El hombre que casi le agua la fiesta a la Virgen de Chiquinquirá

0
408
Sacado de Revista ECCLESIA

“Haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Mateo 16. 19 -34″.

Sacado de Revista ECCLESIA

(Lea también: Diario de un mototaxista)

Luis Fernando Malaver jamás imaginó que la madrugada del 9 de julio del presente año, cuando dio su primer salto de felino y se trepó a una de las dos columnas de 37 metros de altura que acompañan el cuadro de la Virgen de Chiquinquirá, estaba aguándole la fiesta a millones de colombianos. Después de semejante acrobacia, se instaló en una cornisa, respiró hondo, dio varios rodeos sobre sí como fiera enjaulada y, cual experimentado malabarista, ensayó varias veces la nueva cabriola. Sabía que era un salto mortal; un abismo de más de 40 metros lo separaban del piso. Con agilidad de trapecista se impulsó y se lanzó por segunda vez al vacío al mejor estilo de la cinta “Entrapment” protagonizada por “Sean Connery y la Z Jones”. Se dejó caer sobre una pequeña plataforma donde ningún mortal ha subido en años, reposó varios segundos, miró hacia arriba y, en medio de la penumbra, se encontró de frente con el lienzo donde sobresalía la pintura de una joven mujer, quien portaba una reluciente diadema sobre su cabeza y acunaba a un niño en sus brazos. A su lado, dos hombres que llevaban aureolas sobre sus crismas le hacía venia. 

Es el lugar sagrado el “Sancta Sanctorum” donde posan y terminan las plegarias de miríadas de fieles que se dan cita año tras año en las romerías y peregrinaciones a ese santuario nacional. Fue el encuentro de lo sagrado y lo profano. La vida licenciosa representada en este hombre con más de 12 deudas pendientes con la diosa Temis, similar al “buen ladrón” que el hijo de esa joven mujer perdonó en su agonía del Gólgota. La imagen borrosa de la cámara de seguridad – la que pudo funcionar – lo seguía enfocando. Con experticia de joyero, con su mano izquierda quitó la resplandeciente corona, la misma que relata el libro del Apocalipsis: “Y una gran señal apareció en el cielo, una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”. Dicha diadema fue introducida sin afán en una talega negra que llevaba anudada a su cintura. En un país acostumbrado al despojo de los más vulnerables rápidamente “raponeó” de las manos del niño un cetro dorado y un rosario que fue donado por el papa polaco en su visita a Colombia. Culminó su faena con la luna y los ángeles que reposaban bajo los pies del lienzo y los fue embutiendo en su pequeño zurrón; dejó desnuda la pintura que tiene más de cinco centurias. Según la leyenda, ésta se le apareció a una humilde mujer atribulada por un despecho amoroso. Dicen que los dolores del corazón son los últimos en cicatrizar. 

Estaba amaneciendo, eran las cuatro y treinta de la madrugada. Como premio a su hazaña, Malaver volvió a la carga y de regreso trajo consigo una brillante custodia parecida a la de Badillo, aquella que se robó un ratero honrado, de los muchos que hay en el país, suceso inmortalizado por Escalona en uno de sus cantos.  Más tarde fue capturado con las manos en la Virgen y aparecería esposado, custodiado por dos “agentes del orden”. Se le veía mirando hacia el infinito con los ojos entornados por la acción de los flashes de las cámaras, vaciados frente a él sobre un improvisado altar cubierto con un paño color verde donde estaba el cuerpo del delito: “la pequeña custodia, la luna de los pies de la Virgen, el rosario del niño, la gargantilla del vestido, el cetro de la Virgen, 15 arabescos en plata y la corona del niño”. 

(Texto relacionado: La mujer que escribía pensamientos)

Se habla de los tesoros y alhajas de la Virgen, como si la Virgen necesitara de tesoros y riquezas, cuando lo que ella realmente desea es que ninguno de sus hijos sufra, en un país donde la mitad de su población vive en la pobreza y un tercio en la miseria. Tenía entendido que los tesoros y riquezas de la iglesia siempre han sido los pobres, como lo narra de manera sublime el martirologio romano sobre el diácono San Lorenzo. Ante la cruenta persecución que se desató sobre los cristianos del siglo III d de C, muy mal “dateado” elemperador Valeriano prometió a Lorenzo que salvaría su vida si le entregaba “los tesoros de la Iglesia”. A los ocho días, el santo mostró al emperador los enfermos, indigentes y marginados y le dijo – “Éstos, afirmó, son los tesoros de la Iglesia”-. Cuatro días más tarde, el 10 de agosto, San Lorenzo fue martirizado. Fue asado vivo sobre una parrilla incandescente.  

Mientras Malaver hacía su fiesta, al otro lado del mundo a casi diez mil kilómetros, está un pequeño edén terrenal de 23 hectáreas llamado los Jardines del Vaticano, reconstruido por el papa Julio II, mecenas de Miguel Angel Buonarroti, el mismo que inmortalizó el fresco del juicio final en la bóveda de la Capilla Sixtina por encargo de este último, que tuvo una duración de cuatro años. Finalizada la obra, uno de los cardenales mimados de Julio II hizo que el artista cubriera las vergüenzas de los santos con gasas blancas, al culminar su trabajo, Miguel Angel terminó vengándose del consentido cardenal pintándolo en el infierno en la misma escena del juicio final. Este último se le quejó al papa y éste le respondió: «Si os hubiera enviado al Purgatorio, podría hacer algo, porque hasta allí llega mi poder para sacaros; pero en el infierno es imposible; de allí no se puede salir, hijo mío.». En ese jardín reconstruido por Julio II se llevaría a cabo la entronización de la réplica de la Virgen de Chiquinquirá. Malaver, a esas alturas estaba, aguando la fiesta, porque no se sabía si había sido capturado. Parte del cuerpo diplomático delegado por el papa Francisco estaba presto a presenciar dicha ceremonia. Se dio inicio al breve y discreto evento religioso y, en el orden del día, el embajador colombiano le correspondía el cierre. Este último terminó inmerso en un melodrama hablando algo sobre perdón y olvido; una monja con rostro de pedernal que fungía de maestra de ceremonia, situada al fondo  miraba en silencio los sollozos y gemidos propios de un capítulo de Corín Tellado. 

Tal vez Francisco ignoraba que ese gobierno al cual representa el diplomático de los sollozos ha sido cómplice de la matanza de más de 80 jóvenes y un sinnúmero de lisiados de por vida en las últimas marchas acontecidas en el país. Por ahora no existirá perdón ni olvido hasta que se sepa quién los asesinó y los culpables sean llevados ante Temis y paguen por ello. Mientras el ladino embajador se ahogaba en lágrimas, Luis Fernando Malaver era conducido a la penitenciaría de Normandía donde en pocos días seguramente se convertirá en damisela del cacique “X” del patio “Y” por haber tenido la osadía de aguar la fiesta a uno de los países más confesionales del hemisferio, donde casi todos los días asesinan a un líder social y todos los años los “rateros honrados” se embolsillan cincuenta billones de pesos, y lo que es peor aún, el día de elecciones miríadas van como borregos a  las urnas a elegir ciegamente al que les diga un febril fanático religioso.

(Le puede interesar: El gato Diomedes)

*Ubaldo Díaz, sacerdote. Graduado en Filosofía y educación de la Universidad Católica de oriente. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB Barrancabermeja. Años 2018 -2019.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here