Jugando a ser niños

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 “A medida que nos acercamos a la muerte, también nos acercamos a la tierra y no a la tierra en general, sino aquel pedazo, aquel ínfimo, pero tan querido pedazo de tierra en que transcurre nuestra infancia, en que tuvimos nuestros juegos y nuestra magia, la irrecuperable magia de la irrecuperable niñez. Y entonces recordamos un árbol, la cara de algún amigo, un perro, un camino polvoriento en la siesta de verano, con su rumor de cigarras”.

Ernesto Sábato.

Cuando papá se iba a sus largos viajes, yo quedaba a merced del matriarcado conformado por cuatro hermanas y mi madre que las comandaba, enviaba señales de auxilio a mis otros hermanos para hacer alianza y defendernos de ese grupo de amazonas, la mayoría de ellas educadas en refinados colegios femeninos regidos por monjas defensoras a ultranza de la castidad, la moral y las buenas costumbres,  inspiradas en la regla de María Goreti,  aquella niña que el cristianismo elevó a los altares por su lema de vida: “morir antes que pecar”. Ese anhelado pacto de caballeros jamás llegó a materializarse; como suele suceder con los “egos”, cada uno velaba por sus propios intereses; si se presentaba alguna escaramuza, quedábamos en desventaja, éramos tres contra cuatro despiadadas guerreras, o mejor cinco, porque la comandante y jefe que era mi madre las apoyaba de manera irrestricta. Acostumbrado a la derrota empacaba mis bártulos, exiliándome voluntariamente en los feudos de mi abuela Catalina, quien tenía una casa solariega con vista al mar Caribe. Esta erudita mujer poseía un voluntariado de lectura y por las tardes enseñaba historia universal a un puñado de niños que se apiñaban a su alrededor a escucharle en silencio sus historias con tintes exagerados. Su narración preferida era ésta: “había una vez una reina llamada Isabel la Católica, quien un día se deshizo de sus joyas y ayudó a financiar la empresa temeraria de un tipo apellidado Colón”; el tal Colón, según se supo después, no tenia ni idea para dónde iba; lo que no se sabía era que las cloacas y cárceles españolas se vaciaban para llenar de rufianes y ex convictos los tres barcos del febril navegante. Más tarde descubrí en esas tonterías del árbol genealógico que “Catalina la grande”, como le decíamos a mi abuela, tenía por allá en la decimocuarta generación vestigios de sangre azul.

Queriendo asentir algo que no comprendía de esos relatos extraordinarios, cerraba instintivamente los ojos e imaginaba atracar un barco con toda su tripulación, trayendo todas las plagas y horrores del mundo en el menor tiempo de lo que podía ocurrir una desgracia. Hoy  aún creo escuchar en sus playas los lamentos negreros que no han sido conjurados por el reggaeton vulgar de los turistas.

Mi vida transcurría como cualquier niño de su época, retozaba con una hermana, la menos intransigente del matriarcado por los áridos pastizales del mes de marzo persiguiendo mariposas de colores que se agrupaban peligrosamente en los tremedales; cuando lograban asirse a nuestras manos desaparecían y quedaba un volátil polvo de color; nos mirábamos fijamente con temor y complicidad al evocar los consejos de la abuela de no frotar nuestros ojos sino queríamos quedar ciegos para siempre; retozábamos hasta donde la aritmética y las matemáticas no podían calcular el espacio y el tiempo; fugazmente pasábamos a la sombra de los grandes árboles; el tiempo no tenía ninguna medida; sorpresa nuestra al descubrir que el lobo antes de devorar a Caperucita la espiaba a menudo y en su nombre había tenido varios orgasmos, que Blanca Nieves sufría complejo de soledad; que en la historia de Ali Babá y sus ladrones, no eran 40, sino 39, porque el ultimo ladrón nunca apareció y si apareció fue invento de Ali Babá para quedar bien con su mujer. Vegetábamos días eternos sin ninguna preocupación excepto una: estar bañados y peinados a las seis de la tarde en la traspuerta del solar, uno a cada lado de nuestra abuela correctamente erguidos en nuestras sillas balanceando los pies en un vaivén indescifrable, mientras ella proseguía  con la segunda temporada de relatos. El turno era para David y Goliat, Sansón y Dalila, este último un Hércules hebreo, que había liquidado con una quijada de burro a mil filisteos, pero al final se dejó vencer por el vino y los encantos femeninos.

