En Macondo no ha pasado nada

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Pareciera que el libro merecedor de la más alta distinción en el mundo literario hubiera sido inspirado en la Colombia de hoy.

“Hacia las doce, esperando un tren que no llegaba, más de tres mil personas, entre trabajadores, mujeres y niños, habían desbordado el espacio descubierto frente a la estación y se apretujaban en las calles adyacentes que el ejército cerró con filas de ametralladoras”. Fragmento de Cien años de Soledad

En un país en el que el derecho a la manifestación y la protesta no han sido más que un saludo a la bandera, un trozo de letra muerta escrita en un papel perdido en una botella de náufrago, ha sido la literatura la encargada de narrar en la voz de personajes ficticios, una historia en la que los pueblos han padecido la mordaza invisible e implacable de los regímenes de turno.

Hacia la década de los sesenta fue necesaria la aparición de las magistrales letras de Cien Años de Soledad para dar a conocer al mundo entero la historia de un país hasta ese momento inédita, desconocida, deliberadamente oculta por esas clases dirigentes empecinadas en perpetuarse en el poder, cuyo principal objetivo era borrar de la memoria de los pueblos todo aquello que pudiera torpedear sus malsanos intereses.

Para un país con una manera de entender el mundo tan plagada de injusticias y arbitrariedades por parte de sus estamentos políticos, sólo puede existir una manera de narrar y entender esa historia diseñada para favorecer siempre a los más poderosos, sin que ello signifique morir en el intento. Por ello fueron siempre tan valiosas las letras de García Márquez relatando, con las licencias que le permitían el realismo mágico de Macondo, la masacre de las bananeras y las incontables guerras civiles ocurridas en esta tierra olvidada por el mundo durante el siglo XIX. ¿De qué otra manera podríamos llegar a comprender la ignominia de vivir en un basurero e internarse en las entrañas de las montañas andinas a extraer un carbón maldito desde su creación, mientras la espantosa realidad del hambre y la miseria acaba con la ilusión de los más desposeídos, descrita en La Rebelión de las Ratas de Fernando Soto Aparicio, o la implacable pero no menos conmovedora prosa de la industria del caucho y las profundas injusticias sociales derivadas de la explotación laboral relatadas de manera magistral en La Vorágine de José Eustasio Rivera? Ricas todas estas historias en verdades jamás expresadas por miedo o, a veces, por desilusión de una justicia que no solo es ciega sino a veces también sorda a los reclamos urgentes de una población oprimida y agraviada por el destino y por sus propios pares. ¿Quién mejor que el propio José Arcadio Segundo para recordarnos, tal como suele repetirse incesantemente en los anaqueles de nuestra historia, un relato que de tanto en tanto vemos en las primeras páginas de los diarios de nuestra aciaga cotidianidad: un Estado que osa atentar en contra de su propio pueblo, con las balas pagadas con sus propios tributos?

“Muchos años después, ese niño había de seguir contando, sin que nadie se lo creyera, que había visto al teniente leyendo con una bocina de gramófono el Decreto Número 4 del Jefe Civil y Militar de la provincia. Estaba firmado por el general Carlos Cortes Vargas, y por su secretario, el mayor Enrique García Isaza, y en tres artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas “cuadrilla de malhechores” y facultaba al ejército para matarlos a bala”.

Lejos de ser este un fragmento premonitorio, la literatura se convierte en un crudo recordatorio de todo aquello que ha sido nuestra historia. Una historia caprichosa y cíclica que incesantemente se repite una y otra vez ante la mirada impertérrita e indiferente de una sociedad que no se inmuta.

¡Cuánto parecido con la actualidad! Pareciera que el libro merecedor de la más alta distinción en el mundo literario hubiera sido inspirado en la Colombia de hoy, con los mismos abyectos personajes oscuros que se niegan a ser proscritos del destino de toda una nación.   

