El Mochuelo y El Canario Torres

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El Mochuelo y El Canario Torres”, campeones que no lograron noquear la pobreza

Este dramático relato narra la historia de dos hermanos boxeadores en la ciudad de Magangué – Bolívar; el primero, “El Mochuelo Torres”, ex campeón del mundo en las 140 libras, categoría superligero, pasa sus días recorriendo las calurosas calles de su ciudad, esperando una promesa que le hizo el gobierno hace más de dos décadas de la construcción de un coliseo para que él y su hermano entrenaran las nuevas promesas del deporte de las narices chatas. Todo fue una ilusión, según cuentan ellos. Hoy viven sumidos en la más profunda pobreza al lado de su padre, octogenario casi ciego que ve con impotencia como el río Magdalena se lleva su casa. Hacen un llamado, un S.O.S., a Duque y al Ministerio del Deporte para que no los dejen padecer más.

– ¡Vas perdiendo maricón!  ¡vamos saca lo tuyo!

Fue la voz de Luis “Chicanero” Mendoza que se escuchó como trueno en medio de una tempestad, tempestad de jabs de izquierda y derecha que estaba recibiendo la humanidad del “Mochuelo” Torres por manos del norteamericano Kendall Holt que lo hacía ver las praderas azules de Magangué en aquel feroz combate pactado a 12 asaltos el 1 de septiembre del 2007 en el Country Club de Barranquilla.  Transcurría el décimo asalto, su segunda defensa de título mundial, y, en el atiborrado escenario no se escuchaba el sonido de una mosca, solo el jadeo de los dos gladiadores en el centro del ring. El campeón del mundo desfallece. Está a punto de caer: suena la campana, campana que muchas veces escuchó en la escuela Fátima antes de desertar de los estudios para siempre.

– “Pensé en mi papá que me miraba desde la tribuna y para el siguiente asalto salí con todo, con el gancho cruzado izquierdo liquidé el combate por la vía del sueño”, relata El Mochuelo Torres, sentado en el patio de lo que queda de su casa pintada de color verde oliva ubicada en el barrio Girardot de Magangué, donde le tocó librar las más feroces batallas en contra de la miseria. Hoy ve correr silencioso el río Magdalena, a través de una cerca desportillada, y cómo éste engulle su casa paterna que lo vio nacer. Su progenitor, un hombre octogenario, como en el cuento de la casa tomada de Cortázar se ha replegado como guerrero de atrás hacia adelante, habitación por habitación hasta atrincherarse en una pequeña sala de lo que queda de su casa.Dice que de ahí no sale y todos los días escucha con nostalgia, porque ha perdido la visión, cómo su patrimonio, construido por años a punta sacrificios, se lo arrebata el río. A su lado, un hombre sentado en una mecedora con un corte al rape mira en la televisión con ojos de concupiscencia a dos mujeres ligeramente vestidas que contorsionan su cuerpo a ritmo de un merengue. “Bájale volumen a eso” fue la voz tonante del ex campeón del mundo a su hermano “El Canario” que miraba a las bailarinas. Se hizo un silencio.  Un pick-up de 10 mil vatios de sonido permanece dormido en una esquina de la sala;  fue una de las fallidas inversiones que hizo Mochuelo, hoy liquidado para siempre por la peste. Al otro lado de la calle, un grupo de desempleados parlanchines, algunos sin tapabocas arreglan el país. Uno de ellos se despide vociferando: – “este país de mierda se jodió,”- no sin antes desbaratarlo como en un juego de lotería para así tener de quÉ hablar mañana. Una mujer sentada sobre una inmensa raíz de un árbol frondoso bate un pequeño frasco y escucha en la radio “fuiste tú” de Arjona, tararea el ritmo de la canción y, entornando los ojos, aplica cuidadosamente el carmesí sobre las uñas de los pies, hace una pausa, sacude nuevamente el pequeño frasco donde se escucha el sonido de un balín en su interior, se encoge de hombros, suspira y sigue en su ritual indiferente a nuestra conversación. Ese es el momento donde las mujeres requieren mayor concentración; es ahí cuando reflexionan y urden sus planes para bien o para mal. El ex campeón mundial está en bermudas, su torso desnudo lleno de cadenas y el arete que le brilla en la oreja como estrella rutilante le hace ver como reguetonero boricua. Pero no, estoy delante de Ricardo el “Mochuelo” Torres, ex campeón mundial Walter junior en las 140 libras, se para de donde está sentado y le da de comer a unos gallos de pelea que en corrillo han iniciado su canto desafiante.

