Alejandra murió ahogada por la negligencia, la serofobia, la transfobia y el estigma.

¡A mucho orgullo!

La ideología nazi determinaba que el amor libre era obsceno y, por eso, debía ser rechazado como se rechazaba todo lo que dañaba al pueblo. Los presos homosexuales eran marcados con un triángulo rosa, eran considerados como los de menos valor y enviados a los campos de exterminio o a realizar trabajos que implicaban la muerte.

El triángulo rosa fue usado años más tarde como símbolo de orgullo y rebeldía hasta que, a finales de los 70, el activista Gilbert Baker, inspirado en el brillo del arcoiris, creó la bandera del orgullo, un símbolo de alegría, unión y pluralismo, inspirado en la naturaleza, como para hacernos recordar lo natural de nuestra diversidad.

A finales de mayo, cuando el coronavirus empezaba a tomar fuerza en Latinoamérica y en el mundo era noticia la muerte de George Floyd, Alejandra Monocuco moría, como Floyd, sin poder respirar, bajo la custodia de quien debía cuidarla y víctima de discriminación.

Alejandra era una mujer trans, que como muchas mujeres colombianas supo sortear difíciles pruebas; salió muy joven de su natal Magangué, donde la homofobia la hizo sentir ajena, fue víctima de abuso policial en Bucaramanga, donde recibió golpizas que recordó siempre por las cicatrices que le dejaron y, hace años, llegó a Bogotá, donde fue habitante de la calle. Con ayuda del gobierno distrital, terminó su bachillerato, aprendió a arreglar uñas y durante un tiempo se dedicó a eso y a la prostitución. El año pasado logró montar una chaza muy bien surtida en la calle 22, pero se vió obligada a cerrarla por la crisis del coronavirus.

Después de todas las veces que la vida le apretó el cuello, fue finalmente aquella noche de mayo cuando Alejandra no pudo más. Los paramédicos llegaron tarde; apenas le tomaron la temperatura y, cuando supieron que era VIH positivo, se alejaron y dijeron que no necesitaba mayor atención, que podía ser una sobredosis o que si era Covid lo mejor era que se quedara en casa y se fueron a tomar café mientras Alejandra agonizaba. La muerte de Alejandra fue declarada por otros paramédicos 40 minutos después, su cuerpo recogido a las 14 horas.

Las autoridades dijeron en un primer momento que no se les había autorizado llevarla a un hospital, luego desmintieron esa versión. La verdad es que Alejandra murió ahogada por la negligencia, la serofobia, la transfobia y el estigma.

Colombia es un país tan legalista como leguleyo; tenemos una de las constituciones más largas del mundo pero es un lío materializar derechos. En varios países, la población trans puede conseguir que su género sea legalmente reconocido pasando por procesos humillantes que en su mayoría violan los derechos humanos; Colombia, sin embargo, hace parte de los siete países donde se respeta la dignidad de los y las trans que hacen esta solicitud. En contraste con esto, la expectativa promedio de una persona trans en Colombia es de 35 años.

La discriminación contra la población trans comienza a muy temprana edad, ya que generalmente hay rechazo en sus hogares, colegios, y comunidades, por expresar su identidad de género diverso. Es por esto que mujeres como Alejandra padecen pobreza, exclusión social e inaccesibilidad a vivienda, viéndose en la obligación de trabajar en actividades informales altamente criminalizadas, como la prostitución, razón por la cual, además, las mujeres trans son perfiladas por la policía como peligrosas, haciéndolas más vulnerables al abuso policial, a la criminalización y a ser encarceladas.

En general, a pesar de la producción normativa que garantiza los derechos de la población LGTBI, siendo incluso progresistas en términos de matrimonio y adopción, Colombia es el país de la región donde más matan miembros de esta comunidad.

Hay un fuerte arraigo de prejuicios contra la población LGTBI en los imaginarios colectivos colombianos; al estilo de los campos de concentración, esta sociedad conservadora los sigue considerando ciudadanos de menos valor. Cuando se habló de educación sexual diversa para que los niños entendieran que la diversidad sexual es natural, para evitar traumas, incluso homicios, y formar niños tolerantes, algunos creyeron que se trataba de cartillas homosexulizadoras; cuando se habla de la protección de los derechos de estas minorías, responden que hay que respetar los principios, ¿Cuáles principios? ¿Los de los curas que influyen en los padres para que rechacen a sus hijos si son gays? ¿Los de los políticos que van a misa los domingos pero tienen nexos con criminales? ¿El machismo? ¿La misoginia?

Este mes del orgullo, Colombia tiene varios avances que celebrar pero también mucho que lamentar. No podemos perpetuar comportamientos que representan sentencias de muerte para otros. No vamos a ser la generación que prefirió normalizar la violencia y el odio por la incapacidad testaruda para entender otras formas de ser y de amar.

Aceptarse, identificarse, expresarse y amar son actos que deben ser respetados apoyados y celebrados. Bienvenidos somos todos bajo la bandera del orgullo. ¿Cómo no sentirnos orgullosos de amar sin escondernos?

A quienes conocieron a Alejandra y a las demás víctimas mortales de discriminación, un abrazo de colores.

Nota: Ojalá la nueva organización Miss Universe Colombia cambie el articulito de “ser mujer y no haber cambiado de sexo”; el triángulo rosa lo superamos hace tiempo.

*Jorge Luis Solano Quintana, abogado y comunicador social. @solanojorge 

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