Este episodio le puede abrir el camino al ser humano para que redimensione su lugar en el planeta e incluso en el universo.

Varios filósofos e intelectuales en el mundo se han dado a la tarea de analizar y exponer sus opiniones respecto a los cambios que se pueden generar en el futuro y a largo plazo con la pandemia del coronavirus. Estas opiniones transitan desde diferentes puntos de vista que van desde los que auguran la desaparición del capitalismo y el neoliberalismo como lo conocemos hoy y aquellos que consideran que ocurrirá todo lo contrario.

Igualmente, hay quienes sostienen que la continuidad en la desarticulación de algunos países continuará durante esta emergencia, especialmente en los más pobres como es el caso de las democracias débiles como la colombiana, exacerbando la exigibilidad de los derechos y, en otras latitudes, la continuidad en la ruptura de los procesos de integración regional como sucedió en la Unión Europea. Son situaciones que generan un panorama muy pesimista. Pero también hay quienes creen en unas posibles salidas políticas que contribuyen al fortalecimiento de las democracias con mayor empoderamiento por parte de la sociedad civil. Claro ejemplo es el expresado en naciones como México.

Ahora bien, quiero señalar que este proceso arranca desde el elemento más primario del ser humano, su cuerpo; es allí donde se aloja el proceso pandémico, proyectándose en una red de múltiples espacios sociales y territoriales que cubren gran parte de los continentes, anclado por los procesos de globalización y la facilidad en el tránsito y las migraciones humanas. A la par, con los posibles escenarios futuros de desencadenamiento político, económico y social, se han trazado un conjunto de hipótesis respecto del origen del virus, invocando desde procesos de manipulación humana relacionados con nuevos aires de la Guerra Fría, pasando por una guerra económica, hasta la manipulación e instrumentalización geopolítica frente a un nuevo orden mundial. Otros, desde la biopolítica hablan de una forma de control de la población por parte de estructuras de poder más allá de los Estados y hasta de una selección natural, fruto de la relación del ser humano con otras especies animales.

Si se reconoce que el Covid 19 tiene como punto de incubación al cuerpo humano, las implicaciones que conocemos en términos individuales como colectivos cambian, lo que nos pone en la tarea de redimensionar el principio vital del ser humano, la dignidad humana. Este principio nos lleva a reconsiderar, paradógicamente, los núcleos fundamentales de derechos considerados aisladamente y, a su vez, su integralidad, universalidad e interdependencia, como la igualdad, la no discriminación, la libertad, entre otros y los valores arraigados en diversos sistemas políticos y en los Estados de derecho, como la solidaridad y sus impactos políticos, económicos, sociales y culturales para prevenir, mitigar y erradicar la pandemia.

Este fenómeno con sus múltiples variables nos ha demostrado que, independientemente de su origen biológico o antroposocial, afecta a todos los seres humanos, sin ningún tipo de discriminación, en todas las dimensiones del ser – biológico, psicológico y ecosocial – , en su edad, género, condición social, étnia, color de piel, identidad sexual, política o religiosa. Sin duda, más allá de las dicotomías, el ser humano puede transitar desde el aislamiento social más allá de lo territorial hasta la solidaridad social frente al temor que genera la inseguridad (social, política, económica, de derechos humanos, salud y sanitaria).

La pandemia le ha demostrado a la humanidad que, en muchos países, incluyendo los países más poderosos, existe la precariedad de los derechos económicos, sociales y culturales, especialmente ladel derecho a la salud, pero, no en menor valía, la de otros derechos como la educación, el empleo, la vivienda digna, el saneamiento básico, así como la del acceso a medios vitales como el agua y a las telecomunicaciones por parte de grandes sectores de la población, lo que entreve nuevas formas de desigualdad social.

En este primer nivel de realidad individual, se esperaría que el hombre transite hacia la solidaridad social, en camino de derribar las barreras de negación de los derechos y el acceso frente a las limitaciones de otros. Pero la realidad política siempre se impone, dependiendo de los modelos políticos, convirtiéndose en uno de los obstáculos más fuertes para el pleno reconocimiento de la dignidad humana, vislumbrando las relaciones de poder, imponiendo sistemas de control a las libertades humanas, preservando modelos económicos que privilegian a los sectores minoritarios de la sociedad actual y generando, aún más, el ensanchamiento en las brechas de la inequidad social.

