El lenguaje, espejo del pensamiento colombiano

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Somos una sociedad que aún no ha sido capaz de desarrollar un método que le permita solucionar sus diferencias sin apelar a la violencia, a la anulación, al desconocimiento, a la descalificación del otro.

María Clara Domínguez, directora del Zoológico de Cali. (08.05.21)

Mucho se ha hablado en las últimas semanas de la criminalización de la protesta social, del clasismo y del racismo subyacentes en la sociedad colombiana. No es para menos. Los hechos ocurridos en Cali sobre la vía Cañasgordas y tuits de senadores, ministros y ciudadanos en términos desobligantes sobre la protesta social y la minga indígena así los hicieron evidentes. No obstante, podría decirse que estas características nos ofrecen un panorama incompleto del universo del pensamiento colombiano. 

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El filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein creía que el lenguaje era un método para llegar al conocimiento de la realidad y la expresión del pensamiento. El pensamiento es indispensable para entender la proposición que fue, a su vez, definida por Wittgenstein como una imagen de la realidad. El lenguaje es, en suma, la totalidad de esas proposiciones. Siguiendo esta premisa, cabe entonces preguntarnos: ¿qué nos dice el lenguaje de algunos personajes prominentes sobre el pensamiento colombiano?

Para poner esta teoría en contexto, tomemos como ejemplo las palabras (proposiciones) del político conservador Omar Yepes Alzate, quien escribió que había que prestarle atención a «las organizaciones indígenas que salen de su hábitat natural a perturbar la vida ciudadana». Lo primero que salta a la vista es el antagonismo entre dos mundos: el hábitat natural al que asociamos en el imaginario colectivo con lo salvaje, lo primitivo y el mundo civilizado de la ciudad. En este caso y completando con los titulares de algunos medios, los indígenas que salen de su territorio agreste e inhóspito llegan a la ciudad a incomodar a ciudadanos autodenominados “de bien”. El resultado de esta contradicción dejó a doce indígenas heridos, algunos de ellos en estado grave por impacto con arma de fuego.

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La realidad que arroja esta proposición, este lenguaje, resulta chocante. Por un lado, se puede concluir que somos una sociedad que aún no ha sido capaz de desarrollar un método que le permita solucionar sus diferencias sin apelar a la violencia, a la anulación, al desconocimiento, a la descalificación del otro. Por otro, pone de manifiesto un pensamiento pre-moderno heredado de la sociedad de castas impuesta por el régimen colonial español en el que el indígena y el esclavo africano por su color de piel, por su minoría de edad en términos kantianos y desprovisto de cualquier conocimiento occidental, se encontraban (y aún se encuentran) en una posición subordinada al blanco dominante, poseedor de todos los saberes y de los privilegios que le otorgaba esa sociedad organizada jerárquicamente según “la raza”.

Resulta evidente que este pensamiento de una buena parte de la élite colombiana que pretende mantener ese status quo está completamente desintonizado de la nueva onda común entre los jóvenes que, en contraposición a esa élite anticuada, repiensan el pasado y derriban monumentos que para ellos simbolizan agresiones contra su población e ideales. Una juventud cada vez más empoderada y crítica del presente, compuesta por sujetos mucho más conscientes políticamente y que, en consecuencia, salen a las calles a reclamar lo mínimo – educación, salud, trabajo y pensión – que les pertenece por derecho constitucional. El discurso oficial los llama vándalos, una descalificación más que se suma al largo memorial de agravios que saldrá a relucir el próximo año en las elecciones a congreso y presidencia y que, probablemente, le cobre muy caro a esa élite el abandono al que ha sido sometido esta juventud.

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*Ana Marcela Valencia Arango, historiadora de la Universidad del Valle con maestría en Estudios Latinoamericanos Interdisciplinarios de la Freie Universität Berlin.

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