Incluso si las elecciones fueran limpias, competitivas y transparentes, es posible que el chavismo gane.

La noche del 6 de diciembre de 2015, la oposición venezolana le propinó la más importante derrota al chavismo, después de varios años la estrategia electoral rindió frutos. La Mesa de Unidad Democrática, nombre de la coalición opositora, logró reunir a los diferentes sectores de la izquierda, centro y derecha en un bloque que le arrebató el poder legislativo y las mayorías electorales a la Revolución Bolivariana.


Dicho proceso es considerado la última elección legítima en Venezuela. Los procesos posteriores – la elección de la Asamblea Nacional Constituyente -ANC-, las regionales y locales de 2017 y la elección presidencial de 2018 – adolecen de credibilidad y reconocimiento nacional e internacional. Incluso la convocatoria de la ANC, el primero de mayo de 2017, es considerado el punto en el cual se instauró formalmente la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela. El chavismo, al perder las mayorías electorales, se quitó la máscara y dejó de fingir democracia.

Casi cinco años después la oposición venezolana ya no es la sombra de lo que fue en el 2015. Hoy se encuentra fracturada, perseguida y cuestionada. Paradójicamente, cuando más respaldo internacional tiene la salida de Nicolás Maduro y menor es la popularidad del oficialismo al interior de Venezuela, la oposición inicia un 2020 completamente dividida.

La oposición política se compone hoy, de por lo menos cuatro sectores, dos de ellos colaboracionistas. La denominada “Mesita de negociación” compuesta por miembros del MAS, Avanzada Progresista, Cambiemos y Soluciones, partidos opositores minoritarios con baja representación y poco liderazgo. Timoteo Zambrano, Felipe Mujica, Claudio Fermín y Augusto Romero se tomaron la foto con el chavismo que logró instrumentalizarlos para justificar el retorno del PSUV, partido de gobierno, a la Asamblea Nacional -AN-, a pesar de sostener que se encontraba en desacato. Después del pasado 5 de enero, se evidenció que fue parte de la estrategia del oficialismo para minar el funcionamiento de la AN.

El otro grupo es el grupo de Luis Eduardo Parra, conformado por asambleístas de poco reconocimiento, varios de los cuales solo trascendieron internacionalmente cuando se les involucró en casos de corrupción. Expulsado de su partido, Parra aprovechó el cerco de la Guardia Nacional al Palacio Federal Legislativo para juramentarse sin quorum y sin votos suficientes como presidente de la AN. Independientemente de la condena y sanciones internacionales, el chavismo logró que la opinión pública internacional cambiara su percepción de la AN, de la oposición y de la posibilidad de un cambio en el corto plazo en Venezuela.

Y, aunque no se diga en voz alta, muchos de los gobiernos, organizaciones e individuos que reconocen al presidente Guaidó, hoy se cuestionan sobre los apoyos y ayudas económicas otorgados. Entre los casos de corrupción y la argumentación de los 18 diputados que cambiaron de bando, crece la percepción que hay un grupo que se está quedando con los recursos.

La oposición que lidera Juan Guaidó Márquez y el G4, fundamentada en los cuatro grandes partidos y, por eso, lo de G4 – Acción Democrática, Primero Justicia, Un Nuevo Tiempo y Voluntad Popular -VP-, no termina de limar sus diferencias internas y enfrenta el malestar que genera la figura en la sombra de Leopoldo López, líder de VP, mentor y jefe político de Guaidó, entre los grandes partidos de la oposición pero sobre todo en los pequeños, los que han adquirido más importancia después de la tarde del 5 de enero porque se hicieron indispensables para completar el quorum y los votos para la juramentación de Guaidó, así en la mañana algunos votaran por Parra.

Finalmente, la oposición radical, cuya figura más emblemática es María Corina Machado, quien no tardó en publicar un breve video negando la posibilidad de cualquier tipo de unidad opositora de participar en cualquier proceso de negociación, hasta cuestionó la legitimidad de la Asamblea Nacional y, colateralmente, la del presidente Guaidó. María Corina lleva su argumento hasta llegar a la afirmación que, en Venezuela, hay un régimen criminal y terrorista que sólo cede ante la fuerza, como mensaje para la comunidad internacional.

La oposición inicia un año 2020 fracturada, un año en que se debe elegir una nueva Asamblea Nacional, mientras el país se encuentra en una emergencia humanitaria compleja y prolongada, que ha llevado a la salida del 14,62% de su población, la mayoría de ellos opositores. Incluso si las elecciones fueran limpias, competitivas, transparentes, con participación de la oposición, sus diferentes partidos y líderes, y el acompañamiento y veeduría internacional, es posible que el chavismo gane. No porque el chavismo cuente con el apoyo popular – ese murió con Chávez – , sino porque la coerción oficialista es más efectiva que la carente unidad de la oposición.

Ronal F. Rodriguez, Profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario, @ronalfrodriguez

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