“Son reivindicaciones materiales cuya conquista esconde la desazón popular y un divorcio creciente del hombre de la calle frente a las élites políticas, identificadas con la incompetencia y con la corrupción.”

Diversas manifestaciones populares se han tomado las calles en algunas ciudades regadas por el mundo como si dibujaran una cartografía planetaria de la movilización ciudadana. Se trata de movilizaciones en las que los liderazgos no aparecen muy bien definidos, al menos no identificados visiblemente con los partidos convencionales; además, gozan de un alto grado de espontaneidad, aunque también de combatividad.

Por otra parte, su persistencia, amplitud y beligerancia han hecho retroceder en más de una ocasión a los respectivos gobiernos, en lo que tiene que ver con la aplicación de medidas que afectaban en el corto plazo a distintos sectores de la población, unos sectores que con dichas medidas podían ver vulneradas algunas conquistas ya consolidadas como los subsidios a ciertos consumos básicos y que, en todo caso, ya pertenecían al status quo popular.

Primero, fue el Paris de los chalecos amarillos, con manifestantes radicalizados, venidos de las provincias que se tomaban las calles históricas de la gran ciudad para alzarse contra el alza en el impuesto al carbono, una política que tenía fines ecológicos. Luego fueron los habitantes de Hong Kong que protestaban contra una ley de extradición hacia la China continental, así fuera para castigar la comisión de crímenes, pero que, de todas maneras. podía lesionar la autonomía de la ciudad financiera, antiguo protectorado inglés.

Más recientemente fue Quito el escenario de una protesta encabezada por asociaciones indígenas contra la eliminación de unos subsidios al combustible que venían desde hace 40 años, un recorte puesto en práctica por el gobierno de Lenin Moreno al amparo de compromisos con el Fondo Monetario Internacional. También en Santiago de Chile hubo una movilización contra el alza en las tarifas del metro, más o menos por las mismas razones.

Finalmente, en Barcelona, el movimiento independentista volvió a expresarse masivamente, esta vez para protestar contra las condenas que han pesado sobre algunos de los dirigentes tradicionales del autonomismo catalán.

En todos estos hechos, es fácilmente observable la irrupción de la participación de las masas por fuera de las divisiones ideológicas de la Guerra Fría, lo cual se ha traducido en un tipo de manifestaciones que representan un regreso a las reivindicaciones de corte clásico como aquellas que están inspiradas en los denominados “valores materiales”, propios de la vieja modernidad. Una ilustración han sido los nacionalismos, en este caso los micronacionalismos; algo parecido ha tenido lugar con los subsidios y las mejoras económicas para la protección de la ciudadanía dentro de los desequilibrios sociales surgidos a causa de la pérdida de controles sobre el mercado. Son reivindicaciones materiales cuya conquista esconde la desazón popular y un divorcio creciente del hombre de la calle frente a las élites políticas, identificadas con la incompetencia y con la corrupción.

En este orden de ideas, la propia fuerza que nace de los impulsos nacionalistas o de la reacción que provocan los retrocesos en las conquistas ya ganadas de antemano genera dos efectos inevitables: la amplitud de la convocatoria y la intensidad del combate callejero.

Si al comienzo del siglo XXI surgieron los movimientos trasnacionales contra la globalización, aquellos que Toni Negri denominara la multitud, por oposición a las movilizaciones reivindicativas e ideologizadas del siglo XX, ahora regresan estos mismos movimientos de reivindicación material, pero sin una ideologización clara.

Regresan como un llamado clamoroso al Estado nacional para que en vez de enlazarse a las simples exigencias del capitalismo internacional se convierta en vocero de las demandas internas proclamadas por la población y se reafirme en unos proyectos basados en una economía de acentos sociales, como lo ha dicho y repetido el Nobel de Economía, Joseph Stiglitz.             

Ricardo García Duarte, politólogo, rector de la Universidad Distrital, @rgarciaduarte

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