“Hasta que no nos afinemos todos y aprendamos lo que podamos de este embate feroz, hasta que no tengamos claro cuál fue nuestro error y cuál es nuestra responsabilidad, hasta que estemos en realidad juntos y claros en nuestro propósito, no vale la pena. Tenemos que hacerlo valer.”

Nos habíamos acostumbrado a verlos ahí, buscando que la fruta que no podían agarrar se pudriera, hurgando en todos los rincones, para encontrar el punto desde el cual seguir drenando al país, su energía y su sangre. Decidieron jugar a cansarnos, a aburrirnos y llenarnos de miedo. Nunca creímos que fueran a volver, pero ahí están. Nos sorprende, porque solamente recordamos el tiempo que duramos haciendo campaña para que esto no pasara en un plazo de meses. Ese es el mecanismo de defensa que establece nuestra memoria para protegernos de la verdad: es nuestra culpa y nuestra responsabilidad.

¿Cómo carajo pasó esto? El absurdo del poder, el cinismo y la violencia son, lo creamos o no, cocciones lentas. Llevamos mucho tiempo como país cultivando la idea de que tenemos una clase dirigente y nada más; un grupo de hombres (sí, solo de hombres) que han sido elegidos desde antes de nacer, para mandar en este país. A esa clase dirigente se han ido pegando sus prestamistas, como pasó con la vieja nobleza europea. Poco a poco, quienes prosperaron prestando servicios (de los legales y de los ilegales) a nuestra aristocracia, se fueron pegando a ella y así sumamos a los banqueros y a los finqueros al cúmulo de personas que están llamadas a gobernarnos, nos guste o no.

Fotografía por: Frente Amplio-Cartago

No se trata de una vocación, sino de un testaferrato. Se prestan todos a la idea de un poder inamovible, simplemente por un pedazo de él. Sin que nadie tenga derecho a protestar, con derecho solamente a la esperanza de un cambio que nunca se materializa, ni desde el interior, ni desde el exterior. Es tan parecido a la relación co-dependiente que existe entre una persona y la pareja maltratadora que duele.

Ahora lo quieren todo: la tierra, la mano de obra, la sangre, la memoria, los medios de comunicación, el pensum escolar. Están alborotados, rabiosos y hambrientos y no están dispuestos a dejar nada. Suponen que el poder les da la razón y el derecho de tomar lo que quieran, si finalmente para eso subieron, no para “complacer” a nadie. Sienten que en sus manos reposa el presente, pero quieren también cambiar el pasado, porque la historia contradice sus posturas. No les importa si, en el largo plazo, aquello que hacen los perjudicará, porque no ven en el perjuicio una opción realista, que sí ven, en cambio, en atornillarse desde ya en el futuro para no tener que bajarse de aquel tigre que cabalgan.

La última frontera, por supuesto, es la paz. Creo en el equipo negociador, tanto de un lado como del otro. Creo en la voluntad de los guerrilleros, que decidieron dejar las armas y convertirse en ciudadanos, tan vulnerables como nosotros. Creo en los magistrados de la JEP, en las emisoras comunitarias, en las buenas intenciones, pero no en las de nuestra clase dirigente. Es cierto que una parte de ella estaba a favor del acuerdo de paz, pero siento que eso se debió a que nunca tuvieron la intención de hacerlo valer, ni de cumplir con lo pactado. Y claro, los otros estuvieron desde el arranque tratando de echar por tierra todo lo que pareciera un avance, pero no se confundan: es un esfuerzo conjunto por aparentar cambiar para que nada cambie en absoluto.

Surgen las preguntas obvias: ¿Qué podemos hacer? ¿Por dónde empezamos? ¿Existe una solución? Todos quisiéramos hacer algo, pero es muy caro el precio que se paga por hacer cualquier cosa en este país, con máximo esfuerzo y mínimo resultado. De manera que las anteriores preguntas parecen estarse decantando por otra, constante y pesada: ¿vale la pena?

Más específicamente, ¿vale la pena ponerle el pecho a la voracidad de un monstruo que nosotros mismos nos hemos encargado de crear? ¿Sirve de algo el esfuerzo individual? Tenemos que ponernos de acuerdo en que hemos perdido el punto muchas veces. La paz no se firma, la paz se vive; mejor dicho, la paz se debe firmar, pero, primero, debe vivirse, y nosotros no lo estamos haciendo, ni en la teoría, ni en la práctica.

Lo pregunto genuinamente porque, aunque la respuesta inicial siempre será que vale la pena, que los líderes tienen que hacer lo suyo y cada quién debe hacer lo que le plazca, siento que hasta que no nos afinemos todos y aprendamos lo que podamos de este embate feroz, hasta que no tengamos claro cuál fue nuestro error y cuál es nuestra responsabilidad, hasta que estemos en realidad juntos y claros en nuestro propósito, no vale la pena. Tenemos que hacerlo valer.

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