Pude ver en estos días el Concierto del Bioceno. La obra es de Eugenio Ampudia, y en la fotografía, podemos ver la manera cómo se llevó a cabo en el Teatro El Liceu de Barcelona. A falta de humanos, fueron las plantas quienes colmaron el hermoso auditorio. No dudo que lo disfrutaron. Y no diré que ellas lo disfrutaron más (y mejor) que si hubiera habido allí seres humanos. No. Pero estoy seguro que, a las plantas, seguiremos invitando a los conciertos, una vez regresemos a la nueva normalidad que nos espera. Las plantan sienten y la música es sentido. Emociones y razones de creadores e intérpretes que viajan a través del aire y se meten por nuestros oídos para producirnos emociones y pensamientos. La música nos toca físicamente y nos transforma. Todo el arte nos conmueve porque ése es precisamente su destino. Recordarnos que somos emociones y razonamientos al mismo tiempo y no compartimientos estancos que relegan a los dos hemisferios cerebrales la razón y la emoción.  

Víctor Garcia de Gomar, director artístico del Liceu, se refiere en la reseña al “traje absurdo que lleva la condición humana durante este confinamiento: un público privado de la posibilidad de ser público”. Y agrega que un concierto concebido para el bioceno se perfecciona con la participación del reino vegetal, mientras el hombre es espectador de la crónica social de sí mismo. Bioceno (se entiende) alude al Antropoceno, que es la era que vivimos, la del coronavirus, la amenaza nuclear y la emergencia climática. Triple amenaza producto de la escisión mente cuerpo y del predominio exclusivo de la razón sobre las emociones, de la ciencia sobre el arte. En el libro Solo tenemos un planeta. Sobre la armonía de los humanos con la Naturaleza (2016), sus autores Jorge Wagensberg y Joan Martínez Allier conversan sobre las razones que pudo haber tenido la civilización actual para amenazar a la vida. Y se preguntan: ¿Por qué está unida la economía a la idea del crecimiento? ¿Por qué, si el planeta es finito, la economía industrial y la sociedad de consumo, en vez de imitar las estrategias y tácticas de la naturaleza y hacer un uso eficiente de la energía, incumplen totalmente las leyes de la física? Agregaría dos preguntas: ¿Por qué insistir (ahora, en la década 2020-2030, la de la triple amenaza), en ‘esta economía’ basada en el uso desmedido, ilimitado, indiscriminado, insensato de los combustibles fósiles, si ya sabemos que es la causante del problema que nos está llevando a una catástrofe colectiva? ¿No es acaso más sensato cambiar de rumbo? ¿Hay que reconocer que nos equivocamos (todos) como especie, como civilización, como cultura y rectificar el camino hacia el futuro para salvar la vida?

Christiana Figueres, antropóloga y economista, hace unos meses, hizo un llamado a la sensatez global. Llamó a emprender las acciones necesarias para enderezar el rumbo del progreso colectivo y garantizar la sostenibilidad de la vida, enderezar el rumbo del progreso colectivo[i] ¿Qué significa esa frase? ¿Que el progreso tomó un camino equivocado? Probablemente sí, pues eso es lo que indican las manifestaciones actuales de las crisis.

Jiddu Krishnamurti[ii], filósofo indio, escribió: “La crisis actual no es política o económica; es una crisis producida por el deterioro humano que ningún partido político ni sistema económico puede solucionar. Se acerca peligrosamente otro desastre aún mayor y la mayoría de nosotros no hacemos nada para evitarlo”. Y Ernesto Sábato ya se había adelantado a lo que propone hoy Eugenio Ampudia en Barcelona: “Solo el arte nos devolverá lo que de humanos hemos perdido en nuestra feroz competencia e inhumana codicia”. ¿Y qué es, en el fondo, aquello que de humanos hemos perdido? Aventuro una respuesta breve a sabiendas de que no es la única (no podría serlo): la capacidad de relacionarnos de manera armoniosa con la vida. Somos la única especie consciente de su finitud, la única que puede producir arte y ciencia, la única que sabe que recorre un destino compartido con muchas formas de vida, pero, que nutre su experiencia vital, solo con las experiencias que, desde hace millones de años, viene acumulando una sola de las especies vivas: la suya.

En Barcelona le tocaron su música a las plantas Yana Tsanova, Oleg Shport, Claire Bobij, y Guillaume Terrail.

*Manuel Guzmán Hennessey, @GuzmanHennessey, consultor en temas de sostenibilidad, profesor de la Universidad del Rosario, Director General de Klimaforum Latinoamérica Network KLN


[i] Discurso de Christiana Figueres en Costa Rica al inaugurar la PreCop 25 en julio de 2019. Disponible en: https://cutt.ly/YrSAFkR

[ii] Jiddu Krishnamurti. Vivir en un mundo sin sentido. Barcelona: Editorial Kairós, 2011.

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