Fuimos creciendo y el tiempo pasado se rompió peligrosamente, irrumpieron las primeras letras, los primeros cuentos, historias plasmadas en relucientes libros que papá nos traía al regresar de sus viajes, cuando aparecía traía consigo ese olor inconfundible a dulce y a pan. Él fue el hombre más dulce del mundo; presurosos descorchábamos esos tomos y  perentoriamente nuestra fantasía les hacía cobrar vida; venía a nosotros ese sentimiento de compasión y ganas de llorar al saber la suerte final de rana rin rin renacuajo, con desencanto veíamos que después de la última frase: “Mamá ranita solita quedó”, quedaba una página en blanco y lo que nuestra imaginación podría agregarle, afanosamente tratamos de recomponer y dar un final feliz a ese cuento de Rafael Pombo. Ése fue nuestro primer encuentro con la escritura, aunque muchos años después mi hermana eligió uno de los oficios más despreciables de la humanidad, al menos en nuestro país: ser político.  En la actualidad cada vez que la veo enredada en cuestiones de discernimiento, corre a consultar su biblia de cabecera: la ética de Nicómaco, aquel compendio que Aristóteles dirigió a su hijo, ha sido una mujer incorruptible a toda prueba, siguiendo con fidelidad los preceptos del “estagirita” quien afirmaba que la política es el arte de servir. Volviendo al renacuajo paseador, cuando terminábamos de leer esa conmovedora historia, mientras bordaba y tejía algo en sus manos, nuestra madre entraba en sus acostumbrados coloquios para que la escucháramos: -¡Ya saben lo que les pasa a los desobedientes! -. Ésa era su forma fina de corregir, siempre hubo un Esopo, La Fontaine para confrontarnos. La imagen que tenemos de ella es la de una mujer de finos modales pagada a una pequeña canastilla con ovillos de lana de vivos colores, hilando, bordando, deshilando como Penélope esperando a Odiseo rey de Ítaca; comprendimos que ese era un artífico para matar el tiempo y esperar a papá, Cortázar nos lo develó más tarde en su cuento “la casa tomada” de manera magistral cuando decía que “las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada”. Papá era un señor que andaba pulcramente vestido, viajaba todo el tiempo por razones de su oficio; nunca supe ni me interesó averiguar en que consistía el oficio de “agente viajero”, constantemente lo acompañaba un maletín marca “echolac” donde guardaba celosamente sus cosas. La mesa enorme de madera que en la mañana servía de apoyo culinario, por la tarde cuando una enjuta criada la acariciaba de arriba a abajo con un limpión, quedaba reluciente para nuestras tareas y lecturas. Ahí en esa mesa multipropósito papa se reunía cada fin de mes con sus colegas, otros hombres enjutos vestidos casi o igual a él y en silencio monacal masticaban la cabeza de un lápiz anotando y borrando cifras. Lo más interesante de esas “juntas” era el final y, cuando los maletines se cerraban al unísono, producían un sonido seco, agradable, de otro mundo que jamás en mi vida he vuelto a escuchar.

