Érase una vez un existencialista

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Todo ese encanto mágico que traíamos desaparece fugazmente ante aquel cuadro. Y más aún, al ver en la gran pantalla multicolor una publicidad anunciando la supuesta felicidad representada en una joven pareja que sonríe tumbada sobre la hierba, nos despedimos con el mismo beso en la mejilla.

Un enorme avión con su vientre plateado parecido a un pez carretea perezosamente la pista antes de alzar vuelo. El ruido ensordecedor de sus turbinas hace crujir todo a su paso. Después de ese infernal estrépito, hay un silencio. Un perro ladra en la lejanía y el cielo eléctrico por el cual navega el gigantesco escualo en su vuelo transatlántico sigue ahí con una tonalidad gris producto del humo de las negras chimeneas de las industrias que eructan día y noche.

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Al lado, mi vecino, un joven con aspiraciones artísticas, entona una canción triste acompañada de los arpegios de una guitarra. Cierro los ojos por un momento y trato de abstraerme en esa melodía, pero el ruido del otro lado de la calle de los autobuses que transitan de un lado a otro y las bocinas de los carros que no cesan de sonar me lo impiden. El bullicio es orquestado por los diarios matutinos con sus grandes titulares y los migrantes de la esquina ante la actitud esquiva y xenofóbica de los transeúntes. Llego a la oficina y veo mi jefe con sus pequeños y codiciosos ojos bajo sus redondos y gruesos lentes parecidos a dos tacos de botella, mascullando la cabeza de un lápiz, haciendo cálculos. Varias hojas magulladas reposan en el cesto de la basura. No sé desde que horas estará ahí. Tampoco me interesa. De lo que sí estoy seguro es que el tipo es un avaro de mierda. Sin inmutarse, responde al saludo.

Al ir cayendo la mañana, el calor es intenso y abro un poco la ventana para dejar escapar unos malditos moscos que me han molestado toda la jornada. De vez en cuando, gruñe y, desde su escritorio, por encima de sus gruesos lentes, me mira y pregunta cómo va mi relación con Sofía. Realmente sé que no le importa. Lo hace porque dice que nuestra relación es patética.

¡Sofía! Claro. Sofía. Tengo que ir a recogerla después del trabajo. Casi siempre caminamos por el malecón de la calle Murillo y nos sentamos en la misma banca a mirar las palomas comer migajas de pan. El tedio de ver a esta misma gente nos invade y busca en mí una aprobación sobre las peleas que ha tenido con su padre la noche anterior. Sofía es una de esas mujeres de papel. Su vida es regida por el tarot. Una madrugada me levantó y me hizo jurarle que aún la quería porque ese día el zodíaco le anunciaba lo contrario. La mayoría de sus amigos y amigas, que son miríadas, no es de este mundo. Ellos pertenecen a la realidad virtual; entre ellos, hay chinos, africanos, hindúes. La vez pasada, terminó enredada en un curso o taller online que dictaba un gurú internacional sobre la felicidad. De un momento a otro, se alejó de esas sesiones sin mediar palabra. La verdad no he tenido tiempo de preguntarle en qué terminó ese asunto. En su ambiente no cabe nada que no sea virtual; sólo es real el beso de despedida que me da todos los días. 

No sabemos hacía donde vamos. De vez en cuando, su mano roza con la mía. Ya no me causa ninguna sensación; cuando la conocí, no hacía más que admirar y tocar sus hermosas manos de menina. Mi tedio aumenta al llegar a nuestros arrabales. Veo al final del callejón las pequeñas casas fabricadas en serie, todas uniformadas y ordenadas en hilera producto de un proyecto de interés social. Todo ese encanto mágico que traíamos desaparece fugazmente ante aquel cuadro. Y más aún, al ver en la gran pantalla multicolor una publicidad anunciando la supuesta felicidad representada en una joven pareja que sonríe tumbada sobre la hierba, nos despedimos con el mismo beso en la mejilla. 

A veces, he querido no volver a verla, pero hay cierta obstinación ciega que nos une.  Ahora le doy la razón al jefe cuando dice que nuestra relación es patética. Deambulo un rato por los fríos callejones. No quiero volver a mi apartamento. No deseo encontrarme con lo mismo de siempre: ver carretear por la pista los enormes aviones con sus vientres plateados. Me hago a un lado de la cafetería y observo varios grupos hablar animadamente. Me son indiferentes, pero hoy algo que me impulsa hacia ellos: escuchar cómo ha caído la bolsa de valores y el milagro de la economía asiática. Veo a mi amigo Jorge con su habitual bufanda y su cabeza ligeramente inclinada por la acción del viento. Mi llegada no causa ningún recelo porque nos conocemos y sabemos de antemano nuestros afanes. Jorge se despide y lo veo alejarse por el oscuro callejón. No sé por qué pensé tanto en él, en su esposa, en sus lindos niños; a esa hora lo estarían esperando ansiosamente, aunque no llevase sino el cansancio del día.

