La huella de los líderes

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Nos reunimos un grupo de columnistas para honrar la memoria de los líderes asesinados y para no permitir que sus historias se pierdan en la costumbre o en el olvido.

Las cifras se olvidan, porque, además de ser distintas, casi siempre son distantes. Pero los seres humanos, vivos o muertos, son historias, verdades, ausencias y afectos.

Desde el 2016, según la Defensoría del Pueblo, han asesinado en Colombia a 627 líderes sociales, 56 de ellos, del 1º de enero al 19 de abril de este año 2020, sumido en la incertidumbre.

Matar a un líder es matar la esperanza de un pueblo; es asfixiar la voz que sirve de puente entre el más vulnerable y quien debería actuar con diligencia para modificar la realidad. Ser reconocido como líder por una comunidad, toma años de trabajo, de convicción y vocación; es una actividad de alto riesgo, de alta respetabilidad y de alta letalidad.

El líder social es casi siempre la única opción que tiene la Colombia olvidada para que alguien la escuche. En nuestro país, los líderes son amenazados, son obligados al desplazamiento o al exilio y están constantemente expuestos a una muerte violenta.

¿Por qué les tienen tanto miedo, tanto odio? Tal vez porque dicen la verdad, porque defienden a los más vulnerados, la tierra, la cultura, los derechos tantas veces incumplidos, por sociedades indiferentes y gobiernos crónicamente incapaces de proteger la vida de los ciudadanos.

Por eso, nos reunimos un grupo de columnistas para honrar la memoria de los líderes asesinados y para no permitir que sus historias se pierdan en la costumbre o en el olvido. Empezó como una propuesta al interior del movimiento Defendamos la Paz y pronto se vincularon más y más voces. Nuestras palabras no van a devolver las vidas apagadas, pero el silencio no era una opción. A partir de hoy, domingo 7 de junio, y durante dos semanas, dedicaremos nuestros espacios de opinión a recordar, cada uno, la vida de tres líderes.

Michel Forst, relator de Naciones Unidas, afirmó en febrero que Colombia es uno de los países más peligrosos del mundo, para ejercer la defensa de los derechos humanos. Y la evidencia nos demuestra que Forst tenía razón.

Es un deber hacer cuanto esté a nuestro alcance para que se respeten los derechos humanos y se cumplan los pactos por la vida y que, algún día, lo que nos lleve a repasar la geografía de nuestro país, no sea escribir sobre el dolor que deja la violencia, sino una invencible celebración por la paz de Colombia.

*Gloria Arias Nieto, columnista de El Espectador. @gloriariasnieto

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