Ese río es mío

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“Volvió la lluvia. No volvió del cielo o del oeste. Ha vuelto de mi infancia. Se abrió la noche, el sonido barrió las soledades y entonces llegó la lluvia”. Neruda

Las poblaciones de Achí – Bolívar y Guaranda – Sucre, ubicadas en la región de La Mojana desde hace varios días pareciera que estuvieran en guerra, confrontación sin tregua frente a un enemigo silencioso que no duerme de día ni de noche y que las tomó por asalto sin que se dieran cuenta. Cientos de hombres, mujeres y jóvenes o mejor toda la población, ha salido al muro o jarillón como ellos le llaman con palas en las manos, picos y cualquier herramienta para llenar con tierra cientos de costales plateados parecidos al vientre de un pez. Los colocan en hileras sobre el muelle formando trincheras que los defiende del asedio del río Cauca que arremete sin piedad. Al otro lado del furioso río, en varios corregimientos como Puerto Isabel, Buenavista, Centro Alegre, entre otros, cientos de familias han salido al jarillón con todos sus enseres, niños, cerdos, gallinas, perros que aúllan, esperando a que alguien los rescate. Angustiados, corren de un lado a otro sobre el poco espacio de tierra firme que queda. Por el frente, el río embravecido los acosa y, por detrás, las ciénagas reclaman lo que les han quitado, inundando los caseríos. El nivel del agua sigue subiendo sin que ellos puedan hacer algo para evitarlo; no hay escapatoria aparente.

Uno de los líderes comunitarios marca desesperadamente desde un pequeño celular a alguien y trata de hacer un angustioso llamado para que les envíen un ferry y los rescaten. La comunicación se corta; la conectividad es nula. Sobre una colchoneta una mujer en estado de embarazo rodea a varios niños y, con ojos de terror, mira al hombre que intenta conectar por décima vez la llamada. Ahora, un bot con voz de mujer diseñado por los ingenieros de Carlos Slim para joder y desesperar a las personas le ordena que marque 1, marque 2, marque 4. Después de diez minutos en línea le dice  -¡ hola tenemos algo muy bueno para ti hoy! -. El hombre termina perdiendo la paciencia, cuelga la llamada y saca a bailar la madre a los empleados del hombre más rico del planeta.

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Desde hace tres días, las campanas de la Iglesia no han dejado de repicar, el día agoniza y se escucha doblar el lánguido metal. Es señal que San Pedro ha declarado un breve armisticio. En la madrugada se reanuda la confrontación. Las primeras gotas de lluvias acribillan sin piedad los oxidados techos de zinc; el tañer del viejo metal suena nuevamente de manera intermitente. Es el santo y seña que el enemigo está penetrando por un flanco del pueblo. El hombre diminuto que hace de atalaya   trepado sobre el campanario baja presuroso y enloquecido corre de un lado a otro gritando: – ¡Chorro, chorro, se metió el chorro! -. En las calles reina una enorme agitación parecido al estallido de una gran revolución, mujeres con niños de brazos, hombres, corren a la muralla para defender el último bastión de batalla. Las gotas de lluvia siguen crepitando sobre los techos de zinc convirtiéndose en un estruendoso chubasco que apabulla sin piedad las calles de estos municipios “despreciados” por el gobierno central.

Cuenta la leyenda que no es mito sobre la existencia de un niño que en las postrimerías del siglo pasado no conocía el hielo; así, en estado de alerta, acuartelados en primer grado, en constante vigilia les ha tocado los últimos días a los habitantes de Achí, Guaranda y Nechí en el bajo Cauca. – ¡En Hidroituango abrieron las compuertas! – vociferó un fornido hombre al que con acierto le apodan “Careperro” – mientras se echa un costal de tierra al hombro-. Hidroituango, a la que se refería el hombre de rasgos caninos, es la represa ubicada en el departamento de Antioquia donde ocurrió unos de los descalabros financieros más escandalosos del país con un total de 4,6 billones de pesos que se esfumaron por arte de magia. Esta desvergüenza permanece en el podio seguido de otro ocurrido en Reficar Cartagena. Esta presa posee una extensión de 75 kilómetros y casi tres millones de metros cúbicos de agua, donde según algunos defensores de derechos humanos quedaron sepultados centenares de víctimas del conflicto armado en Colombia. Según “Careperro”, que hoy funge de ingeniero hidráulico, dicha represa cuando alcanza la cota máxima de sus 405 metros sobre el nivel del mar abre sus compuertas para desembuchar el agua represada.

Hoy en la mañana el pueblo amaneció en un profundo letargo. Por el poco movimiento en sus calles, pareciera que San Pedro ha declarado una nueva tregua. El fuerte aguacero del día anterior se ha degradado en leve llovizna. En una casa azul resquebrajada, balanceándose sobre una mecedora, permanece una octogenaria viendo caer la menuda lluvia. Parecida a Isabel viendo llover en Macondo, acaricia sobre sus rodillas a un niño de brazos que trata de zafarse e intenta gatear  hacia donde están dos mujeres en una pequeña sala de estar. Esperan ansiosas frente a un destartalado televisor los oráculos de la presentadora de noticias, que hasta la saciedad se cansó de hablar sobre la pandemia del Covid y ahora pontifica como está el estado del tiempo. Esta última, cual profesora de escuela, luego de media hora de comerciales, esgrime de su varita mágica los pronósticos del día. Las esperanzas de las dos comadres se desvanecen; por el gesto sombrío en sus rostros parece que las noticias no son alentadoras. Desde la distancia, “Careperro” las interroga: – ¿qué dijo la televisión? -. “Que va a seguir lloviendo” – contesta una de ellas mientras se rasca la cabeza con desgano.

