Parecería casi imposible que un país pudiera llegar al 96,2% de pobreza o a un 79,3% de pobreza extrema, pero la Revolución Bolivariana lo logró.

Veintidós años de malas decisiones políticas, económicas y sociales de la Revolución Bolivariana han llevado a la involución de Venezuela. El retroceso evidenciado en los resultados de la última Encuesta Nacional de Condiciones de Vida ENCOVI demuestra que el proyecto político impulsado por Hugo Chávez y materializado por Nicolás Maduro no se limitó solo al desmonte del sistema democrático.

En la famosa juramentación presidencial de 1999, Hugo Rafael Chávez Frías prometía sobre la “moribunda” Constitución de 1961 transformar a Venezuela y lo cumplió. La Revolución Bolivariana convirtió a Venezuela en otro país, desde la campaña electoral de 1998 hasta la llegada del Covid-19. El retroceso político, económico y social hace del caso venezolano uno de los más preocupantes ante los retos que implica hacer frente al desafío en salud pública que hoy agobia a la región.

La Revolución Bolivariana dejó de entregar información sobre indicadores sociales desde el 2006, aludiendo que su modelo de desarrollo no podía medirse bajo los parámetros del capitalismo y que la transformación de Venezuela iría más allá de lo que se refleja en una variación estadística. Lo que, en aquel entonces, parecía una elaboración discursiva para ocultar información, hoy se materializa en la propia incapacidad estatal de levantar los datos y determinar la dimensión del retroceso material de Venezuela.

La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida ENCOVI es una responsabilidad que asumió n un grupo de universidades venezolanas para tratar de llenar el vacío que dejó la falta de información del Estado chavista. La Universidad Central de Venezuela – UCV -, la Universidad Simón Bolívar – USB  – y la Universidad Católica Andrés Bello – UCAB – desarrollaron un ejercicio para diagnosticar las condiciones de vida de la población ante la irrelevancia de un Instituto Nacional de Estadística – INE – subordinado al oficialismo.

Los resultados podrían ser peores y, de hecho, lo serán. El caso venezolano es uno de los pocos que no tiene límite de descenso. En Venezuela, siempre se puede estar peor, una dura lección que se evidencia en los resultados de la ENCOVI. Parecería casi imposible que un país pudiera llegar al 96,2% de pobreza o a un 79,3% de pobreza extrema, pero la Revolución Bolivariana lo logró. Incluso en solo ocho años, entre 2012 y 2020, se pasó del 8,2% a un 79,3% de los venezolanos sin capacidad para cubrir la canasta de alimentos. Esto no es el resultado de una mala gestión o la consecuencia de las sanciones internacionales como suele argumentar el presidente Maduro. Es un resultado tan estrepitoso que únicamente puede ser la consecuencia de acciones deliberadas.

Todos los tipos de pobreza son alarmantes en el caso venezolano: pobreza ingreso, 96%; pobreza consumo, 68%; pobreza reciente, 54% y pobreza crónica, 41%. Venezuela superó en pobreza a Haití y, en materia del coeficiente de Gini, que mide la desigualdad, con 51,0, a Colombia, que registra 48,3. Venezuela se ha convertido en el país más pobre y el segundo en desigualdad en América Latina, solamente superado por Brasil.

La principal consecuencia de este panorama es que aquellos que “han nacido entre 2015-2020 vivirán 3,7 años menos a lo pronosticado según las proyecciones oficiales.” Venezuela es el único país del continente americano que presenta un retroceso en la esperanza de vida. En el estado nutricional de los menores de cinco años, la encuesta refleja que el 30% de los niños presenta desnutrición crónica o talla baja y 28% riesgo de talla baja. En otras palabras, más de la mitad de los niños venezolanos no tiene una nutrición normal o adecuada, lo que tendrá un efecto en el largo plazo de la nación vecina.

Se creería que, ante una situación tan calamitosa, sería inminente la caída del régimen chavista encabezado por Nicolás Maduro y, en efecto, ningún gobierno democrático podría sobrevivir después de una gestión con estos resultados. Pero Venezuela, desde hace años, dejó de ser un Estado democrático, incluso su propia noción de Estado se encuentra entredicho.

La Revolución Bolivariana desmontó el sistema democrático, causó la ruptura del monopolio de la fuerza, perdió el control territorial, destruyó el sistema económico, colapsó la infraestructura de servicios públicos, arruinó el sistema de asistencia social, sumergió al país en una emergencia humanitaria compleja y prolongada, causando el éxodo de más de cinco millones de venezolanos y un desplazamiento interno del que no se tiene una dimensión clara.

Este panorama apocalíptico no puede llevar a pensar que el régimen chavista se encuentra en sus últimos extractores. Por el contrario, la Revolución Bolivariana parece estar dispuesta a sacrificar al país para permanecer en el poder. De hecho, ha instrumentalizado la crisis económica, la emergencia humanitaria, la misma diáspora y hasta el colapso de los servicios públicos, para controlar el Estado, someter a la población y doblegar a la oposición.

Si bien las sanciones internacionales han limitado el margen de maniobra del chavismo y han restringido su movilidad, también es cierto que son sus alianzas extra regionales y socios no democráticos los verdaderos favorecidos, dado que logran sacar un mayor beneficio de un régimen dispuesto a feriar los recursos del país y a aceptar relaciones asimétricas por apoyo.

Del otro lado, las cosas no son alentadoras. Ante una situación tan nefasta se suma que la oposición se encuentra en su peor momento desde 2002. El gobierno encargado de la transición, en cabeza de Juan Guaidó, no tiene la capacidad de producir un cambio, pero tampoco parece factible que, de darse el dicho cambio, tenga la capacidad para hacerse cargo de una nación devastada. Su discurso se estancó en los señalamientos al régimen y se desconectó de las bases sociales, permitiendo que la oposición colaboracionista encuentre espacios para secuestrar sus banderas políticas. No solamente son las estratagemas del chavismo para apropiarse de los partidos de la oposición; los que están cambiando de bando se identificaban y se identifican como “opositores”.

Aunque la oposición tiene apoyo internacional, aún debe explicaciones a los sectores demócratas por la operación Gedeón y las actuaciones de Leopoldo López, empezando por Colombia. No se puede confundir el apoyo a la democracia con permisividad e instrumentalización del Estado colombiano por sectores radicales de la oposición venezolana.

La Revolución Bolivariana ha causado la involución de Venezuela y el régimen chavista parece dispuesto a materializar sus pretensiones totalitarias aprovechando las herramientas de control social que se dan en el actual contexto de pandemia mientras una oposición menguada no logra articularse para hacer frente a esta nueva arremetida. Surge la pregunta: ¿cuál es la estrategia del Estado colombiano, no sólo de su gobierno sino del Estado, para convivir con una Venezuela bajo estas condiciones y ad portas de una crisis regional por el Covid-19?

Ver: La Involución Bolivariana

*Ronal F. Rodríguez, @ronalfrodriguez, profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

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