La horda que nos habita

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“Cuando era niño, tuve fiebre, mis manos parecían como dos globos,

ahora vuelvo a tener esa sensación, no te lo puedo explicar,

no lo entenderías, no es así como yo soy.

Me he vuelto confortablemente insensible”

Confortablemente entumecido (Pink Floyd)

The Wall. Comfortably numb. Columbia Records

¿Representa la protesta social en Colombia el retorno inconsciente a la insurrección de la horda primitiva frente al macho que impone a través de la fuerza los límites pulsionales de la sociedad masificada?

El diario expone en primera página la fotografía de un adulto de edad media apuntando con arma de fuego a una multitud desorganizada que se enfrenta a la policía. El hombre, con denotada actitud agresiva, se resguarda en la complicidad de las fuerzas armadas del Estado, encontrando un “aliado” organizado que representa históricamente la constante de dominación y por tanto de poder que pretende, controlar, inhibir, disminuir y/o reprimir las demandas colectivas e individuales frente a un orden regulador que administra la satisfacción pulsional de las necesidades básicas en un escenario sociocultural de derecho.

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Esta confrontación moderna, manifiesta en pleno siglo XXI, denota la prevalencia latente de los conceptos freudianos expuestos en la psicología de las masas y análisis del Yo, en tanto permite colegir la vigencia de los restos de una horda primitiva y de un hombre inserto en ella, vestigios que se inscriben como huellas en “el alma colectiva” y en la psique individual.

En este contexto, se concibe el conflicto colombiano encarnado en dos bandos. El primero representa la alianza organizada entre el Estado, la política, las fuerzas armadas, un líder todopoderoso y un conglomerado de individuos masificados, caracterizados por un instinto gregario, cohesionado en ligazones pulsionales de meta inhibida en las barreras de un “Otro”.

La inhibición podría condensarse en una frase que determina la presencia de ese Otro, “Dios y Patria”, lema institucional de la policía colombiana que permite entrever la cohesión libidinal de imaginarios situados en una masa, que defiende el ideal de un “protector” personificado a la vez en un líder político que funge como salvador de un caos creado por él mismo e inoculado a través del poder hipnótico que deriva en la sugestión y el contagio de sus seguidores, es decir, de la masa.

Este Padre-Salvador del siglo XXI encarna al macho dominante que ha logrado cohesionar a sus seguidores, su rebaño, su horda, haciéndoles sentir a través de la identificación, la omnipotencia y fuerza que él les representa. La masa se siente fuerte, amada y protegida por su líder. Empero, el líder tan solo requiere de su propia investidura narcisista, de su propio amor; los otros, quienes lo siguen – los primitivos de la masa – son tan solo instrumentos u objetos de satisfacción a sus necesidades, útiles si y solo si responden a las demandas y exigencias que le perpetuarán a él y a su casta en el poder hegemónico.

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El segundo bando representa también una cohesión libidinal, no obstante, ajena a esa casta privilegiada que les reprime, inhibe y subyuga. Su objetivo no es seguir a un líder; su meta se focaliza en derrotarlo, transformando la horda paterna en una  comunidad de hermanos que logra, en términos inconscientes, descargar la angustia inhibitoria de la pulsión sexual impuesta por el padre punitivo y, en términos conscientes, la reivindicación de los derechos sociales e individuales “castrados” por el Estado.

El enfrentamiento entre estas dos masas permite colegir la inmanencia de vestigios de la horda que les habita colectivamente y el ser primitivo que mora en la psique de cada individuo dentro de la masa. Devela, además, la regresión a etapas primarias en la cual la angustia de sentirse desprotegidos se mitigaba con la presencia de la masa cohesionada libidinalmente, ligada e identificada con el líder, contrarrestando de esta manera la angustia, con la sensación ilusoria de completud y omnipotencia.

Ahora, cuando el poder se ha desbordado en excesos de fuerza, dominación y violencia como ocurre en Colombia, la insatisfacción en la masa alienta un pacto entre iguales que deriva en intentos de insurrección a ese orden establecido históricamente, que limita la satisfacción de las demandas básicas de la sociedad actual, siendo reprimidas por un Padre-Estado simbólico, a semejanza del jefe de la horda primitiva que impedía la satisfacción de las pulsiones básicas en la horda paterna.

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Concluyendo, retomo la idea de Freud en la cual señala que la horda paterna fue subvertida a partir del asesinato del padre, erigiéndose de tal modo un nuevo pacto que transforma a la horda en una comunidad de hermanos, supliendo la angustia psíquica a través de descargas pulsionales sustitutivas y parciales, representadas simbólicamente en la cultura.

Finalmente, la estrofa de Pink Floyd que inicia este ensayo recrea a través de la metáfora y la metonimia la vida de un adulto que regresa al pasado, un hombre que lleva consigo los vestigios de la edad temprana, de las ligazones primarias que retornan al hombre y a las masas, al principio angustiante de sentirnos incompletos.

*Jorge Enrique Gómez Ariza, psicólogo y profesor universitario.

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