Si en el plano individual se imponen enormes retos sociales y culturales frente al reconocimiento de la dignidad humana, en el espacio de lo social la realidad tiende a ser más compleja, tal y como lo han indicado algunos filósofos. Nos encontramos, de una parte, ante la posibilidad o la imprevisibilidad del fortalecimiento de los regímenes totalitarios, especialmente del campo socialista como China y Rusia o de los sistemas neoliberales como Estados Unidos y, por otra, ante la desestructuración de otros Estados y de sus modelos políticos, especialmente aquellas democracias débiles como la nuestra que comienzan a desmoronarse como es el caso de Brasil.

El debilitamiento de los procesos de integración regional con tendencias a su desintegración se nota por la vía del cierre de los países, el crecimiento del nacionalismo y por las asimetrías existentes en sus diferentes órdenes y niveles, como ocurre en algunas zonas de Europa. Sin embargo, también se ve la posibilidad del fortalecimiento de los Estados con milenarias estructuras disciplinarias que han demostrado que, más allá del control social y político, los resultados pueden ser positivos frente a una emergencia sanitaria. Todas estas – si se quieren contradicciones – se reflejan en la falta de liderazgo de las Naciones Unidas y de los sistemas regionales y en las fallas más que evidentes del multilateralismo a nivel mundial para dar una respuesta a la crisis planetaria.

Pese a las dramáticas dificultades existentes y los retos que le esperan al ser humano, se podría emerger hacia un nuevo paradigma en la redimensión de la dignidad humana, una suerte de nuevo pacto civilizado, que nos conduzca de manera inmediata hacia una nueva generación de derechos humanos, que vaya centrada hacia el pleno disfrute de los derechos económicos, sociales y culturales y, especialmente, hacia el derecho a la salud. Una puesta a prueba en todas las latitudes, incluyendo a los países más poderosos y conducida hacia la seguridad humana.

Este episodio le puede abrir el camino al ser humano para que redimensione su lugar en el planeta e incluso en el universo. La ruptura del antropocentrismo y la apertura del denominado ecocentrismo, de la ecología profunda y de una nueva ética política -antropolítica -, propuestas ya desde hace un tiempo por pensadores como Morin o Boaventura Do Santos, obligan a la sociedad a pensar en unos cambios radicales entre el hombre como especie, con otros seres vivos y la naturaleza.

Más allá de las posturas dicotómicas expresadas por varios filósofos, nos encontramos ante diversas realidades sociales, económicas, políticas y culturales de difícil precisión, una imprevisibilidad que nos puede llevar a caminos insospechados y que dependerán de la asertividad de las decisiones de orden político en los diferentes países. Una situación que contribuye a exacerbar los procesos en marcha como ocurre en Francia, Chile o Colombia o a reorientar las políticas económicas y sociales para la reinvención de los modelos de Estado de bienestar, que pueden ser la oportunidad de cerrar las limitaciones de derechos fundamentales y así lograr puntos de encuentro eficaces en la relación Estado – sociedad.

*Carlos Julio Vargas Velandia, magíster en Ciencia Política, abogado especializado en Derecho Penal, Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.

1 COMENTARIO

  1. Recojo y felicito la lectura integral del documento, el cual perrmite y muestra teorias y tésis, que de suyo, comportan estructuras mentales de pensamiento, bajo escenarios que ponen en el centro de la pandemia, al ser humano, como actor y víctima, de su desmesurado afán por el manejo y control de los diferentes componentes de la vida en sociedad; aspectos, que en su conjunto, advierten, la inaplazable oportunidad de hacer un giro, en la defensa y auto regulación de las relaciones de los individuos – estados, en procura de garantías y métodos que atiendan sus necesidades, sin que con ello, se ponga en peligro la subsistencia y el equilibrio natural. Como abogado, humanista y defensor, no puedo ser ajeno a que la crísis, no solamente está tocando la puerta de los más humildes, también los poderosos y amos de la humanidad – de quienes se señala, incubaron y regaron el vírus, en su esquizofrenia y alocada carrera por el manejo y control del poder, se han visto afectados, quienes no obstante su desarrollada tecnología, han sido inferiores y no es mucho lo que han podido hacer para contener, mitigar y superar la pendemia; si la sociedad en su conjunto, no asume un rol protagónico en demanda de condiciones y derechos, de aquellos, que se arrogan el statu quo y manejo sociopolítico mundial, no sólo seremos más vulnerables, simplemente, estaremos condenados al exterminio. El planeta nos sigue dando muestras de recomposición; las ideologías y sistemas políticos estan en mora y deuda con los asociados y el ecosistema, ameritan de reingeniería, amigable y sostenible; la humanidad no puede ni debe estar ausente, es con amor, conciencia y uso racional de los recursos y medios de producción como entre todas y todos, lograremos ser mejores seres humanos.

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