– ¿No le han dicho que se parece a Daddy Yankee? –  pregunté.

– “Algunas veces” me respondió esta máquina de tirar golpes. Detrás de esos puños de acero, aún se esconde aquel niño tímido y sencillo, de frases cortas y ojos asustadizos que un día le pidió a su papá que le comprara un balón.

─ “Alístense vamos a comprar un balón” fueron las palabras de Pedro Miguel Torres a dos niños de diez años, hace mucho tiempo en las polvorientas calles de Magangué. -“Yo salí entusiasmado porque al fin iba a tener mi primer balón”, relata el pugilista. Cuando los dos infantes llegaron al sitio indicado, en lugar de balón, un puñado de niños como ellos corrían alrededor de un cuadrilátero, pegando enloquecidos golpes a enormes sacos de lona. “Esa primera imagen me deslumbró para siempre”. El ojo clínico y el olfato de tiburón del entrenador Manuel Vargas se posó sobre el asustadizo niño que solo quería que le compraran un balón; desde ese día jamás quiso quitarse los guantes porque quería ser grande…  Campeón del mundo.

Comenzaba el año de 1978 y la fiebre del fútbol hervía por todos los rincones del planeta; a miles de kilómetros de distancia de Magangué, en la Argentina de Borges, un joven lloraba desconsolado porque no había sido convocado para hacer parte de la selección albiceleste. Carlos Bilardo le había apostado a la experiencia de Burruchaga, descartando a un chico poco conocido al que le apodaban el “Pelusa” Maradona. Algo parecido pasó con el Mochuelo Torres con escasos trece años; fue descartado para ir al campeonato nacional de boxeo. “Ese día fue muy duro para mí, lloré toda una noche” recuerda con nostalgia el pegador. “Era cuestión de esperar, el trono estaba, solo faltaba el rey y el rey llegó” … mira a su hermano que ha cambiado el canal de televisión y escucha extasiado “I Like It”, de Tito Nieves. Los gallos de pelea, satisfechos, se acicalan las pocas plumas que les quedan sobre la piel rojiza.

Por potentes altavoces se escucha la voz en inglés de un hombre vestido de manera ridícula parecido a un pingüino anunciando la velada de esa noche. Afuera los copos de nieve caían perpetuamente; al interior del coliseo de Las Vegas Nevada, la ciudad que nunca duerme hervía, miles de voces coreaban a Mike Arnautis, el campeón del mundo. La algarabía era semejante al rugido de un monstruo enfurecido, las apuestas estaban diez contra uno en contra del magangueleño, la noche agonizaba y, en un pequeño camerino de 4x 4 parecido al de una estrella de cine, el entrenador, un hombre macilento hacía las veces de embalsamador egipcio, le envolvía con una venda blanca las manos a su pupilo que permanecía en silencio con su cuello envuelto en una toalla;  ya no escuchaba las palabras de aliento de su maestro que le cacheteaba una y otra vez los guantes. Afuera, el coliseo reguía rugiendo, Mochuelo ya tenía el cinturón de las 140 libras grabado en su mente. A esa hora en un pequeño rancho de tabla en la calurosa Magangué, doña Rosa María Tafur (QEPD) rezaba por su hijo,y ese hijo se arrodillaba, cerrando los ojos haciéndose un ligero santiamén antes de salir al enloquecido coliseo de Nevada, suena la campana… Fue una batalla pactada a doce asaltos, una verdadera carnicería; al final del combate, “El Pingüino” le alzó el brazo derecho al hijo de la niña Rosa María declarándolo campeón mundial súper ligero por unanimidad. Los cables de televisión, Internet, radio, vomitaron la información que en las 140 libras había un nuevo monarca. Después de esa carnicería vio por el único ojo que tenía abierto pasar en la distancia al venerado Don King con la nieve de los años sobre sus eléctricos cabellos, convertido en una especie de figura totémica para cualquier boxeador, el rey Midas del boxeo.

– “¿Qué sensación tuviste al verlo?”  “Algo raro que no se definir” puntualizó el hijo de Rosa María, que ahora observa a la improvisada manicurista de la enorme raíz, al parecer presa del despecho, repetir una y otra vez la melodía “fuiste tú”.

