Glasgow o el fracaso de un sistema

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Nunca había escuchado a un secretario general de las Naciones Unidas decir que es hora de pasar al “modo de emergencia”, poniendo fin a las subvenciones a los combustibles fósiles, eliminando el carbón, estableciendo un precio al carbono, protegiendo a las comunidades vulnerables y cumpliendo el compromiso de 100.000 millones de dólares de financiación para el clima.

La COP26 de Glasgow demostró que el sistema de la diplomacia internacional resulta insuficiente para enfrentar la crisis que vivimos. Los cambios globales de los últimos veinte años, especialmente en la economía y geopolítica globales, amplificados por la pandemia, no han sido interpretados adecuadamente por el esquema de negociaciones internacionales del clima. El sistema de negociación entre países, basado en el consenso, había venido mostrando que su lenguaje de exhortaciones y señalamientos de tipo general no es el que la humanidad espera para enfrentar la crisis climática. Glasgow lo acaba de corroborar.

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La cumbre acabó con el mismo tipo de documento impreciso, contradictorio y vago que marcó el resultado de las 25 reuniones precedentes. Se escribe que deben hacerse cosas, pero no se menciona quiénes las harán, ni cuándo ni con qué recursos. Se dice, por ejemplo, que los países ricos deben ayudar a los pobres (o en vías de desarrollo) para financiar las infraestructuras necesarias de la adaptación y la transición justa hacia una economía sin carbono. Se dice, incluso, el monto de tal ayuda: cien mil millones de dólares. La declaración de Glasgow se atreve a decir (ahora) que antes de 2025 deberá duplicarse, pero hasta ahora no ha habido un peso para ningún país pobre. No obstante, la promesa sí se ha venido repitiendo e, incluso, duplicando. En la Asamblea General de la ONU de 2014, prometieron deforestación cero para 2030. Pusieron una meta intermedia del 50% para 2020. No se cumplió esta meta pero la Cumbre de Glasgow repitió la promesa como propia y como si ésta hubiera sido la noticia del día. Algunos han celebrado la sorpresiva declaración entre Estados Unidos y China, manifestando su compromiso con la cooperación en temas climáticos a lo largo de la próxima década. La declaración anota que trabajarán en tres temas: emisiones de metano, transición hacia energía limpia, descarbonización. Difícil creer que este anuncio no obedezca a la estrategia de decir ante los micrófonos lo que resulta políticamente correcto en el momento en que están todas las cámaras apuntándolos. La declaración conjunta dice que ambas partes “evocarán su firme compromiso de trabajar juntos” para lograr la meta de incremento máximo de temperatura de 1.5 grados. Por muy grande que pueda ser la ‘evocación’, con las metas que hay sobre la mesa de ambos países, no solo no evitarán la barrera de los 1.5ºC sino que superarán los 2.4ºC.

Las COP no deben acabarse, pero sí reformarse, y con sentido de urgencia. Debería programarse antes de la próxima cumbre de Egipto, en 2022, una COP para revisar las metodologías de las COP y pasar de los acuerdos voluntarios a compromisos de tipo vinculante, que incluyan medidas coercitivas para obligar a los países a cumplir los compromisos de la descarbonización, la financiación y la adaptación. Estas medidas bien podrían estructurarse a partir de dos ejes: el comercio internacional y el impuesto al carbono. Deberían examinarse allí las probables causas del fracaso ya ‘endémico’ de estas reuniones. Es cierto que en las COP se abrió el camino en 2014 de los actores no estatales, y también lo es que aquí ha habido notables avances en materia de acciones climáticas y desinversión en las economías del carbono, pero la acción estatal sigue siendo definitiva para mover los acuerdos y la presión que ejercen los no estatales del business as usual acaba determinando la ambición de los acuerdos y frenando el propio avance de los empresarios comprometidos con la transición y el abandono del carbono. Había 500 personas de los llamados ‘lobbystas del carbono’ en Glasgow. Ellos deben estar celebrando hoy el éxito de la Cumbre. ¿Qué lograron? Que en lugar de escribir en la declaración final ‘eliminar gradualmente’ el uso del carbón como fuente de energía y los subsidios a los combustibles fósiles existentes, se redactara “reducir gradualmente el uso del carbón como fuente de energía”. ¿Reducir desde cuándo? ¿A qué velocidad? ¿En qué países? ¿Mediante qué medidas de transición justa? Nadie lo sabe. El Acuerdo de Glasgow se limita a ‘instar’ en lugar de ‘comprometer’. El tono de su mensaje da a entender que tenemos todo el tiempo del mundo para reducir gradualmente el uso del carbón como fuente de energía.  No es cierto. Solo tenemos hasta 2030 para realizar los cambios necesarios para que en 2050 vivamos en sociedades viables y con futuro, es decir: neutrales en carbono. ¿2050? Sí, pero ¿qué metas pusieron China e India, los principales consumidores de carbón para uso de energía? China carbono neutral en 2060 e India en 2070.  ¡Ya para qué! Una de las noticias de la COP26 es que 40 países acordaron abandonar el carbón antes de 2030. Pero no lo hicieron los tres países que suman el 70% del consumo total: China (50.5%), India (11.3%) y Estados Unidos (8.5%).

