La libertad de censura

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La censura, que desde la época de la colonia fue siempre una forma larvada y recurrente de gobernar y de hacer política, no se expresaba sólo en los métodos de persecución clandestina y dictatorial.

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Le cuestionan el gobernar por Twitter, lo que es una forma larvada de mandarlo a callar.  Ante cada interpelación o demanda de rectificación por parte del Gobierno frente a sus explosivos titulares, a sus noticias falsas, a sus injurias o sus calumnias; se escandalizan, denuncian que la libertad de prensa está amenazada, y que la sombra de la censura y de la dictadura se cierne sobre el país.  

El desbordamiento de la gran prensa, en cuyos medios trabajaban también connotados periodistas independientes, que eran consentidos y tolerados por el antiguo régimen, porque sus plumas, en su mayoría, más que conservadoras, eran liberales, y más que reaccionarias, eran alternativas o simplemente democráticas. Como no representaban un peligro, sino, por el contrario, contribuían a dar un tinte democrático a un régimen violento, narco-paramilitar, clasista, racista y profundamente desigual; los presidentes del establecimiento no se inquietaban, y descansaban tranquilos en sus aterciopeladas mecedoras. No obstante, detrás de las apariencias democráticas, la prensa de izquierda, Voz proletaria entre ella, que más que mínima, parecía clandestina, y junto a la prensa alternativa o independiente, era duramente perseguida, y algunos periodistas que se atrevían con sus denuncias a pasar la raya, eran implacablemente perseguidos, chuzados, amenazados, asesinados o forzados al exilio.  

La censura, que desde la época de la colonia fue siempre una forma larvada y recurrente de gobernar y de hacer política, no se expresaba sólo en los métodos de persecución clandestina y dictatorial. La censura en Colombia ha sido histórica y estructural. El control de la interpretación de la realidad, a través de lo que el filósofo alemán Friedrich Hegel (1770-1831) llamaba mediación, se ha vuelto el eje central del poder y de la manipulación política del conjunto social. La gran prensa colombiana -El Espectador (1887); El tiempo (1911); El Colombiano (1912); El Siglo (1936), ahora Nuevo Siglo-, que se originó o constituyó en casas de familias prestantes, en su orden: la familia Cano, la familia Santos, la familia Gómez Martínez, la familia Gómez Castro; más que casas editoriales, parecían directorios de los partidos políticos tradicionales, el liberal y el conservador. No era un secreto, la opinión pública se construía desde sus plumas, desde sus logotipos y desde sus páginas. La iglesia y la radio hacían y todavía siguen haciendo las veces de altoparlantes de la guerra mediática interpartidista que muchas veces terminaba en el parlamento, en el campo o en la calle; a puños, a machetazos, a cuchillo, a pistola, a granada y a fusil.   

No es que toda la prensa sea aliada de los grandes poderes económicos, ni que toda la prensa, como caballo con anteojeras, marche al unísono del régimen anterior, no. Debido a que hay una prensa y unos periodistas que se la jugaron como Antonio Nariño por la independencia –que era el primer significado de la libertad en general, y de la libertad de prensa en particular-, es que se ha producido, junto a la participación decidida y masiva del pueblo, un cambio histórico del poder político en Colombia: «Nadie le va a impedir a los medios expresarse con libertad, pero (tampoco) nadie nos quitará nuestra libertad y el mismo derecho» – declaró el presidente Gustavo Petro

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No es nueva la censura ni la guerra mediática contra la izquierda en Colombia, ha sido recurrente y permanente. Lo nuevo es que esa guerra se ha intensificado con la llegada del Pacto histórico al poder. Dicen que lo primero que muere en una guerra es la verdad, y esa guerra la ha desatado, de manera desesperada, desbordada y grosera, la gran prensa corporativa colombiana. Es cierto, «Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante», escribió el periodista polaco Ryszard Kapuściński (1932-2007). Los medios que pertenecían a las grandes familias políticas, fueron adquiridos paulatinamente por empresarios consentidos del régimen. Es por eso que los nombres de los grandes periódicos y de casi todas las grandes revistas, de las cadenas radiales y de los canales de televisión más vistos del país, pertenecen ahora a los grandes grupos económicos: Sarmiento Ángulo, Santo Domingo, Ardila Lülle y los Gilinski. Con el desarrollo del narcotráfico, los dineros lícitos e ilícitos hicieron de la política nacional una olla aún más podrida de tráfico de influencias y de corrupción. De esta manera, los partidos tradicionales vieron diluidas sus desprestigiadas identidades, tanto así que los godos y los fascistas dejaron de ser entonces los viejos conservadores laureanistas, para ceder el galardón a los neoliberales paraco-uribistas.  

