Toda Colombia debería estar concentrada en salir de esta historia de odios generacionales y pensando más bien en soluciones a los estragos de la pandemia para el futuro inmediato.

Obra: “Antígonas, tribunal de mujeres” con las madres de Soacha. Tramaluna teatro. Dir. Carlos Satizabal.

Un exministro olvidado por el mundo de la farándula busca de salir del ostracismo con un trino en el que ataca a la Comisión de la Verdad al afirmar que “la mayoría de los comisionados registran afinidad ideológica o nexos con grupos armados”… ¿Se puede ser más irresponsable, desinformado y atizador del odio en un momento de recrudecimiento de la violencia, asesinato de líderes sociales y excombatientes, amenazas constantes al proceso de paz y en donde la Comisión de la Verdad y el sistema de justicia transicional son casi la única esperanza para esclarecer el horror de este país? Invitamos al exministro Pinzón a que revise las hojas de vida de los comisionados y comprenda la historia del conflicto armado gracias a sus investigaciones.

Una vez más nos topamos con los discursos estigmatizantes en medio de un conflicto aun vigente que evidencia ciclos de violencia no resueltos, en donde priman narrativas como la “amenaza terrorista” y la negación de un “conflicto armado” potenciados por las redes para ganar créditos políticos, muy en la línea de la reencauchada idea de Uribe sobre el Neochavismo. No es posible volver a caer en este juego perverso en el que se vislumbra una anticipada y decadente campaña presidencial. Es el momento de desmontar estas narrativas y discursos de poder basadas en la construcción de un enemigo interno, que se han desarrollado durante décadas produciendo comunidades de odio y estereotipos que ponen el peligro la vida de tantos colombianos y colombianas.

El Sistema Integral de Justicia,Verdad y Reparación en el contexto actual es de una importancia fundamental para el buen desarrollo de los Acuerdos, como ya lo confirmó el Instituto Kroc en su último informe frente a la implementación, al afirmar que es justamente en estos aspectos en donde más se ha avanzado. Los procesos de escucha territorial, llevados a cabo actualmente por la Comisión de la Verdad, están llegando a todos los rincones de Colombia para recoger testimonios de  víctimas de todos los sectores y más allá de las fronteras, al escuchar también los testimonios de personas exiliadas en varios países del mundo.  

El reto se hace enorme frente a la elaboración del informe que debe entregar la Comisión en 2021 en el que se intenta esclarecer la verdad de lo sucedido en los ultimos 60 años. Ahí radica la esperanza, en entender lo que nos pasó para no repetirlo. Reconocer a las víctimas y lograr en este proceso una experiencia transformadora. “El informe de la Comisión debería ser un manifiesto para el futuro”, decía Gonzalo Sánchez, exdirector del Centro Nacional de Memoria Histórica, en una reciente entrevista sobre el actual trabajo de la Comisión de la Verdad.

No sobra recordar que el enfoque preferencial por las víctimas en los Acuerdos es una apuesta por reconocer y amplificar sus voces en un contexto de desigualdades históricas de acceso a la política, a los medios y en general a los recursos de poder. Es hora de preguntarnos: ¿cómo podemos salir de estos discursos de odio de tal forma que las víctimas sean reparadas y rompamos estos estigmas, lo cual también ha provocado el asesinato casi diario de líderes sociales comprometidos muchos de ellos con la implementación de los acuerdos?

El trino del exministro y las peleas fraticidas en Twitter hacen evidente que vivimos aún en un mundo de grupos gregarios, donde la violencia ha roto vínculos entre seres humanos y entre ellos y su contexto. Como ha señalado el Comisionado Alejo Castillejo en sus investigaciones, “vivimos en un ‘Palimsesto de daños’”. El trabajo de la Comisión es fundamental para comprender la violencia como un entramado de relaciones, ampliar las dimensiones de la violencia, para entender los que nos ha pasado y lo que nos pasa cada día, visible también en el espectáculo de las redes sociales y los impactos que pueden tener en la vida y la seguridad de los ciudadanos.

En estos difíciles momentos para la humanidad entera, toda Colombia debería estar concentrada en salir de esta historia de odios generacionales y pensando más bien en soluciones a los estragos de la pandemia para el futuro inmediato. En este aspecto, los Acuerdos de Paz vuelven a ser fundamentales. No sobra insistir que con cada uno de los puntos del Acuerdo se intenta también romper las cadenas de desigualdad estructurales y si éstos se aplicaran con rigor y, sobretodo, con decisión y sin ambiguedades, el país podría salir lentamente de este laberinto de violencias.

