“Consolidar la paz es lo primero; resolver los graves problemas sociales es lo segundo. Lo preocupante es que, en Colombia, haya grupos que se oponen a lo primero porque quieren evitar que pase lo segundo.”

La respuesta es sí, no cabe duda. Si alguna confusión cabe en la cabeza de los colombianos, se debe a la tradición histórica de vivir en medio del conflicto. Con 70 años de conflicto a cuestas, si contamos desde 1948, la gran mayoría de los colombianos que hoy estamos vivos hemos nacido y vivido en medio del conflicto. Por lo tanto, nos acostumbramos a convivir con él. Nos acostumbramos a creer que era posible vivir, amar, trabajar y prosperar en medio del conflicto. No importa que al país le vaya mal: a la economía le puede ir bien.

Lo que nos hace falta es pensar lo que los economistas llamarían el contrafactual: ¿qué hubiera pasado si en Colombia no hubiera habido conflicto? Colombia sería un país muy distinto. No cabe duda de que el conflicto ha significado atraso y subdesarrollo para Colombia. Mucho atraso y subdesarrollo (a más de dolor incontable).

Foto: https://projusticiaydesarrollo.com/

En mis épocas, los economistas empezaron a cuestionar la verdad recibida de que la violencia era producto del atraso. Los economistas empezaron a sistematizar evidencia de la causalidad contraria: la violencia produce atraso. Esa evidencia podía tomarse de dos formas: una, relativamente inocua, que dice que, en el caso colombiano, ha habido un círculo vicioso entre violencia y atraso (no solo el atraso produce violencia, sino que también la violencia produce atraso), y otra, definitivamente perversa, que ve lo malo de (las consecuencias de) la violencia, pero no las causas de la violencia. En otras palabras, se consolidó la convicción de que la teoría de las causas objetivas de la violencia era pura carreta.

Pero el círculo vicioso entre violencia y atraso existe y Colombia tiene que romperlo. Una forma de hacerlo es renunciando a la violencia. Es más fácil romper el recurso a la violencia que las estructuras atávicas de nuestra sociedad. Por eso el proceso de paz es tan importante: porque es un proceso cultural. Pero la otra parte del círculo vicioso es que el atraso trae violencia.

Lo que preocupa de que no podamos consolidar el proceso de paz en Colombia son dos cosas: (1) que, mientras estemos dispuestos seguir utilizando el lenguaje o las acciones de la violencia, seguiremos siendo una “república bananera” (en el sentido peyorativo del término) que no merece el interés del mundo ni para invertir ni para visitar. Pero (2), que no comenzaremos a abordar de manera seria las enormes fracturas sociales que hacen que Colombia no pueda ser una nación pacífica.

Colombia fue hábil en el pasado para cambiar las formas, dejando que la sustancia fuera la misma. Hoy, hay sectores que ni siquiera quieren cambiar las formas. El mundo no entiende que Colombia no quiera consolidar la paz. Consolidar la paz es lo primero; resolver los graves problemas sociales es lo segundo. Nunca haremos lo segundo si no resolvemos lo primero. Lo preocupante es que, en Colombia, haya grupos que se oponen a lo primero porque quieren evitar que pase lo segundo. Esa es la peor forma de reacción. Porque no hay nada más cierto que el cambio. Si no hacemos el cambio por las buenas, pasará por las malas. Negarnos a la paz hoy suena absurdo para la comunidad civilizada, tanto nacional como internacional. Un país que no cumple sus protocolos de negociación, sus leyes, su constitución, no puede ser visto como un país serio. Ni por la comunidad ni por los inversionistas internacionales.

Daniel Castellanos García, Presidente, Fundación Impacta, Organización para la Transformación Social. Las opiniones son estrictamente personales.

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