Aquí está otra de las probables causas del fracaso de estas cumbres. La geopolítica global cambió y las negociaciones se mantienen en la vieja lógica de un mundo bipolar dominado por Estados Unidos y Europa. La manera cómo crecieron las economías entre 2000 y 2019 (léase también, emisiones de carbono) configuró una nueva geopolítica, no solo de las economías sino del clima. Xi Jiping no fue a la cumbre climática de Glasgow y se limitó a leer una declaración por medio virtual, inexplicable teniendo en cuenta que China es el mayor emisor de carbono y el país de mayor crecimiento económico del mundo. Joe Biden retornó a su país al Acuerdo de París, pero encontró una economía en declive. Promulgó una orden ejecutiva muy ambiciosa para recuperar los buenos esfuerzos de Barack Obama y corregir la torpeza climática de Trump, pero los efectos económicos de la pandemia empezaron a jugarle en contra y hoy tiene problemas para que su propio partido le apruebe las acciones climáticas que propuso. Llegó debilitado a Glasgow. Putin tampoco fue y también habló por Zoom. La economía de los Estados Unidos se vino abajo entre 2019 y 2020 y esto no se explica solo por la pandemia, que empezó en 2020. En este gráfico de expansión podemos ver el comienzo del declive al propio inicio de 2019.    

La COP26 debió celebrarse en noviembre de 2020. No se pudo por la pandemia. De manera que ésta de 2021 puede considerarse la primera cumbre climática pospandemia. Éste no es un dato menor si tenemos en cuenta dos cosas: la pandemia es consecuencia de la crisis climática y cumplió el papel de amplificar o hacernos ver mejor la crisis del clima, como ya dije. Pero no aprendimos ninguna de sus múltiples lecciones. Hemos seguido creciendo como si éste fuera un planeta infinito. La pandemia nos advirtió sobre el peligro de ocupar zonas selváticas desalojando otras especies vivas, pero esto tampoco lo entendimos. La deforestación global para proyectos ganaderos, el cambio del uso del suelo y la especulación con la tierra alcanzaron records en 2020. Los efectos de la crisis son, hoy, más devastadores que lo que previó la mejor ciencia disponible. Estamos frente a un peligroso cóctel hecho de coronavirus, migraciones en masa, depresión económica global y cambio climático. Léase mejor: la crisis estructural de capitalismo global y de su forma extrema, el neoliberalismo.

El cuadro que muestro a continuación, basado en datos de Global Carbon Project, ilustra la nueva geopolítica que quizá ignoró la reunión de Escocia. La manera cómo se fue configurando esta nueva geopolítica, entre los años 2000 y 2020, determinada por los mismos impulsores de la pandemia, puede darnos algunas pistas sobre este fenómeno aún en formación: la nueva geopolítica de la crisis climática. En 1960, el Top 3 de las emisiones de carbono estaba compuesto por Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia. Estados Unidos era el mayor aportante de carbono (30.9%) y la mayor economía global. Pero, en 2019, ya habían aparecido dos nuevos jugadores que desalojaron a Estados Unidos de la primacía: China, que aportó ese año 27.9% de las emisiones, e India que aportó cerca del 5%. Este bloque no monolítico, debido a que negocia por separado, conocido como Chindia es crucial hoy en las negociaciones del clima. La manera cómo crecieron las economías de China e India entre 2000 y 2019 explica el nuevo Top 3 de las emisiones de carbono en 2021, según información muy reciente de la base de datos de la Comisión Europea: China (30.34%) Estados Unidos (13.43%) e India (6.83%).

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He destacado en líneas punteadas rojas la velocidad del crecimiento anual de las emisiones entre 2000 y 2019: China (10.7%), India (8.8%) mientras que Estados Unidos y la Unión Europea registran datos negativos: -0.6% y -1% respectivamente; y el total de las emisiones en 2019: China 27.9, Estados Unidos 14.5% y la Unión Europea 8.0%. Nótese que en 2019 India no aparece en el Top 3, pero en 2020 desalojó a Europa y se quedó con la medalla de bronce.

