Estrellita

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Te adoro como la bóveda nocturna
¡oh vaso de tristeza! ¡oh mi gran taciturna!
Baudelaire.

(Lea también: Hombre solo)

La novia de mi hermano se llamaba Sonia, Estrella era la hermana de la novia de mi hermano, quien en teoría era mi novia, digo en teoría porque a mí no me gustaba. A pesar de que Estrella era un ángel a mí no me gustaba, alguna vez leí, no sé dónde, algo sobre el porqué elegimos a una persona y no otra. Toda mi atención se centraba en alguien que llevaba el nombre de la madre de Agustín de Tagaste – si queda tiempo, me referiré a ella -. Casi siempre los hombres eligen los demonios a los ángeles. La verdad, en esos momentos no me interesaba ni una cosa ni la otra, ya que por esos días había descubierto a uno de los mal llamados poetas malditos. Baudelaire. Leía sus flores del mal sin parar.  Sonia y mi hermano nos habían persuadido a Estrella y a mí para que fuésemos más que amigos, y formáramos un “cuarteto”; para salir y compartir juntos y todo quedara en familia, solía decir mi hermano entre bromas. Detrás de esa intención descubrí que estaba “encartado” con su novia de años. La fuerza de la costumbre los había hecho inseparables. Esas salidas eran aburridas y uno de los escasos planes noctámbulos era ir a bailar; ya que en las venas de Sonia corría el talento de la danza y el ballet. Recuerdo esas noches en que la pareja de novios bailaba y se divertía en una pista de baile confeccionada en madera reluciente. Estrella y yo permanecíamos sentados uno frente al otro en la penumbra, veía su sonrisa por el destello de un flash de luces que pigmentaba las mesas y todo a su alrededor por una máquina que giraba enloquecida. Dicho artefacto tenía innumerables orificios en su costado por donde evaporaba un intenso humo blanco parecido a la niebla de Caronte cruzando con su barca el inframundo. La humareda cubría a los bailarines quienes poseídos por el ritmo folk brincaban convulsionados y a tientas se abrazaban como en el juego de la gallina ciega. Las luces seguían parpadeando, se veían en cámara lenta como en una película plano secuencia. Estrellita sonreía en todo momento ver a ese grupo de mortales divertirse hasta el frenesí. Yo pensaba en “sueño parisiense” uno de los enigmáticos poemas de Baudelaire que me faltaban por leer.  Estrellita como le decían sus padres, había nacido en el campo, cándida como la azucena, la enviaron a vivir donde una tía, venida de menos a más, mujer rezandera que había escalado cierta posición social y se codeaba con la godarria más innata de la ciudad. Contrajo matrimonio con un hombre silencioso y enorme que había estado en la marina, homofóbico recalcitrante, siempre usaba lentes oscuros estilo Héctor Lavoe, no sabía uno si lo estaba mirando. Una vez se escuchó en la cuadra que lo habían “pillado” en su habitación, desinhibido, apoyado sobre una anticuada rockola bajo los efectos de Baco y Dionisio quienes lo habían tomado por asalto cantando a voz en cuello “living la vida loca” de Ricky Martin. La tía de estrellita me amenazaba a cada instante con el averno por si algún día le llegase a romper el corazón a su sobrina. Ese macabro oráculo hizo que me alejara de ella para siempre. Realmente no sabía si la amaba, porque el amor es capaz de liquidar cualquier infierno. Estrellita era muy apreciada en el seno del matriarcado de mis hermanas, ellas la tenían en buena estima, por ser bondadosa y dulce, parecido a esos ángeles que por equivocación un día se desprendieron del cielo y no pudiendo regresar, se quedaron para siempre a hacerle la vida feliz a los mortales que se cruzaran con ellos en este valle de lágrimas, al parecer yo no estaba en esos designios.  Estrellita a toda hora vivía sonriendo, mis hermanas la escuchaban con atención y asombro todas sus ocurrencias.

Mónica era despreciada por mi hermana menor ya que a todo momento le vivía colocando “apodos”, por aquello de que el enemigo más grande de una mujer es otra mujer. Mónica era blanca como el papel, poseía rasgos orientales y vivía poseída por una especie de mutismo y encantamiento heredado de los países orientales de donde presumiblemente era su descendencia. Cuando sonreía dejaba al descubierto un lunar en una de sus mejillas, colocado ahí por los caprichos de la genética para mi perdición. Su padre era un comerciante silencioso el cual tenía una tienda en una de las calles principales, sus ojos rasgados se cerraban con lo que parecía una sonrisa cada vez que entraba un cliente a su tienda atiborrada de baratijas y chucherías; lo veía acodado sobre ese mostrador todos los días cuando iba rumbo al colegio. Atendía y despachaba a cuanto transeúnte entrara a ese sitio. Decía para mí; “ahí está mi suegro”. Esa tienda no era un lugar acogedor, había cientos de cajas apilonadas donde dormitaban varios gatos. Era una de las tiendas donde me gustaba entrar a mirar ese grupo de felinos perezosos cuando no estaba Mónica.

(Texto relacionado: El pescador y la virgen)

−Hola, la saludé

−hola – me respondió.

¿Cómo te llamas? – Le pregunté mirando fijamente el lunar en su mejilla izquierda.

¿Para qué quiere saber mi nombre? – respondió de forma displicente.

Le dije la primera frase que se vino a la mente, una frase tonta: – “no se”-

−Y si no sabes por qué preguntas?  – respondió, haciendo el ademan que se alejaba.

Le sujeté uno de los brazos y le dije: “usted y yo necesitamos hablar”.

¿Hablar de qué? me respondió dubitativa. Accedió y acomodándose la falda del vestido se sentó sobre el tronco de un viejo árbol. Musitó como en una letanía: ¡hablar de la vida!, ¡hablar de la vida! Y mirándome fijamente me interrogó: ¿y para ti que es la vida? Suspiré mirando a los lejos, un ocaso se instalaba en el poniente, una parvada de pájaros gorjeaba en la rama del árbol donde estábamos. Sin mirarla le respondí: ¡la vida!, ¡mi vida eres tú!, ahí en ese preciso momento comenzó mi perdición, ni un ángel llamado estrellita podía ya salvarme.

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*Ubaldo Díaz, Sacerdote. Premio Nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro 2018 – 2019 – 2022. Email: [email protected]

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