De tanto en tanto, la realidad vuelve sobre sus propios pasos y la furia de la inercia de la historia se ensaña con la población que se atreve a exigir las urgentes reformas que la sociedad requiere. Aunque la memoria de la ciudadanía sea corta, aún reposan frescas en nuestras retinas las imágenes de las trece personas asesinadas a manos de las fuerzas del orden el pasado 9 de septiembre en las protestas por la muerte de Javier Ordoñez. Hoy la historia sigue su inexorable y repetitivo curso con la Minga indígena, quienes, si bien es cierto, no fueron agredidos por las balas oficiales, sí fueron embestidos por la humillante displicencia con la que el régimen de turno, no solo los invisibilizó sino que también les recordó que ese país aristócrata y mezquino los verá siempre como ciudadanos de segunda clase.    

Tal como se relata en la obra de García Márquez, la ciudadanía pareciera ser el objetivo al cual debieran apuntar, no solo las mirillas de los fusiles de las fuerzas del orden, sino también el desprecio de ese sector del país que se ve a sí mismo como una suerte de ungidos por una  fuerza divina que los privilegió con el azote opresor hacia sus semejantes.

El Estado, renunciando a su condición de garante de los derechos civiles, ha optado por asumir una defensa a ultranza de las fuerzas estatales y de sus propios privilegios, pasando por encima de la indignación de todo un país, agraviando aún más a la sociedad al ponerse del lado de los victimarios. Grave error, teniendo en cuenta que este ya no es el país de los tiempos de la masacre de las bananeras relatada en la obra de García Márquez. Hoy, el auge de las redes sociales y las herramientas tecnológicas han despertado en la ciudadanía, no solo un irrefrenable deseo de mantenerse informado de todo aquello que suceda en el país, sino también un irrevocable y necesario llamado a la protesta por todo aquello que atropelle la dignidad de una sociedad, ya bastante vilipendiada en el pasado.

Hoy vemos la misma sevicia e idéntica agresividad a la descrita por el Nobel en contra de una sociedad que exige por fin, después de décadas de sumisión, un profundo cambio en las estructuras sociales y políticas que por siglos nos han gobernado. Muestra de ello son las decenas de líderes sociales y defensores de derechos humanos y ambientales que mueren a diario a manos de unas fuerzas oscuras que la desidia del Estado se niega a investigar.

Como en muchos otros casos, la literatura suele hablarnos a la cara para hacernos recordar lo que muchos historiadores temen confrontar. Muchas veces la historia es cruda e implacable, incluso vergonzosa, pero no por ello menos aleccionadora.

No obstante, el poder hegemónico y aplastante de algunas fuerzas  temibles que existen al interior del régimen que nos gobierna, se empeña en imponerse a sangre y fuego, al precio que fuere con tal de defender su abyecto privilegio de gobernar.

Los regímenes con talante autoritario, con la ayuda de algunos medios de comunicación, quienes cumplen con su ruin cuota de complicidad, intentan con altas dosis de desfachatez, lavar las manos de las instituciones y estamentos concebidos para resguardar y proteger a la sociedad civil. Pero incluso en ello la literatura también nos recuerda que esta es práctica de vieja data:

“Una semana después seguía lloviendo. La versión oficial, mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias, y la compañía bananera suspendía actividades mientras pasaba la lluvia”. (pág. 352)

En un país serio los centenares de líderes sociales asesinados, sumados a los muertos durante las protestas del 9 de septiembre,  más los incontables heridos por cuenta de la furia desmedida de algunos policías, como es el caso del joven Dilan Cruz, harían caer a cualquier ministro de defensa y a varios generales de la república. Pero por desgracia, somos un país tan acostumbrado a la violencia y tan resignado a su destino teñido de tragedia, que esas muertes, en cualquier latitud dramáticas y escandalosas, aquí tan solo se convierten en simples estadísticas, números capaces de engrosar anaqueles pero insuficientes para conmover sociedades.

Gabo remata como en una fría sentencia que habría de acompañar a Colombia por toda su historia:

“Era todavía la búsqueda y el exterminio de los malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos del Decreto Número Cuatro, pero los militares lo negaban a los propios parientes de sus víctimas, que desbordaban la oficina de los comandantes en busca de noticias. “Seguro que fue un sueño”, insistían los oficiales. “EN MACONDO NO HA PASADO NADA, NI ESTÁ PASANDO NI PASARÁ NUNCA. ESTE ES UN PUEBLO FELIZ”.

*David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de historia, Twitter: @MauroPerez82

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