Los tiempos cambiaron, antes la gran prensa llamaba noticia a su exclusiva opinión, ahora llama noticia a su explosiva tergiversación: «No hagas por la fuerza lo que puedes alcanzar por la mentira», parece ser la táctica maquiavélica de la llamada oposición. La prensa corporativa se ha erigido, entonces, como la campeona de la manipulación y la faraona indiscutible del clic y la desinformación. No obstante, ella suele mostrarse como la Manuela Beltrán de la lucha por la libertad de prensa, o como la Policarpa Salavarrieta del combate contra la censura. Paradójicamente, es esa misma prensa la que calla cuando se persigue a los periodistas y medios independientes o alternativos; es esa misma prensa la que cierra los ojos cuando se allanan sus instalaciones; es la misma que complaciente, ve normal que en las ruedas de prensa de la Fiscalía General de la Nación, haya reiteradamente periodistas de medios independientes vetados y excluidos.  

Se habla mucho de la libertad de expresión, pero se le deslinda de su premisa que es la libertad de pensamiento. La adscripción a intereses políticos o económicos corporativos, cuando no se demuestra rigurosidad e independencia en la labor periodística, crea dudas en torno a la libertad de pensamiento y en torno a la libertad de expresión. La información o la noticia, cuando genera suspicacias por falta de rigor y objetividad, no hace más que develar un permanente conflicto de intereses que termina minando la credibilidad y afectando a la sociedad. No creo que sea por los cuestionamientos del nuevo gobierno a la prensa opositora que la libertad de prensa esté en peligro. La crítica objetiva y educada a lo que dice o escribe la prensa, es una expresión saludable y necesaria de la democracia. Por el contrario, la solidaridad a ultranza y de cuerpo de los grandes medios contra los desbordamientos de la prensa, muchas veces cohíbe la crítica, la transparencia y el derecho de la ciudadanía a la defensa y a la opinión. Lo que amenaza ahora la libertad de la prensa, no es la crítica pública a su labor, sino que se abandone la independencia y el rigor periodístico. Y no se trata de exigir imparcialidad, porque esta – en mi opinión -, es una de las formas de la diplomacia y de la hipocresía; porque la objetividad y la veracidad no son imparciales ni en el periodismo, ni en la ciencia, ni en la vida. Es por eso que si la libertad de prensa – cuya esencia es el descubrimiento y la difusión de información de manera independiente, objetiva y veraz -, está amenazada; por lo menos, hasta ahora, lo está, más que por el nuevo gobierno, por aquellos medios corporativos y partidistas que, alineados con la oposición de la extrema derecha, y ahora con la Fiscalía y la procuraduría general de la nación, crean y difunden información sesgada y mentirosa. No es gratuito, el escenario mediático de ahora, parece un juego de ping-pong, donde mientras los medios alternativos e independientes desmienten, la gran prensa opositora, miente. El daño político, económico y psicológico que, con la desinformación y la manipulación mediática de la realidad, la prensa corporativa colombiana le hace al conjunto de la sociedad y de la nación, es sin duda alguna, inconmensurable. 

En su afán de atacar al presidente y de proteger a la prensa aliada, la Fiscalía General de la Nación, desde el anterior gobierno participaba de lleno en el juego de la censura con las cartas marcadas. Solo que ahora, vestida descaradamente de oposición, se inventó unos dispositivos jurídicos para proteger la inviolabilidad y el secreto periodístico de las fuentes. Pero lo hace de manera sesgada, tardía y oportunista. La misma fiscalía, que ordenó meses atrás allanamientos a Noticias Uno y a la Revista Cambio en pos de fuentes periodísticas, es la misma que ahora pretende proteger las fuentes de los medios adscritos al partido político de sus preferencias ideológicas y políticas. No cabe duda, huérfanos de poder, lo que realmente sienten amenazado, limitado, y en parte perdido los voceros del antiguo régimen colombiano, es su libertad económica y política de censura. 

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*León Arled Flórez, historiador colombo-canadiense.

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