En este pueblo, no hay ladrones

1
598
Sacado de la cuenta de twitter @chechiplus

“En mi tierra los ladrones, usan corbatas de seda,
Y desde plásticas mansiones se reparten
lo que aún queda; los domingos van a misa y en sus
diarios se publican sus hipócritas sonrisas”.

Rubén Blades (canción el país)

Sacado de la cuenta de twitter @chechiplus

Sucre – Sucre, único pueblo del mundo donde no hay ladrones, según se lee en una tablilla que está a la entrada del legendario club de billar ubicado en el parque principal ”en este pueblo no hay ladrones”. Ahí, en ese lugar frecuentado por García Márquez en su mocedad, dicen sus moradores, nació uno de sus cuentos más laureados. Al otro lado del parque, un hombre de espeso mostacho que está al interior de una tolda parecida a la de un beduino, se asoma para atender a una diminuta mujer que regatea el precio  de un cuchillo de cocina. Al final de la fallida negociación, el hombre deja caer la reluciente hoja sobre un sinnúmero de cachivaches. La resignada mujer se aleja mascullando entre dientes: – ¡eso está muy caro, no seas ladrón! -.  El beduino se hace que no la ha escuchado y le da la espalda con indiferencia; sigue en su tarea de organizar un estante lleno de chucherías donde permanece un radio que murmura una balada triste. Una leve llovizna se desgaja sobre los oxidados techos de zinc del caserío, por encima de la colorida tienda del beduino, que ahora bosteza. Se alcanza a divisar el callejón donde los hermanos de Ángela Vicario apuñalaron sin piedad a Santiago Nazar. Callejón sin salida de aproximadamente un metro de ancho por diez de profundidad, que muere en una alta pared, el tiempo que pudo correr Cayetano Gentile cuando los hermanos Víctor y Joaquín Chica lo perseguían respirándole en la nuca con afilados cuchillos. Minutos después vengarían la honra de su hermana Margarita. El anterior episodio sangriento para una crónica roja y sensacionalista inspiraría muchos años después a García Márquez escribir una de sus grandes obras “Crónica de una muerte anunciada”.

Al final de ese estrecho callejón, la luz de una buhardilla ilumina la habitación de un hotel de segunda clase. Ahí permanecen dos hombres de enorme panza, en mangas de camisas, silenciosos, que se enjugan el sudor de la frente, arrodillados, casi que en señal de devoción reparando un motor fuera de borda. Afuera, varios pescadores los esperan impacientes. La lluvia sigue cayendo sobre las toldas multicolores, el hombre del espeso mostacho habla por teléfono, la diminuta mujer de la mañana cruza la plaza principal y le hace un gesto en la distancia y, sobre la cesta de mercado que lleva, deja ver una reluciente lámina que refulge ante el meridiano. Una joven mujer de hermoso vestido estival barre la terraza de la imponente casa de dos plantas donde vivió la mamá grande. Nada pasa, todo se ha detenido, el paisaje se ha coagulado, a excepción del hombre del espeso bigote que ahora espanta moscas con una bayetilla. El reloj de la iglesia, pequeña réplica de la catedral de Colonia, marca las once de la mañana en este templo construido en el año 1935 por los legendarios curas Miguel Noguero y José Lecuona, ambos españoles de la misión de Burgos. Tres hombres salen presurosos de una de las tiendas y se resguardan en el billar o club “Sucre” que está al otro lado del parque. La legendaria tablilla sigue ahí, desgastada por las miradas de los tahures y el paso de cronos y, ahora por la claridad meridiana, se ve más nítida “en este pueblo no hay ladrones”. Seguido hay un edificio amarillo de tres plantas donde está ubicada la alcaldía municipal. Según Javier Camargo, habitante de este pueblo, este club es el más antiguo de la región. En su interior, los hermanos Pedro y Pablo Vicario se embriagaron y de ahí salieron para cometer la carnicería sobre la humanidad de Santiago Nazar.

(Lea también: La marcha de las sotanas)

La mujer, que ha dejado de barrer, recoger la basura y desaparece engullida por una enorme puerta de cristal, transformada hoy en entidad bancaria, hogar donde alguna vez vivió María Amarís Sampayo de Álvarez – la célebre mamá grande -.

