Según un estudio de la Universidad de los Andes, para erradicar con glifosato una hectárea de cultivos ilícitos, se requiere fumigar el área unas 32 veces, sí ¡32 veces!

Colombia es de los pocos países con dos océanos, con tres cordilleras, con infinidad de ríos, volcanes, nevados, selvas; tenemos el 50% de los páramos del mundo y la segunda mayor biodiversidad del planeta; somos el tercer productor mundial de café y esmeraldas y nuestro suelo está tapizado por el verde, desde las selvas hasta las llanuras. Pero, ¡oh sorpresa! Tristemente, nos azotan flagelos tan delicados en la orbe como el peligroso narcotráfico.

Es una grave carga que llevamos a cuestas desde principios de la década de los 70 cuando Colombia iniciaba la penosa actividad de exportar cocaína a otras latitudes, especialmente hacia los Estados Unidos. Desde entonces, esa fama de país productor de alcaloides, sumada a la violencia, nos condena a ser vistos con otros ojos desde el exterior, a pesar de los múltiples esfuerzos por opacar esa triste realidad.

La lucha contra el narcotráfico ha sido feroz y ha significado millonarias inversiones y lo más cruel es que ha cobrado la vida de miles y miles de personas. Es un flagelo que ha sido combatido por siete presidentes aún sin resultados efectivos porque el narcotráfico sigue siendo el combustible que atiza la guerra en Colombia.

Según el último informe de la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito –UNODC-, Colombia cerró el año 2018 con un total de 169 mil hectáreas de cultivos ilícitos, dos mil menos con relación al mismo período del año inmediatamente anterior. De ese vergonzoso mapa, la región pacífica cuenta con 62 mil 446 hectáreas del total del área sembrada en Colombia. Esto refleja que el 5% del territorio concentra el 68% del problema, según el mismo informe.

Entre más se combate más florecen matas de coca y de amapola en el territorio nacional. Sin embargo, en los últimos dos años, ha venido decreciendo el área sembrada, aunque en muy poco porcentaje. Por ejemplo, en 2018, tan solo en Nariño se redujeron en 3.835 el número de hectáreas sembradas con cultivos ilícitos gracias al Programa Nacional de Sustitución Voluntaria – PNIS – al cual se inscribieron más de 60 mil familias. La resiembra sólo fue del 0,6%, es decir, que por cada 100 hectáreas sustituidas, se resembró menos de una hectárea, mientras para la erradicación forzosa, la resiembra está entre el 50 y el 67%, según cifras del mismo Gobierno.

Entre 1994 y 2015, se fumigaron en Colombia 1.896.709 hectáreas de coca; no obstante se pasó de 46.700 hectáreas a 96.000. En el departamento de Nariño, se fumigaron, entre el 2000 y el año 2015, 476 mil hectáreas y, sin embargo, los cultivos de coca pasaron de 9.300 a 29.800 hectáreas, es decir, un incremento abismal del 320%. Durante esos años, fueron necesarios 4 millones 760 mil litros de glifosato para tratar de controlar lo incontrolable a través de ese herbicida que genera graves impactos en la salud, el medio ambiente y, desde luego, la contaminación de las fuentes hídricas.

Está claro que el glifosato es un método nocivo y equivocado contra las drogas ilícitas. Según un estudio de la Universidad de los Andes, para erradicar por esa vía una hectárea de cultivos ilícitos, se requiere fumigar el área unas 32 veces, sí ¡32 veces!, algo realmente alarmante. A eso hay que sumarle los onerosos costos: eliminar tan sólo una hectárea con el herbicida cuesta US$57.150, es decir, a precio colombiano de hoy, una sola hectárea por vía glifosato cuesta 193 millones 624 mil pesos. ¡Absurdo!

Recientemente el exministro Rafael Pardo, presentó en Bogotá su libro “La Guerra Sin Fin” donde cuenta, desde su experiencia, todos los esfuerzos que el país ha hecho contra las drogas. Fue un importante escenario donde confluyeron entre otros el expresidente Juan Manuel Santos y el exministro y actual rector de la Universidad de los Andes Alejandro Gaviria. En el libro, Rafael Pardo cuenta cómo la guerra contra las drogas la siguen ganando las drogas.

Vemos cómo el consumo de marihuana, tabaco y alcohol se ha ido reduciendo en Colombia y el mundo y eso se debe básicamente a una regulación sanitaria que promueve el no consumo de esas sustancias por sus consecuencias nocivas para la salud. Habrá que insistir por esa vía para que la coca deje de ser consumida; es mejor regularla que prohibirla. Sólo así abriremos el camino para enfrentar a ese gran monstruo que sigue carcomiendo nuestras sociedades a nivel mundial.

Entonces, la solución aquí no es más glifosato; no son más aspersiones aéreas con ese herbicida de muerte; la solución aquí es sustituir por la vía voluntaria que dé a los campesinos posibilidades de cultivar con proyectos productivos legales y rentables.

La otra solución está en abrir el debate nacional para que se regulen las drogas en Colombia. Solo así podremos enfrentar con contundencia a las mafias que se lucran del narcotráfico, que tienen capturado al Estado, que permean la política, que se apoderan de las tierras y que burlan la justicia. Ésa es la única manera de ganarle la guerra a un flagelo tan asesino como la mata que mata.

*Guillermo García Realpe, Senador, @GGarciaRealpe

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