Finalmente, un llamado a los artistas para que sigan acompañando y visibilizando el trabajo de la Comisión en estos momentos. Las articulaciones entre el arte, la verdad y la memoria tienen la posibilidad de comunicar y hacer pública la verdad para lograr una experiencia social transformadora, así como de restaurar el vínculo social al recordar, sentir y dar un espacio a las emociones para lograr en fin hacer el duelo de nuestra dura historia. Frente a los discursos de odio y el amarillismo de las redes sociales, las diversas manifestaciones culturales presentes en todos los rincones del país, pueden mostrarnos el camino de la reconciliación, esclarecer las dimensiones sociales y colectivas del dolor y propiciar los recursos a las poblaciones para transformarlo, reconocerse como sociedad y contribuir al gran relato nacional donde haya espacio para todos.

*Pilar Mendoza, periodista, investigadora, PhD y magister en sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

1 COMENTARIO

  1. Lo de “palimpsesto” suena bien, porque literariamente se constituye en ese tipo de metáforas afortunadas para comprender -para los que tenemos la voluntad y el criterio de entender- la vieja demencia que tejieron al alimón godos y liberales desde el acta de independencia de la Nueva Granada en Angostura (1819-1821).
    Es afortunada la metáfora porque en estos 200 años continúa sucediéndose de manera multicausal la visión ahistórica de los gobernantes colombianos. Por ahistórico debe entenderse la carencia de uno de los rasgos imprescindibles del líder auténtico: visión de futuro. No todos, por supuesto: casos como Murillo Toro (promotor de los medios de comunicación); Pedro J. Berrío -el más liberal de los conservadores antioqueños (en el siglo XIX, hacedor del Ferrocarril de Antioquia y promotor de la educación técnica); y a pesar de su apego al poder. el General Rafael Reyes que impulsó el desarrollo de la incipiente industria nacional); Alfonso López Pumarejo y, en algo, Carlos Lleras R. quienes advirtieron la perentoria necesidad de reformar las leyes del Estado colombiano para proteger el desarrolli democrático del sector agrícola).
    Sin embargo, la regla general ha sido la atrabiliaria imposición de las mezquinas personalidades y el cerril “culto al héroe” desde las entrañas mismas del Establecimiento: Núñez, Abadía, Ospina P.; Laureano, Urdaneta, Rojas, Valencia, Turbay, Betancur, Gaviria …y la roya posmoderna desde 1990 con su recua de ministros de Hacienda y de Defensa, amén de las cada vez más aciagas FFAA; cuyo propósito constitucional e institucional ha girado, paulatinamente, de manera macabra 180º hasta poner en la mira de sus fusiles al propio pueblo colombiano, cuya vida y bienes se supone deben proteger.
    Con la posmodernidad del Consenso de Washington, sabido es, la proclive privatización de amplios sectores del Estado ha sido flor de esplendor para con los agentes del “Establecimiento Profundo”, que aprovechó como nunca el papayazo del régimen voraz de la apertura gavirista en 1990, punto de no retorno de la hipócrita política de lucha antidrogas simulada por el Ejecutivo nacional, la embajada gringa en Bogotá y el tartufo heroísmo de las FFAA (es algo más que mero oportunismo, publicitar la tesis de maestria de Sara Tufano “Crisis política, apertura democrática y procesos de paz en la Colombia de los años 80”).
    Lo que, en un principio, parecía un progreso de la secularidad laica y civil -nombrar min Defensas civiles dejando en los cuarteles a las barras y los soles- devino aberración politiquera. Pero más que politiquería, no pocas revindicaciones de la Constitución de 1991 degradaron en tronera de admisión de antiguas y fuertes tendencias reaccionarias; que se incubaron con la banalización de la caida del comunismo soviético y el triunfo imperial del neoliberalismo reagan-thetcheriano.
    Es precisamente este sujeto de marras, sicorrígida criatura, adán aún cuarentón, validador exquisito de “El principio de Peter”; criado (abonado) en cuarteles militares el que ahora pretende reanudar, desde la pocilga de las social.net, la ancestral cosmovisión de la bayoneta y la estética del Estado de Sitio.
    Auténtico representante de una remozada cosecha de “las uvas de la ira” cultivadas en los viñedos de cepas enanas del centralismo autoritario. Todo un desafío para las generaciones colombianas no-adanistas: sanos consensos de la cordura nacional -precisamente la flor de lodo de la JEP- para imponer soluciones de continuidad pacíficas y racionales, que detengan de tajo el rebrote de las inmarcesibles raíces de la hidra santanderista-turbayista.

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