Ivo Luis

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Si Leandro veía con los ojos del alma, esa alma con seguridad, tenía el nombre de Ivo, su eterno lazarillo.

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Le va muy bien a la Bionovela del compositor y artista Leandro Díaz, que transmite el canal RCN, y que se basa en el libro “Leandro”, del escritor Alonso Sánchez Baute. La audiencia es amplia y cada noche los televidentes quedan ávidos de conocer más de la historia. La producción, que cuenta con un guión inmejorable y un elenco extraordinario,  recrea la vida del juglar de la música vallenata, cuyo testimonio se constituye en fuente de inspiración, pues no fueron pocas las dificultades que debió sortear en su periplo terrenal.

Valledupar y todos sus alrededores conocían de la grandeza artística de Leandro Díaz, cuyos homenajes y monumentos sobresalen en ese territorio; pero gracias a la creación audiovisual, su obra adquiere una dimensión más amplia, que trasciende fronteras. Mucho ayuda la coyuntura digital y mediática que experimentamos en este tiempo, y claro, también que el protagonista de la serie, sea quizá, el referente número uno que tiene en la actualidad la música del Valle del Cacique Upar, Silvestre Dangond.

Nos tiene embobados la vida de Leandro, pero en estas líneas me quiero salir un poco del alelamiento, para referirme a Ivo, su hijo, que al mismo tiempo era ayudante, cómplice, y primera voz de cuanta parranda le saliera al insigne compositor. Si Leandro veía con los ojos del alma, esa alma con seguridad, tenía el nombre de Ivo, su eterno lazarillo.

Ivo, dotado de una portentosa voz, de la que bien pudo servirse  y posicionarse como uno de los grandes, prefirió vivir una vida desprendida, llena de amor y sacrificio por su padre. Fue luz para Leandro, aunque de forma paradójica, los reflectores difícilmente le apuntaban a él.

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Nació en San Diego (Cesar) un 15 de mayo de 1964, y aunque fue el tercer hijo de Leandro con Helena Clementina Ramos, despunta como su legitimo heredero al trono musical y poético, pues para ello se preparó sin saberlo. Un padre ciego y artista, precisaba de un hijo despierto y con los ojos prestos. En consecuencia, le correspondió a  Ivo desde muy joven, acompañar a su padre, me imagino su deleite cuando se juntaban con los otros titanes del folclor:  Emiliano Zuleta, Rafael Escalona, Luis Enrique Martínez, Nafer Durán, Luciano Gullo, Colacho Mendoza, Lorenzo Morales, entre otros.

Esto nos puede ayudar a entender, por qué la insistencia de Ivo en ser un defensor a ultranza del vallenato clásico y costumbrista; la influencia de su papá y de ese grupo de gigantes de las melodías de acordeón, harían mella en él, pues finalmente hacía parte de la cofradía. En resumidas cuentas, la historia de Ivo, es como la de aquel muchacho que recibe desde la ventana del salón las clases, pero que no se gradúa por no estar matriculado. La formación de juglar hace parte de la esencia artística de Ivo y es indeleble.

Con la partida de Leandro Díaz, el 22 de junio de 2013, como es natural, los seguidores de la música vallenata estábamos atentos al camino de Ivo, desde entonces, no se ha salido ni un ápice de su apostolado musical, reafirmándose como un guardián de la tradición, no en vano se le reconoce como  “La voz auténtica del vallenato”.

Lo suyo es la música y continúa embebido en ella. Pareciera que ahora con la novela, finalmente podrá recoger los frutos de tantos años de entrega y amor por su padre. La contratación debe tener una nueva valoración. Sin embargo, la tarea para él no termina,  todo lo contrario, es cuando más Leandro Díaz habrá en su vida, ya debe saber que su apuesta por el papá y su memoria, no terminará jamás.  Pero ahora a diferencia del pasado, aunque los reflectores sigan apuntando al nombre de Leandro, lo que en adelante encontrarán, será el rostro orgulloso y la melodiosa voz del gran Ivo Díaz.

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*Rodney Castro Gullo, Abogado, escritor y columnista. @rodneycastrog

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