Ser buena gente en medio de un paro: ¡Es gratis!

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Ser buena gente es gratis y deberíamos ponerlo de moda.”


La sensación política de estos días en todos los espacios académicos, laborales o sociales en nuestro país debe ser lo más cercano a ese ambiente de Guerra Fría del siglo pasado y, a mi juicio, todo como producto de la movilización social y política que, en las ciudades principales e intermedias, se viene dando desde el 21 de noviembre.

No puedo negar que he sido, en estas semanas, una más de esas personas que ha pasado por distintos estadios cuando reflexiona sobre las causas o motivos de ese aparente despertar de la sociedad del que los más optimistas hablan por estas épocas.


Ver que nuevamente caíamos en el comportamiento ingenuo de legitimar que una movilización plural, diversa y sin duda espontánea en su mayoría fuese recogida políticamente para bien o para mal por un individuo o que la encabezara el partido menos votado en las elecciones –producto de 50 años de guerra- hacía que, en muchos momentos, se disfrazara de pereza mi decepción, preocupación y motivación para marchar en contra de propuestas que considero aberrantes como la de pagar el 75% del salario mínimo a jóvenes, en contra de un comportamiento miope que causa la ausencia de políticas de protección a líderes y lideresas que aportan a la estadística una cifra tenebrosa y escandalizante de 134 indígenas asesinados en lo que va del actual Gobierno, en contra de ese esperpento de proyecto de Ley 2212 de 2019 que precariza las condiciones laborales de las personas entre los 18 y los 28 años al punto que la probabilidad de pensión se acerca cada vez más a la de ganarse la lotería o en contra de gran parte de la reforma tributaria que en palabras castizas y, a modo de ejemplo, le regala $380.000.000.000 a un gremio como el de las farmacéuticas que son las mismas que ofrecen medicamentos a precios impagables para personas de clase media. Debo confesar que, a pesar del espíritu revoltoso del que habla mi mamá y de las características propias de un millenial, los primeros días de la movilización, me puse de tibio e hipócritamente me quedé de aliado silencioso.


Esa experiencia de quedarme callado por un rato en los espacios sociales y familiares me permitió escuchar a detalle las opiniones y reacciones desde el 21N de un grupo de personas muy queridas y agradables pero con las que me era muy difícil encontrar afinidad política pues cuestionaban, más que la motivación de la movilización que, enhorabuena hoy sigue viva, la forma de protesta adoptada. Encontraban interrumpida la cotidianeidad de su comodidad para estudiar, para trabajar y para ejercer su derecho al ocio por lo que fui parte del público que escuchaba frases cargadas a veces de rabia como “que esos vagos vayan a trabajar” o “mejor pónganse a estudiar”. Ser testigo de ese comportamiento me llevó a la necesidad de recordar la existencia de esa palabra que algunas personas relacionan con simpatía o asertividad y que se puede estudiar como valor, o desde la psicología como una capacidad humana, la poco puesta en práctica “empatía”.


Impulsado, a lo mejor, por el romanticismo de un año difícil y por esa incertidumbre alimentada por la bendita esperanza, estos días he comenzado con un ejercicio de analizar esas situaciones en las que como individuos en ocasiones pasamos por encima de nuestros padres, hermanos, parejas, amigos o desconocidos sin detenernos a pensar en cómo nuestro comportamiento, el de terceros o la simple percepción de los acontecimientos diarios que aparentemente recaen sobre nuestra sociedad en un mismo grado de dificultad, pueden generar sentimientos tan distintos dependiendo de las circunstancias de modo y lugar de quien recibe las consecuencias.


Detenerse a pensar en el miedo de la madre de ese hijo que se lanza en paracaídas por diversión, en la tristeza de una pareja menospreciada producto de los temores del otro o en la frustración de un amigo al no poder encontrar trabajo podría ser el primer paso para comprender la motivación de una sociedad que marcha impulsada por las dificultades que atraviesa la educación superior, lo difícil que es jubilarse y aceptar que nuestra pandemia más grave no es nada distinto a la pobreza y falta de oportunidades o, en términos generales, comprender que es legítimo, sin importar los meses de un presidente en el Gobierno, que dicha movilización sea impulsada por la convicción y el discurso de justicia global que se viene construyendo en los últimos tiempos.


En estos días, cuando hablar del paro y de las movilizaciones ha resultado en más leña para ese fuego de la polarización beligerante, a la cual parecemos habernos acostumbrado, lo más sencillo para sentarse a escribir podría ser elaborar una lista más de las motivaciones de la protesta y someterla a un juicio de valor frente a las consecuencias objetivas y apenas obvias en el comercio, el turismo, la movilidad y todos esos aspectos que pueden verse afectados cuando a un grupo de personas se le da por ponerse a gritar de manera sistemática durante varias semanas en la mitad de la calle. Pero la obligación de ser osado y, a lo mejor, la Navidad y el fin de año, me han concentrado en reflexionar un poco más sobre esa “capacidad psicológica o cognitiva de sentir o percibir lo que otra persona sentiría si estuviera en la misma situación vivida por esa persona” y que nos permite, cuando la ponemos en práctica sinceramente, “comprender, ayudar y motivar a otra que atraviesa por un mal momento, logrando una mayor colaboración y entendimiento entre los individuos que constituyen una sociedad.”

Por ejemplo, ponerse en los zapatos de toda una generación de mujeres que ha reaccionado y que nos está mostrando que llevamos existiendo desde siempre en un sistema que sí las ha discriminado, en la posición de una persona que lleva 10 años de trabajo como profesional y gran parte de su salario se ha ido en pagar una deuda al ICETEX que parece ser eterna o en asuntos menos nombrados en los noticieros como el miedo de muchos policías con falencias graves en su formación y que por tal motivo reaccionan con emociones como la ira cuando deberían hacerlo profesionalmente o el “hijueputazo” de un conductor de taxi en una ciudad intermedia cada vez que cae en un hueco porque alguna concesión perversa de malla vial simplemente se quedó con la plata, viéndose reflejado esto en su manera de atender y transportar a sus pasajeros, y, en general, en reacciones violentas o cargadas de comportamientos reprochables que se han dado por parte y parte en movilizaciones como la de las últimas semanas y que pueden generar que esa misma sociedad que apoya causas llegue a ser la misma que repudie formas de lucha, corriendo el riesgo que dichas batallas queden en recuerdos de jóvenes llenando las plazas de Bolívar pero alejándonos del objetivo, que es la reivindicación real y efectiva de derechos y la evolución como país.


Es ese difícil ejercicio de pensar en las condiciones de quienes marchan o de nuestro interlocutor en una discusión lo que podría llevarnos a entender el porqué de manifestaciones de violencia y me atrevo a decir que también podría llevarnos a obtener resultados distintos, no solo cuando el ejercicio se hace con quien aparentemente se encuentra en una posición vulnerable, sino también de “abajo hacia arriba” frente a personas que se encuentran en una posición de responsabilidad o poder como los hijos con sus padres, estudiantes con su profesora o por qué no la ciudadanía con su presidente, casos en los cuales podría dejar de ser únicamente la puesta en práctica de un comportamiento altruista y empezaría a ser una estrategia de negociación que, asumo el riesgo de asegurar, puede dejarnos también resultados positivos con el valor agregado que ser buena gente es gratis y deberíamos ponerlo de moda.

*César Pereira, abogado y activista por la paz, @cesarpereirajm

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