Tratamos de ubicarnos en nuestro tiempo, los primeros juegos se esfumaban poco a poco, el conformismo de esta pérdida llegaba más por coacción que por convicción, eran tiempos en que la resignación y el pudor mataban la imaginación; en mi mano izquierda leía las flores del mal y en la otra el cántico espiritual, de ese híbrido siempre triunfaba la risa desobediente de Baudelaire, impensable para la época que un niño de diez años se iniciara con uno de los poetas malditos, esos encuentros con el poeta francés ocurrían furtivamente en la comodidad del heno de una pesebrera, pasado un tiempo volvíamos a encontrarnos. ¿Cómo olvidar los primeros párrafos de su soneto de otoño? Una tarde un peón hizo el temido descubrimiento y, como hacen todos los lacayos obedientes a sus amos, se lo entregó mi madre y, por fortuna para mí, el prólogo estaba escrito en francés, mamá  hubiese pasado la página, la hecatombe hubiese sido total. Había pensado en escudarme en mi tío, un hombre andariego y cosmopolita que continuamente se le veía devorar y recitar a Dostoievski. Después de esas lecturas remataba con las “revistas prohibidas”, furtivamente miraba que en esas páginas aparecían despampanantes damas disfrazadas con orejas de conejo. Mi madre le apodaba “el judío errante”; ella no tenia algún tufillo antisemita, solo que el matriarcado odiaba y condenaba el estilo de vida de esos hombres desarrapados, andariegos  y sin  ningún proyecto de vida que iban dejando hijos  regados por doquier. Ese judío errante como le llamaban me inició en la lectura de los rusos; un día me confrontó diciéndome: “si quieres ser al menos un buen lector tienes que leer los tres libros mas importantes que se han escrito sobre la faz de la tierra: Ana Karenina, Madame Bovary, Guerra y Paz del Conde León Tolstoi, seguí su recomendación aunque el último ejemplar de 1.300 páginas que una universidad me prestó por medio de un amigo no logré culminarlo, al final no supe como terminaba la emocionante trama del gran Príncipe Andrei Bolkonsky; el centro universitario lo reclamó con premura; la peste del año 2020 de nuestra era con sus hados maléficos se cernía sobre la humanidad.

Una noche bajo la luz de una candela, como una pequeña epifanía, el “judío errante” me inquirió nuevamente: “deja de leer tonterías”. Lo decía porque la munición en el canon de lecturas elegidas por mi madre se había agotado y el refuerzo no se avizoraba por ningún lado. Repetíamos lecturas, a veces tropezábamos con revistas de vaqueros. En éstas se veían dos individuos parados uno junto al otro en una desolada calle del viejo oeste; al que más rápido desenfundara la reluciente colt 45, el primero que lo hiciera se quedaba en este mundo. Ahora entiendo la fijación que tienen los gringos por las armas de fuego. Regresando al judío errante, esa noche bajo la luz del mismo candil hizo feliz a un niño, confió en mis manos los dos primeros ejemplares. En la carátula de uno ellos bajo la tenue luz, se veía a la señora de Bovary en forma cavilante. Al día siguiente desapareció para siempre; jamás lo volví a ver. Cuenta una de mis hermanas que un día encontraron en algunas de sus pertenencias olvidadas varias “revistas y libros prohibidos”. Una noche mi madre y su séquito de vírgenes en un acto de solemnidad atizaron una hoguera deshaciéndose para siempre del “anatema”, ahí en ese rito pirómano también sucumbieron “les fleurs du mal”. Fue la primera barbaridad que escuché en mi vida sobre quema de libros; la otra, la que hizo un fanático religioso, otrora jefe del ministerio público en Colombia.

Sin quererlo, se entabló una callada lid con mi hermana al que mejor plasmara las letras con un lápiz oloroso a nuestra primera maestra y a una fábrica de cuadernos que jamás conocimos. Mi letra era muy grande y sin gracia, pero me conformaba la idea que Dostoievski había tenido mala ortografía; no queríamos admitirlo, se vislumbraba una nueva época en nuestras vidas: la secundaria, nuevos amigos, preocupaciones y conceptos. ¿Cuántas veces quise tocar esas mariposas que volaban libremente alrededor de un aula de clases inundada por los aviones de papel y los suspiros prohibidos; cuántas veces quise tocar ese hermoso lazo de color en mi compañera de pupitre – la amiga de mi hermana y que también era hija del alcalde – ; cuántas veces quise demandar a los astronautas como lo hizo aquel poeta de antaño? Nos habían pisoteado nuestra amiga y confidente de infancia: la luna. Se nos hacía  creer tantas cosas que, preocupados por no poder aplicarlas a la realidad, cierto día luminoso nos ingeniamos el artificio para capturar mariposas con las nuevas fórmulas físicas y los teoremas de Pitágoras.

