado y perfecto era difuminado por una nube de humo artificial que vomitaba un artefacto negro, que giraba enloquecido. Mi mirada no era la misma de los machos alfa que, eufóricos, sentados en la barra consumían y reían animadamente. Ella estaba ahí, sentada, sola casi en estado de abandono. Sus amigas bailaban y gritaban hasta el paroxismo “me vale” de maná. Mi hermano volvió al ataque: – ¿ve y sácala a bailar? -. La miré nuevamente y seguía absorta mirando con desinterés la pista; los machos alfa que habían muerto en el intento la observaban de reojo. – Es que yo “casi” no sé bailar le respondí a mi hermano -. Él se levantó de la silla como impulsado por un resorte y me arengó. No le entendí nada por el fuerte ruido que atronaba de los altavoces, su actitud parecida a la de un entrenador de Box en la esquina del cuadrilátero, ante su pupilo que le asiente todo y ya no lo escucha porque sabe que va perdiendo la pelea en el octavo asalto. Yo había calculado los diez pasos que me separaban de ella; ante mi indecisión y cobardía, me empujó sutilmente, pero con firmeza y di el primer paso. La suerte estaba echada, no había vuelta atrás. En ese momento de pánico, fugazmente vino a mi mente como una epifanía “el ruiseñor y la rosa” de Oscar Wilde. Seguí avanzando con la respiración jadeante y el corazón brincándome en la garganta. Me acerqué y casi que arrodillándome le parafraseé la frase de Wilde: – “ha dicho que bailaría conmigo si le llevaba unas rosas rojas”-. La asusté, me miró extrañada y sonrió; salió tomada de mi mano hacia la pista que estaba solitaria; iluminada intermitentemente por el arcoíris que agonizaba, me abandoné a sus brazos como expósito, mis rodillas temblaban y las piernas ya no me obedecían. No había nada que hablar, solo cerré los ojos y me concentré en la tonalidad “la reina” del gran Diomedes Diaz. Alcancé a murmurarle al oído: “se la dedico”. Ella respondió con dificultad, “gracias”, ya que algo en su pecho le subía y bajaba aceleradamente. La manada de los machos alfa nos miraba lánguidamente en la distancia. Mi hermano caminaba o mejor regresaba triunfal del cubículo del Dj que ahora sonreía. Vi que le había entregado algo donde sobresalía la imagen de José Asunción Silva con su enigmática sonrisa; “eclipse total del amor” sonaba por segunda vez. Mi hermano y el poeta Silva habían hecho el milagro. Fue una noche de milagros. 

Mi hermano con su respiración jadeante se quitaba los zapatos en la penumbra, me susurraba que no hiciera ruido, nos habíamos volado de la casa permaneciendo convictos durante dos horas. Yo casi no le escuchaba,  porque permanecía tumbado en la cama con las manos cruzadas detrás de la cabeza, mirando con regocijo hacia el techo oscuro, transpirando de felicidad. Pensé en mis hermanas y su grupo de amigas “las brujas burlonas” que a esa hora estarían abandonadas a los brazos de Morfeo trasmutando al quinto sueño para mañana levantarse temprano e ir a la escuela. Yo acá era un hombre feliz. Mi hermano me sintió despierto y me susurró: “duérmete ya que mi madre se va a despertar”.

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*Ubaldo Manuel Díaz. Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Florida blanca. Premio de periodismo pluma de oro APB 2018 -2019 Barrancabermeja – Santander.

2 COMENTARIOS

  1. Extraordinaria narración, escrita con rigor lírico y manejo de un suspenso para nada forzado ni carente de las tensiones propias del género. Felicitaciones, Padre Ubaldo.
    Cristo García Tapia, Poeta.

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