La flor perenne de la violencia

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“…Jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la violencia”. La Vorágine. José Eustasio Rivera. Escritor colombiano, 1888-1928).

El orden futuro será tanto más sólido cuanto más nos sacrifiquemos por él”. Hermann Hesse. Escritor alemán/suizo. 1887-1962.

Leía hace poco una columna de alguien cuyo nombre no recuerdo (¡qué vergüenza!), quien, reflexionando sobre los procesos de paz en Colombia, señalaba que éstos tenían un carácter incesante, en cuanto se pactaba con un grupo violento al cual le salían disidencias con ejercicio recurrente a la violencia, se volvía a armar posteriormente otro proceso con esas disidencias y luego surgían otras disidencias de esas disidencias. Entendí que lo que quería decir la columnista es que algo fallaba en esos procesos que se repetían incesantemente. En otras palabras, habría que replantearlos para acertar en el logro de la Paz. Y me atrevo a formular una hipótesis que de alguna manera suministra un elemento nuevo a esos procesos.

Las regiones dominadas por la violencia ejercida por grupos armados, ya sea con carácter dudosamente político o abiertamente delincuenciales, lo que indican es la ausencia de institucionalidad, que no consiste únicamente en el envío de tropas para el control de las respectivas regiones, como un ejército colonial invasor. Lo que requieren es que la base institucional del Estado, o sea el municipio, sea una verdadera base institucional proveedora de bienes y servicios para los ciudadanos y que con legitimidad ejerza la presencia estatal. La institución municipal sigue siendo muy débil y si bien la Constitución Política de Colombia les otorgó a los departamentos el tutelaje de los municipios, éstos tampoco tienen la fuerza y capacidades para hacerlo El desarrollo de capacidades institucionales de los municipios ha quedado al garete y con una visión demiúrgica de las leyes, lo que quiere decir que se considera que una vez expedidas, simplemente habría que cumplirlas. (Demiurgo: constructor de realidades). No se puede decretar la autonomía municipal (que surge con la elección popular de alcaldes), si no se desarrollan capacidades para asumirla en términos de competencias y recursos.

Fue patética la inermidad o indefensión de los alcaldes de la región del bajo Cauca y sur de Córdoba frente al reciente “paro minero”.  En general sucede que toda situación regional problemática exige por sus propios protagonistas la presencia de ministros o del propio Presidente de la República. Esta anómala situación de multiplicación presencial podría resolverse si damos más capacidad a los municipios de gestión, y los preparamos para ello. Llegar a lo que señalaba Alexis de Tocqueville, lo “que no pueda hacer el municipio que lo haga el Estado Central” (con la idea de que el municipio fuera suficiente básico para atender las demandas ciudadanas por ser próximo), y aquí lo muy poco que puede hacer es precisamente, lo que refleja la ausencia institucional que revierte en reclamación hacia el Gobierno Central. Los municipios no pueden estar condenados a su propia suerte. Deben cumplir un papel central en cuanto capacidad de ofrecer a sus gentes un buen vivir, dispensando los servicios básicos. Y potenciando sus distintas vocaciones económicas.

La violencia predominante en muchas regiones del país, que parece la mítica Hidra de Lerna, una de las 12 tareas impuestas a Hércules, y esta hidra era un monstruo de múltiples cabezas que cada vez que se le cortaba una de esas cabezas salían otra o dos más. De manera que la reproducción de la violencia originada por lo que se denominado las “rentas criminales” (minería ilegal, extorsión, secuestros, narcotráfico, etc.) se cortan de pronto en algunos lugares (por vía de los acuerdos de Paz o los sometimientos a la Justicia), pero reaparecen en los mismos u otros. No sería, de fondo, preguntarse: ¿habrá que cambiar la “receta”?

Por ello, me he atrevido a hablar de una especie de flor perenne de la violencia (qué pena con las flores). Lo perenne es lo que permanece en el tiempo y así parece este mal de la violencia. Cuando ya sentimos que esa malévola flor desapareció, fue cortada, resurge con fuerza y se dice “que fue que” el proceso anterior estuvo mal hecho o que no se ha cumplido lo que se pactó (más bien).

La Paz Total, anhelo de todos y todas, debe ser repensada partiendo de una evaluación de los procesos anteriores (fallas y aciertos). Implica, a mi manera de ver, un gran acuerdo nacional de lo que en algún momento se llamó “las fuerzas vivas de la Nación” y una metodología bien definida procedimental, partiendo de un sereno análisis de experiencias pasadas. No hay “dueños de la Paz”, hay servidores de la Paz. Necesitamos un Centro de Pensamiento para la Paz, que aboque, desde la serenidad todo lo que la Paz requiere, que reúna a Academia y Sociedad Civil, en un diálogo fructífero.                                                        


A propósito de una reciente invocación del lema del escudo nacional, que se ha especulado como “golpe de estado blando” inclusive o como reclamo o “recorderis” al Gobierno Central, considero decir algo al respecto. El lema Libertad y Orden, creo que propuesto por el presidente Santander en los albores de nuestra república, en alguna época se dijo que los conservadores se identificaban con el Orden y los liberales con la Libertad. Estimo que no son oponibles estos dos conceptos y que se necesitan el uno del otro, visto así: Sin Orden no hay garantía de la Libertad y sin Libertad el Orden no tiene sentido, sino como opresión despótica. En otras palabras, el Orden, en una democracia, es necesario para garantizar el ejercicio de la Libertad.

*Víctor Reyes Morris, sociólogo, doctor en sociología jurídica, exconcejal de Bogotá, exrepresentante a la Cámara, profesor pensionado Universidad Nacional de Colombia.

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