Esta mañana mi esposa volvió a la carga con el mismo asunto. No la culpo; volver recurrentemente sobre el mismo punto es muy común por estos días. Y mezclar los temas, ¡ay! a eso sí que nos estamos acostumbrando. Nada de índole doméstico, faltaba más. La sobremesa en el desayuno estuvo aderezada por la peregrina chaqueta de la primera dama que, aún hoy, días después sigue siendo tema de debate.

Y yo, que de moda femenina no sé tanto, quiero abordar el incidente desde otra óptica. Destacar tres temas que veo malamente entrelazados, en torno a los cuales se han fijado posturas diversas, que van desde el llamado al respeto pasando por el reproche y la censura por las burlas, memes, chistes, chascarrillos y demás derivados surgidos del dichoso (o no tanto) atuendo de doña María Juliana Ruiz.

El primer aspecto es de la mayor relevancia, fundamental para el equilibrio de poderes en una democracia que se precie de serlo. La libertad de expresión (que incluye la burla mordaz) corre peligro de ser limitada, amordazada, censurada, en nombre del buen gusto, las buenas maneras, “el respeto”. En una sociedad desigual como las que más, “reír para no llorar” se ha convertido en refugio para los que a diario se sienten burlados por sus dirigentes. Sugerir siquiera el impedimento de la burla a manera de venganza incruenta no es más que mezquindad. Muy pronto marcharían en triste procesión y rumbo al silencio la oposición, el disenso y el control político; censurar el humor es un paso gigante hacia el totalitarismo.

En segunda instancia, la cuestión trivial del atuendo de la primera dama llenó la agenda mediática durante un tiempo importante. Una vez hecha la burla, las enérgicas (y algunas desmesuradas) defensas llenaron los medios de opinión con informes, noticias e investigaciones de farándula, de moda. Entretanto, la reunión bilateral entre Colombia y Estados Unidos quedó eclipsada. Los puntos de la agenda, que incluían un posible avance militar a Venezuela, se perdieron entre los pliegues del vestido de la esposa de Iván Duque. Llegados a este punto valdría la pena preguntarse quién fue realmente la víctima de este incidente baladí, ¿la primera dama matoneada en redes sociales? ¿el interés público que sucumbió ante una “cortina de foamy”, como notó un agudo tuitero?

Como corolario, y para no dar poca importancia a los argumentos de los defensores más vehementes de la anfitriona de la Casa de Nariño, es pertinente deducir si el incidente, en efecto, constituye un abuso de las redes sociales, y contiene evidencia de machismo, misoginia y clasismo. Habría que tener muy claro, por ejemplo, que la señora María Juliana Ruiz en su rol de primera dama es un personaje público, sus apariciones, palabras y apreciaciones, están sometidas al escrutinio público y pueden generar reacciones a favor y en contra. Su ajuar hace parte de ese rol público que ostenta y ser blanco de críticas o halagos es (¡debería ser!) de lo más natural.

Los personajes públicos, hombres o mujeres, están sometidos a ese escrutinio y ejercerlo con una mujer no está necesariamente vinculado al machismo o la misoginia. Por otro lado, ¿es el rol de primera dama un cargo que alcanza una mujer por su preparación o esfuerzo? A mi entender, tiene un tufillo mayor de heteropatriarcado el concepto “primera dama”, la mujer que alcanza relevancia al lado de un hombre de poder, que la lleva consigo a sus reuniones, aunque ella no ejerza funciones oficiales.

En resumen, es urgente tratar de darle a cada situación su lugar debido, el justo interés; no mezclar temas, dejar de revivir los que son baladíes y consumen tiempo, esfuerzo y atención miserablemente. Así, ¡como en el matrimonio!

Autor

Dagoberto Garzón
Dagoberto Garzón
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