La Comisión, la verdad de Pastrana y la nuestra

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“El gimoteo de Pastrana, por repetitivo, debe encerrar más verdad que la que dice su enunciado, que Samper le robó las elecciones. Reiterar esta verdad, cual letanía, parece ser la forma inconsciente de medio decir otra, oculta tras la primera.” Un sicoanalista escucha la versión de Andrés Pastrana.

El expresidente Pastrana asistió a la Comisión de la Verdad, pero, al igual que otros mandatarios, utilizó este espacio para cubrir sus propias falencias y salvar cualquier responsabilidad. No logran entender que éste es un espacio surgido de un pacto en el que cada uno debe renunciar a lo pesados velos con los que han cubierto su papel en esta guerra para, a pesar de la vergüenza o, más bien, asumiéndola, aportar la parte de verdad que les concierne de manera directa como responsables que fueron de los destinos del país.

Es cierto que el dispositivo que la Comisión ha utilizado con Mancuso, con Rodrigo Londoño y con los expresidentes, se presta para esta instrumentalización y desconoce a las víctimas. El padre De Roux les repite que allí no se trata de establecer responsabilidades, sino de llegar a una comprensión de lo que ocurrió, como si esta no fuera una Comisión de la Verdad, sino un grupo de investigación sobre el conflicto. Sin sujeto del discurso, sin responsable, sin acto de enunciación, se desactiva la verdad y sus posibles efectos. Si no hay nadie que esté implicado en lo que dice y si lo dicho no atraviesa a quien habla, quedamos entonces más bien ante meros enunciados, sin agente, ante una más de las tantas investigaciones que hemos adelantado sobre la violencia. Éstas son necesarias, es cierto, pero no era ese el mandato de la Comisión, ni el compromiso con las víctimas ni lo que puede transformar en algo a esta sociedad. Tal como bien lo señaló Maria Emma Wills, “¿qué hay de democrático en esos monólogos donde los exmandatarios hablan, no como ciudadanos concernidos por el esclarecimiento, sino como jefes imbuidos de autoridad y poder, claramente preocupados por su reputación política?”.

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El expresidente Pastrana, en lugar de reconocer su descalabro con el proceso de paz del Caguán, el exponencial crecimiento del paramilitarismo y de las masacres durante su gobierno, el aumento de las “pescas milagrosas”, de las miles de hectáreas despojadas a millones de campesinos desplazados, pero sobre todo, en lugar de reconocer a las víctimas y pedir perdón como esperábamos que lo hiciera, se llenó de elogios y nos sorprendió con el breve y monótono relato de su dolorosa verdad: ¡le robaron las elecciones!

Como si el país no le hubiera escuchado una y otra vez esa queja extenuante, cientos de veces, en cuanta entrevista ha dado, en todo acto público al que ha asistido. Ese gimoteo, por repetitivo, debe encerrar más verdad que la que dice su enunciado, que Samper le robó las elecciones. Reiterar esta verdad, cual letanía, parece ser la forma inconsciente de medio decir otra, oculta tras la primera. Una manera de decir y ocultar a la vez otra verdad.

Así, en el fondo, su queja no es queja, sino enconada denuncia, y no de Samper, su oponente en las elecciones, sino de un rival más poderoso, más odiado y amado a la vez.  Un Pastrana, él, habría sido la víctima del robo, pero otro Pastrana, su padre, habría sido el ladrón. La denuncia, entonces, sería grave: el padre habría sido el ladrón. La queja de que a él, el hijo, le robaron las elecciones encubriría y expresaría a la vez, de manera inconsciente, la denuncia de que su propio padre habría sido el ladrón. La fuerza de su denuncia del padre sería similar a la de su necesidad de encubrir su supuesto delito.

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Se trataría del robo del padre. Misael Pastrana habría obtenido el poder de manera fraudulenta la fatídica noche en la cual el entonces presidente Carlos Lleras sacó a las calles al ejército y mandó a dormir al país la larga noche de la mentira, de la que aún tratamos de despertarnos. Amanecimos con la novedad de que el presidente no era el candidato que tenía una larga ventaja en los informes de prensa del escrutinio, sino aquel determinado por el Frente Nacional. Acá es preciso recordar que ese acto, además de confirmarle al pueblo que los canales democráticos no eran viables en Colombia, dio origen a la guerrilla del M19, ingrediente importante que se sumó a los otros actores del conflicto armado.

Cuando me dijeron que Andrés Pastrana había hablado en la Comisión sobre el robo de las elecciones alcancé a ilusionarme: ¿acaso hablaría del que dio origen al gobierno de su padre, o a los de Uribe, con la ya testimoniada participación del dinero y la coacción armada de los paramilitares en sus dos elecciones, o al de Duque, con los votos comprados por la mafia vía el Ñeñe Hernández? Pero no, se trataba, era obvio, de repetir una vez más la misma cantinela: Samper subió con el apoyo de los dineros del cartel de Cali.

Cuando Jaime Garzón imitaba a Andrés Pastrana, lo hacía repitiendo un reclamo cada dos o tres frases, siempre el mismo: con tono de niño llorón, zapateado incluido, decía: “¡Que renuncie, que renuncie!”, refiriéndose a Samper. Esta reiteración, vivamente captada por el genio de Garzón, subrayaba un hecho del que todos éramos testigos, la obsesión de Pastrana con ese tema, del que no ha logrado aún desprenderse. Fue presidente en el siguiente periodo, pero sin embargo, su queja sigue y lo ha llevado a recorrer todos los países de América Latina en trance de elecciones para repetir allí la misma denuncia de robo, acusando a cuanto candidato de izquierda se tope, modo inconsciente de expresar el robo del padre. 

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Este síntoma, expresión de la novela edípica de Andrés Pastrana, sólo le concerniría a él y nosotros no tendríamos que ocuparnos de esto. Sólo que en este caso el robo fue también y, sobre todo, al pueblo colombiano. Fue el pueblo colombiano el que fue timado por el padre, por un lado, y, por el otro, el asunto es más complejo pues, tal como se alcanza a vislumbrar acá, parte de nuestra sociedad – no solo Andrés Pastrana – , sufre de ese mal, el de la adoración del padre transgresor, o de la rivalidad con él, que es otra forma de hacerlo existir. Esa adoración lleva a cubrir sus fallas y a sostenerlo, a pesar de todo, a como dé lugar en el lugar del poder. Hace poco, también en el escenario de la Comisión de la Verdad, las fallas de otro padre, ubicado por muchos y por él mismo como “el padre”, eran cubiertas a gritos por sus hijos, mientras se amenazaba a una comisionada. Es posible que esta escena implicara más verdad que todo lo que allí se dijo.

*Mario Bernardo Figueroa, Psicoanalista, profesor de la Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura de la Universidad Nacional de Colombia y miembro de la Asociación de Psicoanalistas de Bogotá Analítica. Director de la revista de Psicoanálisis Desde el Jardín de Freud.

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