Llama la atención que, en un pueblo colonial católico – palabras de nuestra entrevistada – surja en la universidad este colectivo de mujeres y su voz sea descalificada por sectores de la comunidad como un espacio de brujas, de magia con calderos y orgías.

“Mujeres entre Líneas” – Una historia en clave de educación, arte y género – es el nombre de la exposición que se presenta por estos días en la casa Águeda Gallardo de Villamizar en la ciudad de Pamplona, Norte de Santander.

Diana Delgado, en el acto de inauguración, hizo una reflexión sobre la  riqueza histórica de la producción artística de las mujeres y los obstáculos que han tenido que superar para que su trabajo sea hoy reconocido en igualdad de condiciones con el de los hombres. Escuchamos también los cuentos de mujeres y hombres pertenecientes al grupo “Cuenta topia”.

Intrigado ya por “La cátedra violeta” que Diana había mencionado en su intervención, mi curiosidad aumentó cuando un número de magia, presentado por dos hombres jóvenes  con acento distinto al santandereano, aludía a la violencia contra las mujeres y el lugar que ocupan las nuevas masculinidades, para poner en vigencia la violencia sexual contra las mujeres en la agenda social pamplonesa.  

Por razones que tal vez un “ingeniero forense de sistemas” pueda darme, la grabación de la entrevista con Diana, se borró de mi teléfono celular. Puedo decir, sin embargo, que la “cátedra violeta” es una reunión académica de mujeres de todas las facultades de la Universidad de Pamplona para estudiar y discutir las diferentes corrientes de pensamiento feminista, pero también para prestar asesoría a las mujeres de los barrios en temas de salud sexual y reproductiva, autonomía física y salud mental. Hacen parte de la cátedra algunas estudiantes que han sufrido violencia sexual relacionada con el ámbito universitario y el “Espacio Violeta” es la manifestación pública de ese espacio de mujeres para mujeres, que se reúne todos los sábados y, cuando es necesario, hace presencia en las calles de la ciudad a través de expresiones artísticas, plantones, marchas y otras actividades.

En este nuestro país de provincia y regiones, donde surgen nuevas  voces  de un joven feminismo o, si se quiere, de un feminismo joven, lo  dicho no reviste mayor novedad. Lo que llama la atención es que, en un pueblo colonial católico – palabras de nuestra entrevistada – surja en la universidad este colectivo de mujeres y su voz sea descalificada por sectores de la comunidad como un espacio de brujas, de magia con calderos y orgías, dando la espalda a hechos tan graves de violencia contra las mujeres, como el caso del monstruo de la montaña, mientras los y las estudiantes que, en su mayoría no son oriundos de esta ciudad, se empeñan en construir una ciudadanía pamplonesa permeable a la importancia de enfrentar la violencia contra las mujeres y la transformación de una sociedad patriarcal que no sale de los años sesenta y en la cual la palabra feminismo asusta a buena parte de su población.

*Carlos Mendoza, arquitecto urbanista y defensor de los derechos humanos.

2 COMENTARIOS

  1. Bueno, recuerdo q antes no permitían iestudiar a las mujeres, luego, se crearlo. Instituciones de hombres y mujeres {casi todas religiosa} , luego como avance, se acabaron las instituciones separadas, y ahora se quiere volver a las instituciones divididas, crear guetos..

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