La economía colombiana enfrenta una delicada encrucijada: no obstante contar con una tasa de cambio competitiva, crecen más las importaciones que las exportaciones y, lo que es más grave, el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos ha alcanzado a junio de este año el máximo histórico de 4.6% del PIB.

Hasta 1991 la política monetaria y cambiaria estuvo en manos de la Junta Monetaria, creada mediante la Ley 21 de 1963. En la Constitución que entró a regir desde 1991, es la Junta directiva del Banco de la República (B de la R), que ahora goza de autonomía frente al ejecutivo, la que asumió dicha competencia.


La función primordial, aunque no la única, del B de la R es la de proteger la capacidad adquisitiva de la moneda, manteniendo a raya la llamada inflación objetivo. Gracias a su gestión, Colombia pasó de un Índice de Precios al Consumidor (IPC) promedio del 20% en la década de 1992 a 2001 al 6% entre 2002 y 2008. Actualmente, la inflación objetivo del B de la R está en 3% para 2019. El principal instrumento empleado por la Junta del B de la R para contener los brotes inflacionarios es la tasa de interés de intervención, que es aquella que le cobra el B de la R a las entidades financieras por los préstamos que les hace para darles liquidez. Con tal fin, dicha tasa se elevó continuamente desde el 3% en mayo de 2010 al 7.75% en julio de 2016.

Dicha tasa empezó a bajar en marzo de 2017, cuando la junta directiva del Banco de la República la bajó 25 puntos básicos hasta el 7%. En junio de este mismo año la fijó en 5.75%, cerrando el año en 4.75%, hasta recalar en el 4.25%, que se mantiene desde entonces hasta la fecha.  Huelga decir que Colombia tiene unos de márgenes de intermediación financiera más alta entre los países miembro de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), con una tasa alrededor del 8% que contrasta con el promedio de este organismo, que es de sólo el 3% (¡!). Esta es una de las razones por las cuales Colombia exhibe un bajo indicador de profundización financiera (cartera comercial/PIB), el cual apenas alcanza el 45.1%, casi un 50% por debajo de la marca de la OCDE que se sitúa en el 81.2%.

La junta del B de la R debe velar por la meta de inflación, pero sin estrangular la economía, desacelerando el crecimiento por el mayor costo del dinero tanto para los inversionistas como para los consumidores. Y esto pasó en la última década, en la que, además de las altas tasas de interés, tuvimos la destorcida de los precios del petróleo, el carbón, el oro y el ferroníquel (los principales renglones de exportación), la cual trajo consigo una notable reducción del crecimiento potencial de la economía desde 4.5% a sólo 3.3% y, lo que es peor, la economía ha venido creciendo los últimos cuatro años por debajo de su crecimiento potencial.

En cuanto a la tasa de cambio, tenemos un régimen de libre cambio, flotante, en la que la junta directiva del B de la R sólo interviene ocasionalmente para contener brotes devaluacionistas o revaluacionistas extremos, pero su margen de maniobra es muy limitado.

Entre 2003 y 2011, en el caso de los productos mineros y hasta junio de 2014 en el caso del petróleo, tuvimos un largo ciclo de precios altos. Ello atrajo mayores inversiones al país y propició un ostensible crecimiento de las exportaciones. Uno y otro determinaron una gran afluencia de divisas al país, la cual se tradujo en una revaluación del peso frente al dólar, con el consiguiente efecto de la enfermedad holandesa, que dio al traste con los sectores industrial y agropecuario, los cuales perdieron competitividad y participación en el PIB.

Posteriormente, debido a la caída de los precios de los productos mineros desde 2012 y del petróleo desde 2014, las tendencias se revirtieron; en lugar de llegar inversiones e inversionistas, estos se dieron a la fuga, cayeron los ingresos de divisas por concepto de las exportaciones y eso condujo a la devaluación del peso frente al dólar, que sigue sin ceder, fluctuando alrededor de los $3.500 por dólar. Y ello, a pesar de que, en el año 2016, los precios tocaron fondo y rebotaron.

Empero, en este momento, a pesar de que el precio tanto del oro como del níquel es elevado, no ocurre lo mismo con el carbón, pues este en el último año ha perdido por lo menos el 40%. En cuanto al petróleo, después de desplomarse hasta los US $25 el barril en enero de 2016, empezó a subir hasta rozar los US $70 el barril. En este momento el crudo BRENT, que es el que le sirve de referencia a las exportaciones colombianas, oscila alrededor de los US $60 el barril.

Si algo ha caracterizado la tasa de cambio en Colombia en la última década es que el peso se ha constituido en una de las monedas más revaluadas del mundo, cuando se da la depreciación del dólar y una de las más devaluadas cuando se da su apreciación global. Sólo Argentina y Turquía la superan en este vértigo cambiario.

En estos momentos, la economía colombiana enfrenta una delicada encrucijada: no obstante contar con una tasa de cambio competitiva, crecen más las importaciones que las exportaciones, que no repuntan y, lo que es más grave, el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos ha alcanzado a junio de este año el máximo histórico de 4.6% del PIB. A este se le viene a sumar el déficit fiscal, que bordea el 3%, que no cede; por eso se suele hablar de los déficits gemelos. Colombia no supo aprovechar el largo ciclo de precios altos de los ‘commodities’ para corregir este déficit, como sí lo hicieron los demás países de Latinoamérica. De allí la gran vulnerabilidad de la economía colombiana frente a los choques externos, en momentos en los que la economía global pasa por una gran turbulencia a consecuencia de la guerra comercial (arancelaria) entre los dos colosos, Estados Unidos y China.

Entretanto, la junta directiva del Banco de la República está entre la rubia y la morena: a consecuencia de la devaluación galopante, el IPC está bajo presión y la tasa de inflación tiende a rebasar el rango de la inflación objetivo, pero, si sube la tasa de interés de intervención (4.25%) para contenerla, acentúa la desaceleración del crecimiento del PIB, el cual se aleja cada vez más de la meta, que se ha convertido en mantra, del Ministro de Hacienda Alberto Carrasquilla de un crecimiento del 3.6% para este año y 4% para el entrante. ¡Vea, pues!

Amylkar Acosta, ex Ministro de Minas y Energía, ex Director de la Federación Nacional de Departamentos, Miembro de Número de la Asociación Colombiana de Ciencias Económicas, @amylkaracosta

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