Un sistema que privilegia a los privilegiados y excluye a los excluidos no representa un país democrático.

En la medida que crecemos, desarrollamos nuestra personalidad y carácter influenciados por nuestra historia de vida e impactados por las decisiones que otros tomaron por nosotros, las decisiones que nosotros tomamos  y las oportunidades que tuvimos, a través del intercambio de saberes y experiencias en un contexto y entorno dados. El poder, definido como la capacidad o condición de potencia, fuerza o influencia para hacer determinada cosa sin que se lo impidan, es el inductor de las decisiones que tomamos que orientan nuestra existencia.

El ejercicio del poder impacta a personas, familias, naciones y organizaciones. Por lo tanto, el buen uso del poder conlleva la responsabilidad de obrar de manera íntegra y justa, respetando la dignidad, autonomía y diferencia, procurando el mayor bien sin hacer daño y sin maltratar para lograr un buen vivir. Es un medio para alcanzar la realización, el desarrollo y la autodeterminación.  

Sin embargo, el poder, en muchas ocasiones, se usa de manera abusiva como fin y no como medio. El poder como fin implica que las personas abusan de su poder ejerciéndolo de manera sutil o imperiosa, sintiéndose superiores y alimentando su ego. Los demás les rinden pleitesía y los atienden; “así debe ser”, piensan ellos. Su privilegio se convierte en abuso cuando se alimentan de la desventaja del otro pasando por encima de las libertades de los demás con soberbia, manipulación y violencia.  Su poder no se deriva de su esencia sino de lo que compran, de lo que venden, de a quienes intimidan o dominan. No proviene de la dignidad, ni del equilibrio o la equidad.

Quienes los admiran y los siguen lo hacen por miedo y necesidad, creándose una relación de abuso del poder; otros los siguen por conveniencia o idealización, creándose una relación de  dependencia y reverencia donde estos últimos también saborean pequeñas dosis de poder. Hay quienes los siguen sin darse cuenta de que están siendo utilizados o manipulados; no pueden actuar con libertad porque tienen miedo, actúan para sobrevivir y/o desconocen sus derechos.

Hay otra clase de personas, que tienen poder y lo utilizan como medio para impulsar el crecimiento  y progreso en sus entornos. Su poder no es más ni menos que el poder de los demás; su poder emana de su esencia, de lo que son y de lo que transmiten. Sus actos y sus palabras provienen de la generosidad y honestidad, trabajan en temas donde invitan a otros a hacer parte, a unirse a una causa y se articulan por un bien común. Sí, su fin no son ellos mismos, sino una estructura, unos principios y una meta dentro de una visión colectiva que quieren alcanzar. Lideran con valores, con sabiduría, con humildad y con ejemplo, respetando el marco legal.

Quienes los siguen no lo hacen por miedo o intimidación; lo hacen por convicción y respeto porque comparten su criterio, valoran lo que son y aprecian los medios que utilizan para alcanzar sus objetivos. Están todos en un mismo nivel de poder y dignidad, con oficios diferentes según las capacidades y conocimientos de cada uno. El relacionamiento permite que todos puedan hablar y opinar, sin que exista castigo o intimidación; se conoce y se explica con transparencia los beneficios y compromisos de la relación donde cada uno puede retirarse cuando así lo desee respetando la autodeterminación. Algunos, consideran a estos líderes débiles y sumisos porque su estilo de comunicación es honesto y consensuado y no ejercen el poder de manera autoritario.

Entre estos dos modelos, por un lado, el de autoridad intimidante y, al otro extremo, el de liderazgo colaborativo, hay un espectro amplio de cómo podemos ejercer nuestro poder. El poder es un atributo que cada uno tiene; lo ejercemos todos los días en cada interacción con las personas. El estilo de poder que ejercemos depende de nuestra situación personal y del entorno en el que vivimos. Practicamos nuestro poder como subalternos, como ciudadanos, como jefes, como miembros de una familia, para hacer valer y defender lo que nos importa y nos pertenece. El que cada uno pueda desempeñar su poder sin sentirse intimidado significa que tendremos una sociedad mas equitativa y libre, donde la confianza se impone sobre lo autoritario y la autonomía se ejerce con responsabilidad.

Una manera sencilla para ejemplarizar como opera el abuso de poder se describe a continuación. Un carro está andando y una persona se aproxima a un cruce peatonal para pasar la calle. El carro es más potente y tiene mayor capacidad de hacer daño; a pesar de que el peatón tiene la vía, el carro irá primero y el peatón se detendrá para dejarlo pasar. El  carro tiene más poder; entonces, tiene más “derecho”. Ésta es la práctica que impera. Esto es una situación de abuso de poder naturalizada que se repite a diario en nuestra sociedad. No tenemos una cultura de respeto hacia la persona por el solo hecho de ser persona; su desventaja es vista como una debilidad y, en consecuencia, una oportunidad para aprovecharse de ella. Tenemos arraigado el concepto de jerarquías sociales y no vemos a las personas con igualdad de condiciones. Si el carro no tuviera carrocería, su poder se perdería y el peatón pasaría primero.

Las personas con ventajas o privilegios son ante todo personas con una carrocería representada en dinero, posición social, autoridad, capacidad de influencia, sexo masculino y raza blanca y revelan un aire de superioridad aceptada culturalmente. Esta falsa superioridad puede ser sutil, explícita o imponente. Por ejemplo, el conductor de un “doctor” que transita por la ciudad en un vehículo blindado o la ministra cuando llega a un restaurante a solicitar una mesa para cuatro. No siempre el privilegio acarrea abuso pero es muy frecuente; entonces vemos cómo el conductor infringe las normas de tránsito para ganarle tiempo al doctor a costas de colarse en la fila del semáforo, robándole tiempo y espacio a los demás, o la ministra exige una mesa inmediata en un restaurante muy concurrido porque no hizo reserva. Este abuso es avalado por el dueño del restaurante quien se deleita con una visita tan importante y por el policía de tránsito quien facilita al conductor su acción de infracción porque va una persona importante en el carro. Vemos aquí como el abuso se instaura en la arquitectura social y cultural de una sociedad hasta tal punto que se vuelve normal e incuestionable. Estas prácticas abusivas y corrosivas de la sociedad atentan contra la ética social. 

