Estados Unidos era una democracia, no solo porque sus ciudadanos depositaran cada cuatro años sus papeletas en una urna, sino porque las prácticas que llenaban de sentido en el día a día al acto puntual de la votación se respetaban. Estamos presenciando un prolongado entierro del juego limpio, ese mínimo acuerdo de funcionamiento entre los partidos que le daba funcionalidad a la democracia estadounidense.

Ruth Bader Ginsburg, magistrada de la Corte Suprema de Justicia y líder de su bloque liberal, falleció a tan solo 45 días de la elección y el Presidente Trump ha prometido nominar a su reemplazo en poco. Cuenta con los votos en Senado, la cámara encargada de la confirmación, para lograr el nombramiento.

Cuando una situación similar ocurrió en 2016, los republicanos bloquearon a Merrick Garland, el candidato de Barack Obama con el argumento de que, en el último año de un periodo, correspondía esperar la llegada del nuevo mandatario para dejar decidir a la gente. Nunca antes se había planteado una posición de este corte: todo presidente había tenido derecho a nominar a un candidato hasta el último día en ejercicio. Es más, los republicanos fueron más lejos y amenazaron con impedir una elección si Hillary Clinton era elegida, dejando al alto tribunal incompleto.

En esa época, el senador republicano Lindsey Graham afirmó: “Quiero que usen mis palabras en contra mío; si hay un presidente republicano en 2016 y se produce una vacante en el último año del primer mandato, pueden decir que Lindsey Graham dijo ‘dejemos que el próximo presidente, sea quien sea, haga esa nominación’” Hoy, Graham, que preside el comité judicial del senado, se comprometió a ayudar a Trump en un proceso relámpago. Bien sabemos que las palabras valen poco en política.

Las tendencias de los magistrados importan. El Partido Republicano ambiciona la reversión de Roe vs Wade, que legalizó el aborto; la limitación de los derechos LGTBI; la reafirmación de las leyes de identificación de votantes, para obstaculizar el voto afro e hispano; mayores barreras a la inmigración; y la caída del ObamaCare, la ley sanitaria. La Corte Suprema de Justicia hasta podría definir la elección de noviembre próximo, como lo hizo en el 2000 entre Al Gore y George Bush.

El gobierno Trump ha logrado una revolución de derecha en la rama judicial, con más de 200 nombramientos en tribunales federales y más de 70 todavía por llenar, satisfaciendo así a sus bases y, en particular, a sus apoyos evangélicos. Esta vacante resulta un boccato di cardinale para finiquitar el control conservador.

Franklin Delano Roosevelt detestaba a la Corte Suprema de Justicia porque le bloqueó legislación fundamental para poner en marcha el New Deal, su política económica para superar la Gran Depresión. Propuso el presidente pasar de un tribunal de nueve a uno de 15 para así conseguir una mayoría afín. La iniciativa se desplomó, no solo por el rechazo de los republicanos y los intelectuales, sino también de los mismos demócratas.

El Partido Demócrata de ayer eligió la lealtad a la democracia sobre la lealtad al jefe político; el Partido Republicano de hoy replica los comportamientos contradictorios, incoherentes, autoritarios y sin límites de Donald Trump que tienen a la democracia estadounidense al borde del colapso.

*Laura Gil, politóloga e internacionalista, directora de La Línea del Medio, @lauraggils

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