El legado de Trump

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Era previsible que los votos de Wisconsin, Michigan y Pensilvania depositados por correo, especialmente en las grandes ciudades y suburbios, fueran en su  mayoría demócratas. En razón a las dinámicas de la campaña, las visiones frente a la pandemia y las solicitudes de sus líderes – Trump desestimuló el voto anticipado de sus simpatizantes -, se esperaba que una considerable mayoría demócrata votara previamente y el grueso de los republicanos lo hiciera el día de las elecciones. También se sabía que, tal y como lo quería el Presidente, los votos depositados el 3 de noviembre serían los primeros en contarse, por lo que la consecuencia necesaria era que inicialmente Trump estuviera adelante sin que se fueran a reflejar tendencias en el sentido tradicional.

Trump ganó las elecciones en 2016 gracias a que los mencionados estados del muro azul lo acompañaron. Pero era claro que, de regresar a su tradición, como lo preveían las encuestas,  sería muy probable una derrota del Presidente. Sin finalizar el conteo, Biden obtuvo la mayor votación de la historia, lleva alrededor de 4 millones de ventaja en el voto popular, recuperó los tres estados señalados y lidera cuatro de los cinco que quedan por definir. Con Pensilvania, Biden llegaría a 273 delegados electorales, más que suficientes para ser elegido presidente, pero pueden aumentar hasta 306.

Durante la campaña, en varios escenarios, el Presidente, muy a su estilo, dejó ver que no tenía intención alguna de reconocer un resultado que no le fuera favorable. Su comportamiento desde antes de los comicios ha estado encaminado a permanecer en el poder a pesar de una derrota, una treta barata al estilo de dictador de república bananera.

Su búsqueda por deslegitimar los votos emitidos por correo y su apuesta para evitar que buena parte de éstos se contaran constituyeron las primeras puntadas. Con anterioridad a las elecciones, su campaña mediante acciones legales buscó evitar que, en Pensilvania, donde necesariamente tiene que ganar, se recibieran y contaran aquellos votos. 

Sin embargo, la corte estatal ordenó recibir y contar aquellos enviados antes del día de elecciones, si llegaban dentro de los tres días posteriores. La víspera de la jornada electoral,  después de una de sus manifestaciones de cierre de campaña, Trump descalificó la decisión de la corte estatal. Señaló que favorecía el fraude, que los resultados debían conocerse la noche de las elecciones y que los que llegaran posteriormente -en su gran mayoría demócratas-  no debían tenerse en cuenta.

Hacia las 2 de la madrugada del 4 de Noviembre, cuando el conteo estaba en una etapa preliminar, en una vergonzosa rueda de prensa, Trump, sin fundamento alguno, se declaró ganador y lanzó la acusación de que se estaba adelantando un fraude en su contra.

Esto último lo reiteró al día siguiente en otro doloroso episodio en contra de la democracia. Desde la Casa Blanca, Trump desconoció la validez del voto por correo y, a pesar de aún tener opciones de obtener los delegados requeridos para ser reelegido, aseguró que había un fraude masivo y le estaban robando las elecciones en varios de los estados en los que perdió o estaba en riesgo de perder. Anunció  procesos legales. Varios medios decidieron cortar la transmisión por impropia y mentirosa; CNN la transmitió en su integridad.

En sus trinos del 4 de noviembre y los días posteriores, Trump denunció robo de elecciones, fabricación de votos y señaló como extraña la coincidencia de que él fuera ganando en unos estados y por la noche cambiara el resultado. Tres de estos fueron bloqueados por contener información engañosa y  marcados advirtiendo que son una forma ilegal y falaz de influenciar las elecciones.

A través de su Twitter, el mal perdedor pretende difundir la fantasiosa narrativa trumpista de la post verdad que, por contra-fáctica y descabellada que sea, es asumida como una revelación y reproducida por sus bases. Éstas confían ciegamente en él, le creen cualquier falacia o teoría de conspiración e incondicionalmente le respaldan cualquier decisión. Desde allí, derrotado, les seguirá insistiendo en que las elecciones le fueron robadas que, paradójicamente, es lo que en la práctica él quiere hacer.

De otra parte, sus abogados han demandado los procesos en los estados que le presentaban mayor riesgo para que en estos se dejara de contar, mientras presionaban para que se siguiera contando en aquellos que le pueden ser favorables. Las denuncias, por supuesto, hacen parte del juego y deben ser investigadas y decididas. Es bien probable que la idea sea llevar los casos hasta la Corte Suprema, donde hace apenas unas semanas y a la carrera los republicanos en el senado lograron ratificar a la juez nominada por Trump, Amy Coney Barett, quien consolidó la mayoría conservadora que éste espera lo respalde. Las instituciones enfrentan un desafío constitucional enorme y se espera que respondan efectivamente a las expectativas y más altos intereses de la nación.

Los republicanos tienen una responsabilidad mayor en la protección de la democracia. Se impone la necesidad de que rompan el equivocado pacto con el diablo que les ha sido tan rentable, pararse del lado de la Constitución  y oponerse efectivamente a cualquier acción que la amenace.

Al final de este mandato, Trump deja una herencia de mentira, división, corrupción, intolerancia, odio, racismo y exaltación de la supremacía blanca. También deja degradado el concepto de verdad, el discurso político, los valores  democráticos y el respeto por la ciencia. Ahora, derrotado quisiera agregarle a su legado la joya de la corona: desconocer el resultado de las elecciones para mantenerse en el cargo por un segundo periodo en contra de la voluntad expresada en las urnas. La institucionalidad democrática tiene la palabra.

*Juan Manuel Osorio, abogado experto en derechos humanos.

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