El valor del trabajo

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Si en Colombia no se valora el trabajo de las personas, es porque tampoco se valora la vida.

El trabajo es el valor más importante de una sociedad. No solo por su capacidad de generar ingresos, sino porque ofrece la posibilidad de la realización de proyectos de vida, de constituir familias y de alcanzar la felicidad de los individuos, fines últimos de una sociedad democrática. De ahí la importancia de defender el trabajo digno y la legitimidad de la organización de los trabajadores para exigir sus derechos.

A todos alguna vez nos han dicho: “mira, a esa empresa la quebró el sindicato”. Y bien puede ser cierto, pero valdría la pena mirar la otra cara de la moneda. También deberían decirnos con mucha frecuencia el número de sindicalistas que han sido asesinados en este país, o que, por ejemplo, el Magdalena medio fue la cuna del paramilitarismo, en parte, porque allí fue también la cuna del sindicalismo. Barrancabermeja sigue siendo hoy la capital sindical de Colombia.

La lucha sindical en Colombia ha tenido excesos; no nos digamos mentiras. Sindicalistas que persiguen solo el interés propio y que han vendido a sus representados por un par de frunas no son pocos, actitud, desde luego, doblemente vergonzosa. Pero por unos excesos no tiene sentido criminalizar a los sindicatos (como vulgarmente lo hizo Efromovich, antiguo presidente de Avianca, quien durante la huelga hablaba con tal furia que parecía precandidato presidencial del uribismo) sin siquiera reconocer el valor que tienen los sindicatos en una sociedad democrática.

Hace muy poco, el pensador norteamericano Noam Chomsky recordó que buena parte del material cultural y pedagógico que consumía en su niñez venía de los sindicatos, reivindicando así la función social y la capacidad de generar tejido social de las organizaciones de los trabajadores. Islandia, Dinamarca y Suecia -países pobres- son los países más sindicalizados del mundo. En Dinamarca, por ejemplo, los empleados no negocian su salario directamente; lo hacen a través del sindicato por una razón obvia: en una relación laboral el trabajador siempre es la parte débil y, con muy pocas excepciones, siempre alguien está dispuesto a realizar la misma labor por un salario menor.

La plaga del coronavirus está cambiando nuestra realidad y el mercado de trabajo, como es evidente, no es la excepción. El ministro Restrepo ya está hablando de soberanía alimenticia (¿y la Reforma Rural Integral? Bien, gracias), de reindustrializar el país y de sustitución de importaciones; todos esos cambios implican una nueva realidad laboral. El teletrabajo es otro ejemplo: que éste no se convierta en la esclavitud moderna de disponibilidad 24 horas es solo posible fortaleciendo el poder de negociación de los trabajadores. En general, habrá que exigirle al Gobierno que los cambios que se avecinan en el mercado laboral no vayan en detrimento del trabajo digno y que se tenga particular consideración con los miles de jóvenes que, como yo, cada vez ven más sombrío el panorama laboral.

Los economistas dicen que los salarios dependen de la productividad: carreta. Durante la Cumbre de las Américas de 2012, el profesor Beethoven Herrera mostró cómo desde los años 70 la productividad en Estados Unidos había aumentado vertiginosamente, mientras los salarios, en términos reales, habían caído. Atraco brutal a los trabajadores que produjeron más y ganaron menos, mencionó el profesor. Los salarios dependen, más bien, del valor que una sociedad le da al trabajo y, en últimas, del valor que se le da a la vida misma. Y la cosa tiene sentido, si en Colombia no se valora el trabajo de las personas, es porque tampoco se valora la vida.

La reivindicación del trabajo en estos tiempos cobra aún más sentido. El economista francés, Thomas Piketty, sugiere que uno de los factores que ha influido en la brutal desigualdad en el mundo es que hoy las economías están pagando más por el capital que por el trabajo. Luchar por mejores condiciones laborales y salariales es, también, un instrumento para lograr una distribución más equitativa de los ingresos, imperativo categórico en estos tiempos. Defender a los trabajadores no es de perezosos y vagos, todo lo contrario; ahora, lo que sí resulta paradójico es que sean quienes pretenden vivir de la renta los mismos que acusan a los pobres de querer todo regalado.

*Felipe Arrieta Betancourt, estudiante de la Universidad Externado de Colombia. Bloguero en medios digitales, @felipe_arrieta.

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