Cierto día lluvioso y frío que no quiero evocar, nuestra abuela partió para nunca volver; se iba a un tiempo que no existía para nosotros: la eternidad. Ante la impotencia de no presenciar su funeral, porque se nos había prohibido por la edad, la imaginación voló hasta aquel triste cortejo fúnebre de aquella helada mañana del 5 de septiembre de 1791, el del gran Mozart, con la diferencia que nuestra abuela no compuso cuartetos arias o sonatas, pero sí nos enseñó algo magno: escuchar la gran sinfonía, la sinfonía de la vida.

Al quedar solo con mi hermana, cierto día llegó de la escuela corriendo con su lazo desgreñado por la emoción y me susurró al oído que había escuchado a sus amigas que éramos “modernos”. Los hombres se podían comunicar por medio de un dispositivo móvil desde cualquier parte del globo. No sé por qué recibí con alegría y euforia esa frase, pero al mismo tiempo me exaltaba la frase de la abuela, la pérdida de nuestros primeros juegos, el susurro con olor a menta de mi hermana.

Por segunda vez me pregunté quiénes éramos en verdad. ¿Somos modernos? Si todo es un continuo devenir como lo dijo Heráclito, ¿en qué tiempo de la historia estamos? Todos esos interrogantes suscitaron en mí la búsqueda de la modernidad. Una tarde gris llena de mariposas le pregunté a mi hermana qué era la modernidad y soltando una carcajada se levantó de la silla y luego colocándose seria, con autoridad de gurú reflexionó: -“No seas tonto, la modernidad no existe cronológicamente, es la posición de una persona o grupo humano ante la historia, no sé qué clase de opio se fumaron los seguidores de Descartes para llegar afirmar que la modernidad comienza con él. No se puede hablar de etapas dónde empieza o termina la modernidad”. Mi hermana, en esa actitud clarividente que siempre le envidié, me explicó que esa época de la humanidad abre sus puertas dando paso a eso que se llamó modernismo. Esa búsqueda se hace acuciante ante el susurro de mi hermana. Ese intento, no pudo ser más revelador y -¡vaya!- me encontré con Baudelaire y Marx que colocaban toda su confianza en los hombres nuevos como única alternativa para resolver las contradicciones de la vida moderna, pero se acercaba una gran locomotora llamada Nietzsche que arrasaba con todo lo establecido.

No me fueron ajenos los horizontes sociológicos de Weber y Durkheim, también quise hallarla en el último vestido a la moda de mi hermana. En esa búsqueda quise rebelarme y empuñar las espadas de las vanguardias nadaístas y surrealistas que luchaban en ese momento contra el puritanismo burgués de Europa. Comprendí que no era mi lucha, mi lucha estaba acá,  en esta platanera, donde su clase dirigente de forma egoísta para no perder su hegemonía cerró las puertas a la modernidad, con uno de sus lemas preferidos que la letra con sangre entraba, país donde aún existen niños y niñas al estilo de Mambrú que se ven obligados a enlistarse para la guerra, cuando deberían estar recorriendo el país de las maravillas de la mano de Alicia y el conejo blanco.

Hoy que me pregunto qué es la modernidad, no sé qué decir. Prefiero cavilar y observar cómo pasa la inmensa bola de nieve que arrasa con el hombre de hoy y su parafernalia.  Quedo expectante, esperando como aquel joven Saint-Preux, de la novela de Rousseau; con la certeza de que yo sí sé lo que amo hoy y amaré mañana; acaba de llegar mi hermana engalanada con el último vestido de la colección verano del emporio Armani, que pasaba por mí para ir a una de sus aburridas e inútiles veladas. Vino contando muy extrañada que cómo cambiaban los tiempos, porque había escuchado en el cenáculo de habladurías de sus amigas que el novio de una de ellas un tipo recio apodado “Macho Man” lo descubrieron bajo los efectos de Baco y Dionisio besando con frenesí a otro hombre.

*Ubaldo Diaz, sacerdote. Premio APB de periodismo Pluma de Oro 2018 -2019, Barrancabermeja. Premio Nacional de Cuento y Poesía Ciudad Floridablanca.

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