Un joven frustrado defiende su “tibieza”.

Sostienen que parte de ser joven es no sentirse identificado o, al menos, eso me dijeron. La cuestión es: ¿hasta qué punto? La idea romántica de no encajar es una realidad, está llena de incertidumbre y se caracteriza por la falta de representatividad de los que toman las decisiones estructurales.

Existe una amenaza a la “libre” opinión por la desarrollada miopía ideológica de muchos pasionales por estos días, esos mismos que promulgan “tome partido”, los mismos que no aceptan que es posible no encontrarse identificado con las decisiones que se toman en el país y, al tiempo, tampoco apoyar la ideología de la oposición. No es para confundir con un centrismo que niega su procedencia; es que hay simplemente muchos por ahí que se encuentran huérfanos políticos en un país de ideologías fuertes que a veces pareciesen más bien deidades decididas a que sus seguidores no encuentren en su opositor ideológico la más mínima legitimidad.

En las redes sociales, se reacciona sin espacio a la meditación; se defiende o crítica una medida o comentario únicamente con base en quién sea el emisor. Muchos se niegan a aceptar cualquier cosa que no provenga de sus simpatías políticas a las que dotaron con un veto ideológico y el mandamiento por excelencia es “si no está conmigo, está contra mí”. A raíz de eso yo me pregunto: ¿acaso no hay espacio para un tibio?

¿Por qué no puedo apoyar la renta básica y la hipoteca inversa a la vez? Una busca nutrir el crecimiento y el consumo, trayendo rendimientos progresivos a largo plazo, y la otra pretende dar nuevas oportunidades de renta e ingreso a aquel que lo necesita.

¿Por qué no puedo pensar en trabajar para la erradicación de la pobreza por medio del acceso de los más vulnerables a oportunidades, sin apoyar un proteccionismo observado desde la presbicia populista? El primero busca reforzar la educación y las garantías de ingresos, cuando se vende un producto nacional no tecnificado como una oportunidad “competitiva” ante un mercado internacional voraz que no tiene en cuenta “la reivindicación del pueblo”.

¿Por qué no puedo decir que la decisión de la Corte Suprema de Justicia con el caso Uribe fue exagerada y más política que judicial? Eso no me lleva a dejar de reconocer que Uribe no tiene cabida en el gobierno de este país y que las declaraciones de Duque fueron erradas y cercanas más bien a una suerte de discurso incitador de una democracia plebiscitaria. Entonces, ¿automáticamente, hago parte de su militancia por mirar con reserva las decisiones de la Corte? O, ¿por qué me convierto en parte del “mamertismo” si critico las comunicaciones del jefe de Estado y el absurdo “tutelatón”?

¿Por qué considero que una reforma a la justicia es necesaria, pero no como una venganza a un proceso judicial? Si existe una constituyente, se debe convocar con una motivación plural para la ejecución de ajustes estructurales, no desde inclinaciones específicas ni bandos que solo piensan desde la unilateralidad.

La respuesta es que soy un “tibio” y lo soy porque entendí que se debería cuestionar antes que deliberar de forma desobligante. Al reconocer que muchos aspiramos a ese tibio idílico en nuestras vidas, la búsqueda del matiz lleva a una sociedad a encontrar en el camino acuerdos tanto culturales como políticos que mitigan tanta discordia. El liderazgo colectivo es suficientemente inclusivo para vivir y dejar vivir y los radicalismos solo sacan excesos de ego y deben ser erradicados. La invitación para hoy es “sea un tibio”, porque existe más campo de acción en el “sin embargo” que en la aceptación o negación definitiva.

*Santiago Quintero, comunicador social de la Universidad Javeriana, publicista, diseñador. @Santiag13233870

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