La Cancillería de Duque

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La Cancillería de Duque

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La politiquería se mide en dólares y este gobierno perdió la vergüenza.

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Los gobiernos colombianos han utilizado el servicio exterior como botín político, pero ninguno al extremo de Iván Duque. La llegada de la Vicepresidenta Ramírez a la Cancillería ha profundizado esta práctica. El abuso burocrático de la planta de Cancillería conlleva costos políticos y financieros, todos evitables si la prioridad fuera la política exterior y no la politiquería interna.

La experiencia pasada muestra que los meses previos a un traspaso de mando son de particular actividad. Se han anunciado en estos días embajadores en Reino Unido, Portugal y Alemania y decenas de nombramientos de menor rango.

En nada quedaron las promesas de Iván Duque. Esta administración tiene la tendencia a caracterizar de histórico lo poco que hace. “Hoy se cumplió un evento histórico; nunca había acontecido en el Palacio de Nariño lo que sucedió hoy: la posesión de seis embajadores de carrera”, afirmó, en abril de 2019, el entonces canciller Carlos Holmes Trujillo. “Hemos alcanzado el porcentaje más alto de representación de la carrera diplomática en nuestras embajadas, y en embajadas importantes y estratégicas, alcanzando ya el 30 %”, prosiguió.

Carlos Holmes Trujillo tenía razón. Esta administración sí rompió con el pasado: la participación de los funcionarios de carrera en puestos directivos está en un mínimo histórico.

Quizás los diplomáticos de carrera hubiesen preferido menos ceremonias y más compromiso. El presidente había asegurado que, al culminar su periodo, “el número de funcionarios en el exterior de la carrera diplomática correspondería por lo menos la mitad”. Hasta se atrevió a anunciar la expedición de una reforma para reducir los cargos por nominación directa. Mientras lanzaba al viento estas palabras huecas, Holmes Trujillo preparaba en silencio el decreto que beneficiaría a los simpatizantes uribistas – ¿a quién más? – con la acreditación de experiencia profesional vía una declaración personal en una notaría.

No es común que la Asociación Diplomática y Consular se pronuncie de manera formal. Esta vez perdió la paciencia y el gremio de los diplomáticos expresó su molestia en comunicado de prensa del 24 de enero de 2021. El presidente tiene todas las facultades legales para hacer lo que le viene en gana con los nombramientos y la Asociación lo tiene claro: el esquema legal favorece la politiquería. El congreso no limita la discrecionalidad del presidente porque parlamentario oficialista que se respete tiene su cuota familiar en el servicio exterior. A todo quemado de coalición de gobierno se le reconoce su esfuerzo también.

(Texto relacionado: La cancillería 2022 y la política exterior)

La politiquería se mide en dólares y este gobierno perdió la vergüenza.

– Un embajador nombrado mañana estará obligado a renunciar el 7 de agosto, tal como lo exige el Decreto 274 en su artículo 91. Algunos no alcanzarán siquiera a presentar credenciales. El traslado de un o una embajadora cuesta de 100 a 120 millones en menaje más los pasajes áereos para el grupo familiar. El gobierno de la austeridad asumirá estos costos por unos pocos meses.

– La norma exige que 20% de las representaciones diplomáticas sean lideradas por un embajador de carrera. En unas pocas, se habitúa tener embajadores alternos. El gobierno de la austeridad acentuó esta costumbre al punto que, en la misión ante la ONU, hoy tenemos tres embajadores, uno de ellos Isaac Gilinski, el patriarca del grupo empresarial. Hasta Corea tiene sus dos embajadores. Un embajador cuenta con una residencia; los alternos reciben 30% de su sueldo en reconocimiento de vivienda, todos gastos adicionales innecesarios.

– Lo más grave consiste en que cualquier funcionario de carrera asignado a un puesto debajo de su rango debe recibir la remuneración del rango. Cuando quienes tienen rango de embajador no son asignados a una embajada o a un puesto de ese rango, el salario sí debe ser pagado a nivel de embajador. El gobierno de la austeridad produce detrimento patrimonial.

Todo ello, por supuesto, acarrea consecuencias políticas. Colombia no logra afianzar un servicio exterior profesionalizado porque no brinda las oportunidades a los funcionarios de la carrera. Los amigos del gobierno saltan de rango en rango en menos de dos años y algunos hasta en unos meros seis meses. Un egresado de la carrera debe pasar tres o cuatro años por rango y aprobar exámenes y evaluaciones para ascender. Un embajador de carrera carga unos 25 años de experiencia en promedio.

Hoy, los diplomáticos de carrera están preocupados por la designación del director de protocolo. Este cargo, que suena a frivolidad, tiene un lugar especial en una cancillería. Se ocupa de lo ceremonial, sí, y eso no es ninguna simpleza. Cómo se sienta a delegados estatales en una cena o en qué orden se cuelgan las banderas en un evento requiere conocimiento de lo internacional y sentido político. El protocolo diplomático es una ciencia y un arte. Más importante aún, la dirección de protocolo constituye la puerta de entrada del cuerpo diplomático acreditado en Colombia. Solo una persona por fuera de la carrera diplomática ocupó este puesto hasta ahora y él, con 18 años de trayectoria en cancillería, había trabajado mucho tiempo en la oficina de protocolo. Duque postuló a Jorge Rafael Vélez, un abogado de 30 años, con apenas ocho años de experiencia, seis de contratista en temas ajenos a la diplomacia.

Pronto veremos al abogado Vélez retorciendo el protocolo para complacer a la jefe de gabinete de presidencia en detrimento de la canciller. Queda cada vez más claro que el mérito no cuenta ni para el Palacio de San Carlos ni para el Palacio de Nariño.

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*Laura Gil, politóloga e internacionalista, directora de La Línea del Medio, @lauraggils

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