El edredón de la noche empieza a cubrirlo todo. La oscuridad ya es reinante. Por el gesto del presentador de las noticias, intuyo que esta noche también habrá racionamiento de energía. Supe que iba llegando a mi apartamento porque exhalé el habitual olor a fritura de la vendedora de la esquina. Sin más reparos, subí pesadamente las frías y ásperas escaleras. Me recosté a oscuras. Creo que dormí un rato; desperté no sé a qué horas. De lo que sí estoy seguro es que era muy temprano cuando escuché la exclamación de júbilo que es propio de los chicos de barriadas cuando se restablece el fluido eléctrico.

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Al día siguiente, amaneció todo frío y húmedo. Si no fuera porque tengo que verme con Sofía, no me hubiese levantado. Hoy más que nunca me es indiferente el trabajo, lo que diga el jefe. Me lo imagino agitando sus peludos brazos profiriendo maldiciones. Pensando en su gran cara de cerdo caí nuevamente en ese dulce letargo que produce el no tener sueño. Escuchaba todo a mi alrededor: el chirrido de la sierra del taller de enfrente y la sirena de la empresa que tosía y vomitaba a los trabajadores del último turno hasta que el ruido del último autobús que viene con los chicos del colegio me hizo despertar definitivamente. 

Me senté un rato en la cama con los codos sobre las piernas. Quedé mirando por largo rato el viejo calendario en la sucia y agrietada pared. Noté que era sábado. Tenía que ver a mi madre, invitar a Sofía al cine, hacer lo mismo de siempre. De todas formas, era sábado y eso me dio un poco de alegría.  Me levanté, hice unos ligeros pases de boxeador frente al espejo, abrí la ventana, fumé un cigarrillo. El sol estaba tan alto y caluroso que evaporaba los últimos charcos del reluciente asfalto donde permanecían dormidos varios aviones.  El cielo seguía ahí mismo y, por primera vez, era de un azul profundo, esa tarde me pareció una eternidad.

Quise comer algo, pero se me quitó el apetito al ver los panes del mes anterior sobre la estufa llena de cerillas. Salí nuevamente a la ventana, fumé y busqué los aviones, que comenzaban a decolar sobre la gran pista. Ya lo hacía con menor ansiedad; ya me eran indiferentes. Bajé al restaurante de Matt. A esa hora pasaban las primeras parejas al cine. Me acordé que tenía que ir por Sofía. Por la ventana vi pasar al matarife acompañado de sus dos pequeños hijos. Me hizo un ligero saludo y noté alto extraño en él. Esta vez no llevaba su delantal lleno de manchas; ahora lo veía sobrio, contento, muy bien peinado y, por primera vez, lo veía limpio. Matt, un irlandés cincuentón y silencioso, llegó a mi encuentro con su delantal sucio de comida y dinero. Sin mirarme gruñó: “va a ordenar lo mismo de siempre”.  Yo le dije: – sí, lo mismo -.

Al salir, me encontré con un grupo de jóvenes que bajo la luz de una gran farola hablaban de las últimas tendencias de la moda o no sé qué tonterías. No les tomé importancia. Al pasar junto a ellos, todos callaron. Pensé mucho en Sofía; a esa hora estaría furiosa esperándome.

En los reflejos de la luz sobre la carretera de asfalto recién mojado, por primera vez tuve un sentimiento mórbido de escisión con todo esto. Recordé a Henry Miller cuando sintió ese hastío por la sociedad parisina de su época: “París es como una puta. Desde lejos parece cautivadora; no puedes esperar hasta tenerla en los brazos. Y cinco minutos después te sientes vacío, asqueado de ti mismo. Te sientes burlado”. Esta ciudad no era eso, pero estaba a punto de serlo.

El día que conocí a Sofía, de una vez fue mi prometida. Lo comprobé cuando jugaba con mis amigos un juego que no recuerdo. Desde el balcón de su casa, con su vestido de marinero, nos seguía a todos con la mirada. Yo quería saber cuál de nosotros era el de su complacencia. Decididamente, me refugié en la tienda de la niña Fanny, preguntando por algo inexistente. Miré por una ranura y observé que sus hermosos ojos azules se posaban ansiosamente en la tienda. Ese día le di un fuerte abrazo a la sorprendida niña Fanny, que pensó que había perdido el juicio. Hoy, cuando paso por ese sitio, solo veo la fachada de una enorme mole de concreto anunciando el advenimiento de una gran multinacional. – ¡Lástima – ! Para mí fue la tienda de barrio más linda y acogedora del mundo.

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En este frío amanecer desde donde escribo, por mi ventana veo el último avión decolar con sus innumerables luces que parpadean rumbo a otro continente. Yo sigo fumando. Sofía aún duerme. Veo su rostro angelical pegado a la almohada. Esa expresión triste y tierna me hace entender por qué no la he mandado al carajo como muchas veces he querido hacerlo.

*Ubaldo Díaz, sacerdote. Graduado en Filosofía y educación de la Universidad Católica de oriente. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB Barrancabermeja. Años 2018 -2019

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