La mesa permanecía tapada con un enorme paño de color morado en señal de duelo. Algunos hombres la fisgoneaban mientras pasaban por la acera. Corría el año 1942. A don Miguel Navarro, dueño del club “Sucre”, un hombre se le metió furtivamente por la noche y robó las únicas tres bolas de billar, largándose con rumbo desconocido, bolas que eran la única diversión de los hombres del pueblo. El radio Philips, medio de comunicación de la época, que sonaba con la música y las noticias, permanecía silenciado en señal de protesta por el robo hasta que una tarde el ladrón bautizado Dámaso, en un acto de contrición, decidió regresarlas. 

La tarde que entramos al club a realizar esta crónica permanecíamos sentados alrededor de una mesa cuando hizo entrada un hombre de hablar estruendoso que, sin mediar palabra, nos relató en un verbo de ráfaga el suceso de las bolas de billar. Señalaba el fondo del club, un lugar atiborrado de cachivaches. Ahí, según él, jugó García Márquez muchas veces.  Caminó hasta el fondo y desde allá, en un ligero gesto de optómetra, señalaba y tocaba con un bolígrafo que tenía en sus manos la mesa donde se embriagaron los hermanos Chica antes de salir a darle muerte a Cayetano Gentile. Desde ese sitio, con su atronadora voz, mostraba con su dedo índice la inscripción que tiene el club a la entrada.

(Texto relacionado: Micoahumado, sur de Bolívar: muchos años después)

Un hombre que estaba sentado en un rincón, en la penumbra, parecido al bebedor de la pintura de Cézanne, escuchaba nuestra conversación y, en silencio, sorbía sin afán la última cerveza. En sus labios, se dibujaba una sonrisa enigmática cuando nuestro interlocutor decía que “en este pueblo no había ladrones”. El hombre tal vez fastidiado por la letanía de nuestro interlocutor, se levanta y con toda la paciencia del mundo, toma un taco de billar, construye con precisión una carambola perfecta a tres bandas, hace la pausa, entiza el taco y vuelve a atacar. Se escucha el ruido seco, fino del golpe del marfil al chocar. Nunca tuvo interés en terciar en nuestra conversación; le parecía anodino lo que hablábamos. Las bolas se desplazaban y rebotaban entre sí amortiguando el efecto cinético. El hombre de la pintura de Cézanne atacaba por tercera vez, ladeaba la cabeza y movía su cuerpo inclinándolo hacía el lado que se deslizaba la bola color fucsia sobre el tapete parecido a un pequeño campo de fútbol. Suelta una palabrota de grueso calibre – carambola fallida -, detiene el juego, enciende un cigarrillo, camina dos pasos, mete sus manos en los bolsillos de la chaqueta y mira con indiferencia por la ventana que da a la calle. Afuera, la lluvia parece que ha roto la pequeña tregua; algunas personas corren sobre las estrechas calles y se refugian debajo de las toldas. El hombre de la carambola fallida saca las manos de los bolsillos y, a grandes zancadas, cruza el umbral de la puerta que lo separaba de la calle. Nos miró a todos con curiosidad como si nos hubiese visto por primera vez y justo cuando pasaba frente a nosotros soltó una estruendosa carcajada al escuchar a nuestro interlocutor decir por décima vez que “en este pueblo no había ladrones”. No sin antes mirar despectivamente hacía el edificio pintado de amarillo donde ese día había una reunión de insignes politicos, se difuminó por uno de los estrechos callejones. La lluvia había reiniciado otra pequeña tregua. 

El cielo está despejado por completo, surcado por un pájaro en cacería que de un momento a otro acelera y se clava como un obús en las oscuras aguas del caño Mojana. Yo estoy parado en el muelle esperando la chalupa que me llevaría a Majagual – Sucre. En ese muelle se paró muchas veces el coronel Aureliano Buendía a esperar la anhelada carta que nunca llegó. Hombres con la cabeza cubierta por un trapo rojo bajan y suben por una improvisada escalera que sale de la boca de una enorme lancha repleta de víveres llamada “el niño Manuel Camilo”. A mi lado, una anciana de manos arrugadas espera ansiosa una caja. Es la misma que la tarde anterior permanecía en el cementerio con otra abuela de vestido luctuoso. Ambas rezaban, susurraban letanías en latín al lado de la tumba de Cayetano Gentile.

(Le puede interesar: Mariela y Leonardo le dicen adiós a los pagadiarios)

*Ubaldo Manuel Díaz. Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Florida blanca. Premio de periodismo pluma de oro APB 2018 -2019 Barrancabermeja – Santander.

1 COMENTARIO

  1. Padre q letras más hermosas de antaños,pero más a fondo como una poesía. Me recuerda una tía que en ese entonces trabajó en Sucre Sucre siemprenos refería está historia a modo de enseñanza

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here