– 2 ¿Qué se siente en un momento de esos, en tierra extraña, con el público en contra?” Esboza una sonrisa: “se siente un poco de nervios”, “dan ganas de ir al baño a cada rato”, “la ansiedad es mucha”, “pero cuando tienes el público en contra, te haces sentir más grande”, remata el hijo de Pedro Miguel Torres. Las Vegas EEUU, donde siempre es de día, en cuyas calles como salidos de la nada es normal ver celebridades del cine, televisión, magnates, despampanantes rubias saliendo de lujosas limusinas, todas esas pléyades que parasitan en los casinos, ahí puso los pies el humilde niño de Magangué y dijo: – “ahora quién me va a decir que no estuve en Las Vegas”. Miraba extasiado las enloquecidas y eternas luces de neón, pensó en aquel televisor a blanco y negro donde miraba con sus hermanos la guerra de las galaxias; hoy, después de muchos años, se le ve de vez en cuando en el billar Las Vegas de Magangué ver jugar a los más afamados tahures.

Sobre un improvisado cuadrilátero un par de boxeadores aficionados intercambian golpes; sus brazos parecen demoledoras aspas de molinos. En una silla, Mochuelo Torres los observa, una lágrima corre por su atezada mejilla, fue uno de los momentos más dolorosos de su vida, una delicada operación al menisco izquierdo lo deja por fuera del ring ocho meses, luego vino la lesión en la columna que lo sacó para siempre del ring. “Pensé que mi carrera se acababa” y “así fue, no pude volver”, remata este hombre que, según sus amigos más cercanos, jamás perdió la humildad.

Eran otros tiempos, en Sincelejo en una improvisada lona se reunía un entrenador con varios muchachos al que les colocaba un apodo. “A Memín Julio porque había sido gamincito”, al “Pegoño Mendoza” porque tenía dos dedos del pie pegados. Cuando irrumpió Ricardo Torres, el entrenador lo quedó mirando y preguntó: – ¿a éste como le llamamos? – Memín respondió: llamémoslo “El Mocho”, lo decía porque el dedo índice derecho de Ricardo Torres se lo había cortado y tragado una iguana en una de esas cacerías furtivas.  Llamémoslo El Mochuelo porque viene de mocho – mochuelo- sentenció el Pegoño Mendoza. Ricardo levantó lo que quedaba de su pulgar y remató: “llámenme El Mochuelo” porque voy a volar muy alto, y así quedó para siempre, El Mochuelo Torres.

Va terminando la entrevista con el ex campeón del mundo, y su hermano José Miguel “El Canario” Torres que emuló sus pasos, con un palmarés de 23 victorias, 20 por knock out, hace una ligera finta ante un rival imaginario, muestra un jab de izquierda otrora su arma mortal. Este jubilado gladiador enseña un video que conserva como tesoro cuando liquidó por la vía del sueño al grandulón polaco Patrick Majewski en Connecticut EE.UU. La pobreza como un sino los seguía persiguiendo, los políticos no cumplieron. Cuenta que prácticamente había colgado los guantes y se embarcó en una aventura peregrina como último recurso enfrentándose en Londres en una fría noche del 5 de septiembre del 2015 al británico Martin Murray, fue derrotado en el asalto 7 y, con ese dinero que le quedó de la derrota, se compró una moto y hoy es uno de los diez mil “moto taxis” que recorren las calurosas calles magangueleñas.

– “¿Les cumplieron con la promesa del coliseo que iban a hacer para que usted y su hermano para que entrenaran a las nuevas promesas del box?”  – pregunto -.

– “Sí, solo cumplieron con la mentira y el abandono”. Se levanta de donde está sentado y como si fueran sus últimas fuerzas vocifera: “como campeón del mundo que fui, estoy pasando por un mal momento”. Su súplica se pierde en la lejanía del rio que sigue inexorablemente desbarrancando su casa paterna.

– “¿A qué boxeador admira más?”, fue mi pregunta final-.

Su respuesta, después de un largo silencio, sonó de aquí a Méjico- “A Oscar de la Hoya.”

Pd. Teléfonos del Mochuelo Torres y su hermano El Canario por si Duque y el Ministerio del Deporte se dan por enterados de la desventura de estos jubilados gladiadores. 3145709125 (Ricardo Canario Torres). 3046601255 (José Canario Torres).

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 – 2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.

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