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Al otro lado de la casa azul convertida en teatro de operaciones, hay un grupo de mujeres silenciosas sentadas en varias butacas alrededor de una olla humeante preparando el sancocho del día para los frentes de trabajo. “Esto que está pasando está en la Biblia- rompió el silencio una de ellas. – Sí- todo esto se tiene que cumplir- la secundó la otra morena enorme, sentada en posición de Buda mientras pela un plátano. “Careperro”, con las dos manos apoyadas sobre el soporte de la pala, las escucha en silencio con escepticismo. Al final de la conversación interviene: “pero sabemos que hay unos estudios sobre La Mojana elaborados por los holandeses en los años 1968 – 1971 hace 56 años que luego retoma  la Universidad Nacional para la mitigación y darle manejo a las aguas que son inevitables, para convertir esta región en despensa agrícola e hídrica de Colombia”.

Una de las mujeres que al parecer es maestra de escuela hace una pausa en lo que hace y dice: “falta voluntad política, eso es todo, estos gobernantes de pacotilla no han estado a la altura de la región, ya empezó el desfile de ellos a Cartagena y Sincelejo a negociar votos con los politiqueros de siempre, nos negocian allá como si fuéramos reses”. El hombre de rasgos caninos le asiente y se pierde en la distancia hacia el sur por la misma ribera y se une a un pequeño convite que desplaza un montículo de tierra de un lado a otro; entra en escena un predicador impecablemente vestido con zapatos de charol y un frac parecido al del Doctor José Gregorio Hernández, a quien los cartománticos, médiums y hechiceros casi le dañan la entrada a los altares, porque lo utilizaban para hacer sus “trabajos”. El predicador se detiene con aire grave y pronostica: – ¡Cristo viene pronto! – Uno de los trabajadores que está untado de barro hasta las orejas le increpó. – Sí y mientras viene, coja una pala y venga con nosotros -. Se formó un pequeño debate de sucesos divinos y terrenales sobre quién era el responsable de esta tragedia: ¿Dios, el río o el gobierno? Esta discusión fue zanjada por una corpulenta y desaliñada mujer que había permanecido en silencio viendo trabajar a la cuadrilla y que seguramente en otra época debió ser reina municipal. Con ojos tristes y ademán de las rubias sin éxito, con su enorme vientre al aire sujetado por una desteñida licra; sentencia: – ¡Esta mierda para los políticos es un negocio y para la gente una fiesta! -. El predicador se  acerca para escucharla con ojos desorbitados.– ¿Por qué? – preguntó sin mirarla uno de los que estaba trabajando. “Porque ellos -los políticos- declaran la emergencia invernal y les llega cualquier cantidad de recursos que se esfuma por arte de magia, son unos magos los hps para desaparecer la plata”.

– ¿Y para la gente? – volvió a interrogar el mismo hombre haciendo una pausa– apurando un vaso con limonada. – “Es fiesta para la gente porque se conforman con el mercadito, las limosnas de siempre -. “Todos los años se repite la misma película, el mismo video, ojalá en las elecciones del próximo año en las urnas desterremos a esos pillos que nos roban hasta los sueños” remata la rubia de ojos tristes. El predicador sonríe y prefiere alejarse en la distancia con sus charoles untados de barro. Aún no estaba preparado para esa cátedra de cultura política proferida magistralmente por la rubia sin éxito

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En los corrillos y grupos apostados alrededor de una olla llena de tinto, por las noches, frente a la muralla, se escuchan historias de la tradición oral, transmitida de generación en generación por estos hombres anfibios como alguna vez los llamó el científico social Orlando Fals Borda. La hermosa Mojana, eco-región, alberga mitos y leyendas como la marquesita, la lamparita de la ciénaga, la leyenda del negro Chirilo, la sierpe, el niño negrito que aparece llorando en cualquier desolado camino, el país de las aguas como la definió bellamente el profesor Isidro Álvarez.

Cualquier tema es recurrente, oportuno para mitigar las horas de vigilia de estos pobladores así sea para repetir una y otra vez las gestas desarrolladas durante el día, vigilando al enemigo, que no es ningún enemigo, como alguna vez le escuché en Magangué al poeta Antonio Botero QEPD, mientras sentados en un ocaso veíamos discurrir el río a nuestros ojos. Esa tarde quise preguntarle algo sobre ese río y jamás se me olvida lo que me dijo: “ese río es mío, suyo, de todos; si quiere, se lo regalo, se lo puede llevar”. Después de muchos años no alcanzo a digerir sus proféticas palabras, porque el río, según me explicó, es anterior a nosotros. Aún no había comenzado a errar el homosapiens sobre el planeta azul y ya existía para seguir prodigándonos vida a pesar de nuestra insensatez en querer destruirlo. Ese río es mío y, como me pertenece y yo pertenezco a él, seguiré amándolo, cuidándolo.

*Ubaldo Díaz, sacerdote. Graduado en Filosofía y educación de la Universidad Católica de oriente. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB Barrancabermeja. Años 2018 -2019.

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