China empezó a dar señales de potencia desde que afianzó su poderío militar en ‘La Gran Divergencia’, pero fue en este siglo cuando ingresó a la Organización Mundial del Comercio, después de recuperar a Hong Kong y a Macao y consolidar la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS), que es una especie de OTAN asiática concebida para dominar a Eurasia. Poco después se acomodó bien en la crisis financiera global de 2008. Beijing fortaleció su independencia económica y expandió la inversión en ciencia y tecnología, adquirió activos estratégicos y abrió sus empresas al mundo, especialmente en América Latina, África y Asia. En 2009, se empezó a hablar de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), un bloque económico, político y ambiental al mismo tiempo. El poder que hoy ostenta se afianzó desde 2013, con la “Nueva Ruta de la Seda” y un banco que entró a competir con el Fondo Monetario Iinternacional y el Banco Mundial: el Banco Asiático de Inversión e Infraestructura. Los otros tres jugadores que aparecen en este gráfico (Japón, Rusia y Brasil) serán actores de primera línea en la nueva geopolítica de la crisis climática que quizá empiece a delinearse en los G-7 y G-20 de 2022. Brasil no aparece aún en el Top 5 de las emisiones de 2021, pero la ausencia de Bolsonaro en la COP 26 y sus políticas con respecto a la Amazonía son una señal inequívoca de la manera como se opondrá a cualquier tipo de medidas que pretendan sugerir, en adelante, los países líderes de la acción climática, especialmente los de la Unión europea. Brasil alegará, junto con Chindia, el argumento de la justicia climática y las responsabilidades comunes pero diferenciadas. Este argumento es cierto (ver el per cápita de las emisiones de carbono en el cuadro) pero, si esas tres economías reflejan la filosofía del Brics, no parece haber mucha coherencia entre la acción climática, las transiciones hacia economías prósperas, pero sin carbono y sus metas de carbono neutralidad expresadas en Glasgow. Ahora veamos el panorama actual de las emisiones de carbono, las emisiones per cápita y las metas de Glasgow en cuanto a carbono neutralidad.    

Para India, según lo expresó su primer ministro el primer día de la Cumbre, la prioridad es erradicar la pobreza. Por eso aplazó hasta 2070 (¡ya para qué!) su meta de carbono neutralidad. Para China, la prioridad es la de convertirse en la primera potencia del mundo. Quedó claro tanto en el saludo virtual de Xi Jinping como en su posterior consagración como el Mao de la nueva era. La paradoja es que ambos países son potencias en energías renovables y producción de paneles solares y vehículos eléctricos.

En las reformas que la humanidad espera de las COP y del propio sistema de las Naciones Unidas hay algo más de fondo: la discusión sobre la relación evidente entre los impulsores del crecimiento económico y las emisiones de carbono. He ahí el verdadero problema a resolver. Algunos han sugerido que ya es la hora de atreverse a plantear obligatoriedades y sanciones para aquellos países que no demuestren celeridad en tomar medidas contra el carbono y sean tardos en las transiciones. Pero no parece viable que una eventual alianza entre Estados Unidos, Unión Europea y Japón pueda meter en cintura a Chindia.

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El secretario general de las Naciones Unidas suele hacer en este tipo de eventos una declaración equilibrada, que siempre resulta optimista pero que no deja de reconocer las falencias. Esta vez dijo que el acuerdo alcanzado refleja los intereses, las contradicciones y el estado de la voluntad política en el mundo actual. Agregó que era un acuerdo importante pero no suficiente. Recuerdo haber escuchado esta misma frase por lo menos ocho veces en mi ya larga carrera de observador y partícipe de estas reuniones. Y esta otra: “Debemos acelerar la acción climática para mantener vivo el objetivo de limitar el aumento de la temperatura global a 1,5 grados”. Lo que sí no había escuchado es que un secretario de las Naciones Unidas dijera que era hora de pasar al “modo de emergencia”, poniendo fin a las subvenciones a los combustibles fósiles, eliminando el carbón, estableciendo un precio al carbono, protegiendo a las comunidades vulnerables y cumpliendo el compromiso de 100.000 millones de dólares de financiación para el clima. Esto es positivo.

*Manuel Guzmán Hennessey, consultor en temas de sostenibilidad, profesor de la Universidad del Rosario, Director General de Klimaforum Latinoamérica Network KLN, @GuzmanHennessey

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