El objetivo de los derechos humanos es fomentar un relacionamiento sin carrocería para otorgar poderes esenciales a cada persona que la dignifiquen, compensando así el desequilibrio de poder existente. Dado que la carrocería sí existe, su poderío es real y llevamos una historia de sobrevaloración de esta carrocería, acompañada de una permisividad social que la valida y una autoridad que la protege. La tarea de nivelar el poder se hace necesaria e inaplazable para lograr que quienes andan a pie no continúen siendo atropellados.

Andar a pie es difícil e injusto cuando la ciudad ha sido diseñada para vehículos. En este momento, hay una corriente más humanista que ha logrado que se construyan andenes y protección para el peatón donde pueda ejercer su autonomía y esté incluido en el sistema social donde pueda ejercer sus derechos. De igual forma, una gran empresa con políticas y procesos de recursos humanos establecidos arbitrariamente ya no podrá discriminar y despedir a su empleado por discriminación de cualquier índole porque este empleado ahora sí hablará, lo acompañarán otros y podrán contrarrestar el poder de la empresa para que se le respete su autonomía e identidad. De la misma manera, el profesor de una prestigiosa universidad ya no puede reprobar un examen de una alumna porque ésta no cedió a sus chantajes. La alumna ya no está sola, una organización social que trabaja contra el abuso del poder tiene instaurados los mecanismos de protección ante la intimidación de profesores y presentará el caso a las directivas de la universidad. ¿Acaso no nos damos cuenta de que, si el conductor del doctor no infringe las normas de tránsito, el tráfico se hace más suave para todos, creando un ambiente más justo y tolerante que también beneficia el policía? ¿Que la ministra, por más ministra que sea, más ejemplo tiene que dar de buen trato y que el dueño del restaurante no depende solo de la ministra sino de sus clientes, que verán con mejores ojos al restaurante donde a todos se les atienda de manera importante?

Las personas con privilegios, al tener ventajas ,tienen una mayor responsabilidad de comportarse de manera respetuosa y ética porque tuvieron la oportunidad de recibir una educación y formación donde fueron informados sobre la ética, el derecho y la ciudadanía. Quienes abusan del poder no son ‘conchudos’ o aprovechados o aventajados o audaces; son corruptos. Abusar del poder para el beneficio propio es definido por la organización Transparencia Internacional como corrupción. Quién abusa del poder realiza un acto corrupto. Se tiende a minimizar estos actos y, al trivializarlos, se termina legitimándolos. Las personas con privilegios tienen la responsabilidad de evitar abusos y deben promover la inclusión y fomentar el equilibrio de poder de tal manera que, ante otra persona, independientemente del estrato social, económico, posición política, orientación sexual, étnica, raza, edad, nacionalidad o lugar de procedencia puedan entregar un tratamiento con equidad y justicia en temas de salud, educación, cultura, trabajo, negocios y cualquier otro tipo de relacionamiento.  

Cuando hablamos de población vulnerable, en realidad estamos hablando de personas para quienes el sistema político y social se quedó corto. Hablamos de personas con desventajas que están excluidas del sistema de bienestar social y son susceptible de abuso permanente. Un sistema que privilegia a los privilegiados y excluye a los excluidos no representa un país democrático; representa un país donde el abuso de poder está enquistado y permeado en un sistema diseñado por quienes están en el poder con el objetivo de mantener sus privilegios.

La sociedad actual está cuestionando el sistema. Por ejemplo, un policía en Cali decide no obedecer una orden de desalojar a una familia porque le parece que va en contra de la dignidad humana; los miembros del ejército que perpetraron actos infames como el abuso sexual son señalados por sus superiores y la sociedad reclama justicia. La población indígena, los líderes sociales, la población transgénero y las comunidades afrodescendientes empiezan cada vez más a exigir sus derechos y a desvelar los abusos históricos y la ausencia de programas, recursos y atención a sus comunidades. Las épocas han cambiado y el país, junto con su gente, también tiene que cambiar para que exista un orden social equilibrado y justo.

¿Qué estilo de poder ejerce usted? ¿Sus privilegios se manifiestan con abusos o libertades? ¿Reconoce cuál es su carrocería y cuál es su esencia? Asuma su responsabilidad como ciudadano, como miembro de una familia, de una comunidad o en una empresa o instancia pública. Actúe dentro del marco de la ley con actitud ciudadana. Si siente que han abusado de usted, busque ayuda y apoyo, protéjase y alíese con semejantes y organizaciones que defienden sus derechos para que ellos a su vez se apoyen en medios de comunicación, redes sociales, instancias gubernamentales o internacionales. La omisión de actuar cuando han vulnerado sus derechos o ante situaciones de violación e injusticia a otros va en detrimento de toda la sociedad porque permite que estos anti-valores se perpetúen y, seguramente, en algún momento – no hoy, ni mañana – podrán afectarlo a usted también. Por esta razón, todos somos responsables de alzar la voz y actuar en contra de aquello que es injusto. Éste es el nuevo paradigma de comportamiento y modelo de poder que habremos de seguir.

*Patricia Villaveces Ronderos, economista, master en derechos humanos. @pvillaveces

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