Esta imagen del Papa Francisco caminando por la Plaza de San Pedro no habría podido ser más sobrecogedora e ilustrativa del momento que vivimos. Solo, bajo una lluvia leve, al caer de la tarde.

Triste, desolado, abatido. Es la imagen espejo de todos hoy en el mundo. Nada más elocuente que su homilía: “Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente”.

No es la primera vez que Francisco se refiere a la crisis que vivimos. No es la crisis del coronavirus sino la crisis del pensamiento del Hombre. Lo escribió en 2015 en Laudato Si, un documento visionario sobre lo que nos espera, como especie, como civilización, como cultura: “Hago una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo cómo estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos. Porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos implican a todos.”. Nos hace falta, hoy con más urgencia que ayer, emprender cuanto antes ese diálogo nuevo. Entre todos y no simplemente entre los gobernantes del mundo. Así lo sugirieron las comunidades aborígenes de Fiji a la Convención Marco de Cambio Climático en 2017: el Diálogo de Talanoa. Sintomático de la crisis es que la pandemia del coronavirus haya disparado (o avivado) la controversia entre aquellos líderes que privilegian la salud y aquellos que instan a que todo siga igual para no paralizar la economía. El analista argentino Sergio Federovisky anota que en este último bando, están, no casualmente, los que descreen del cambio climático. Hay que seguir produciendo, creciendo y contaminando, pues igual se acabará el mundo, escribió Federovisky refiriéndose al paradigma predominante. Pero Francisco ya lo había escrito en Laudato Sí: “El problema fundamental es otro y más profundo todavía. El modo cómo la humanidad ha asumido la tecnología y el desarrollo, mediante un paradigma homogéneo y unidimensional… de aquí se pasa fácilmente a la idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos. Supone la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a ‘estrujarlo’ hasta el límite y más allá del límite”.

Francisco dijo en la plaza vacía: “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas… Nos llama a tomar este tiempo de prueba (el del confinamiento por el coronavirus) como un momento de elección, no es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es… nuestras vidas están tejidas”, acabó.

El sacerdote jesuita Francisco de Roux lo ha escrito en estos días: “Nos creíamos invencibles. Íbamos a cuadruplicar la producción mundial en las tres décadas siguientes. En 2021 tendríamos el mayor crecimiento en lo que va del siglo. Matábamos 2.000 especies por año haciendo alarde de brutalidad. Habíamos establecido como moral que bueno es todo lo que aumenta el capital y malo lo que lo disminuye, y gobiernos y ejércitos cuidaban la plata pero no la felicidad. Se nos hizo normal que el diez por ciento más rico del mundo, Colombia incluida, se quedara cada año con el 90 por ciento del crecimiento del ingreso. Habíamos excluido a los pueblos indígenas y a los negros como inferiores. Los jóvenes se habían ido del campo porque era vergüenza ser campesinos. Estábamos pagando investigaciones para arrinconar la muerte más allá del cumpleaños 150”.

De Roux da un paso más. Aproxima un nuevo pensamiento sobre la vulnerabilidad en tiempos de coronavirus y de crisis climática global: “La vulnerabilidad llega para que los gobiernos entiendan qué es el Estado. La única institución que tenemos los ciudadanos para garantizar a todas y todos por igual, en las buenas y en las malas, las condiciones de la dignidad. Para eso están los presidentes y los ministros y la Policía y el Ejército, y los jueces y el Congreso. Todos vulnerables”.

La reflexión sobre el Estado nos remite a la confluencia de la negación y la pandemia. No son pocos los dirigentes de Estado que hoy asumen la negación, o, en el mejor de los casos, la minimización, para negar la gravedad de la crisis climática. No actúan solos los dirigentes negacionistas. Se apoyan (contratan) en tanques de pensamiento (¿?) que revisten de halo científico sus decisiones. ¿Quiénes son ellos? Va una enumeración no exhaustiva.

1. El Competitive Enterprise Institute, que, esgrimiendo la salvaguarda de la competividad,  instó a la administración Trump a retirarse de los Acuerdos de París.

2. El American Enterprise Institute, que no ha tenido empacho en llamar a la crisis climática una “cosmovisión antihumana”.

3. El grupo civil Americans for Tax Reform, promotor de la idea de que la ciencia que hay detrás del cambio climático (la mejor ciencia disponible) está siendo manipulada por la agenda de los científicos liberales.

4. Las fundaciones Heritage y Heritage Action, que calificaron el dióxido de carbono como un elemento “insidioso y ridículo para regular”.

5. La Unión Conservadora Americana, cuyo presidente, Matt Schlapp, se ha opuesto abiertamente a medidas climáticas como el Plan de Energía Limpia de la EPA promulgado por Barack Obama.

6. El Instituto Cato, que se ha opuesto a la legislación climática, argumentando que hay “tiempo suficiente” para abordar la crisis climática.

7. El Centro Mercatus, que se opone a las regulaciones ambientales, argumentando que cielos libres de smog darían lugar a más casos de cáncer de piel.

8. La State Policy Network, auspiciada por el Heartland Institute, una organización extremista que afirma que “la crisis del calentamiento global ha terminado” y que “no hay necesidad de reducir las emisiones de dióxido de carbono”.  

Hans Joachim Schellnhuber, recientemente nombrado Director emérito del Instituto Potsdam, uno de los centros de investigación científica sobre el cambio climático más reconocidos en el mundo, escribió en 2019: “El cambio climático está ahora alcanzando el desenlace en el que, muy pronto, la humanidad deberá elegir entre tomar acciones sin precedentes, o aceptar que todo se ha dejado para muy tarde y sufrir las consecuencias […] si seguimos por el camino que llevamos ahora hay un gran riesgo de que acabemos con nuestra civilización. La especie humana sobrevivirá de alguna manera, pero destruiremos casi todo lo que hemos construido en los últimos dos mil años”.[i]

Pues bien, este último pensamiento, escrito en un libro que aún no llega a nuestras librerías, me devolvió, quizá de manera triste, a la plaza de San Pedro. Y a la soledad, allí, del Papa Francisco.

*Manuel Guzmán Hennessey, @GuzmanHennessey, consultor en temas de sostenibilidad, profesor de la Universidad del Rosario, Director General de Klimaforum Latinoamérica Network KLN


[i] Hans Joachim Schellnhuber, “Foreword”, En David Spratt e Ian Dunlop, What Lies Beneath, The understatement of existential climate risk, Melbourne, Australia: Breakthrough, National Centre for Climate Restoration, 2018, 2-3. Disponible en: https://cutt.ly/WrAz8J9.

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