La mujer que llegaba a las diez

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Cuando llegué a mi apartamento, me dio curiosidad por buscar en qué había terminado todo y encontré en un corto video que se había graduado con honores de una importante universidad.

Son las diez de la noche. Sobre mi escritorio hay una caja de cerillas y cigarrillos y varias monedas dispersadas que han sobrado del viaje del metro que tengo que hacer a diario. Una intempestiva ráfaga de viento se cuela por una de las ranuras de la ventana; estoy tumbado sobre la cama fumando y miro la puerta por donde hace algunos minutos ha salido una mujer de unos treinta años quien ha venido a traerme varios manuscritos para que se los corrija porque está a punto de graduarse en no sé qué cosa.

Es una mujer alta y morena que aún conserva cierto aire de elegancia; vestía un jersey de color azul acompañado de una falda ajustada tipo ejecutiva. Pienso que esta mujer en alguna época pasada con algo de suerte debió ser actriz de cine o televisión. Casi nunca mira a los ojos. Nuestra relación es estrictamente profesional. Viene a estos apartados lugares porque, según sus amigas, soy bueno en lo que hago: corregir, redactar textos para otros. No sé si eso será cierto; me es indiferente. Lo que otros odian hacer yo lo disfruto.

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Estaba a punto de encerrarme en mi estudio cuando tocó suavemente la puerta como lo hace la gente decente. Entró casi de forma imperceptible. Hubo un instante de silencio cuando recorría la sala con dejo de preocupación; cruzándose de piernas, se sentó en el sofá y con voz susurrante inició una perorata donde incluía frases como experticia, organización, éxito, estrategia. Yo la escuchaba en silencio. Permanecimos sentados varios minutos bajo la atmósfera de una bombilla que despedía una luz amarilla. Seguía escuchándola atentamente como confesor medieval y, al final, le ofrecí  una copa de vino. Por primera vez, por encima del cristal me miró a los ojos. Al fondo el gramófono rebobinaba perezosamente sobre el acetato la sexta sinfonía pastoral de Beethoven. Tomándose el primer sorbo preguntó: ¿Mozart? No, le respondí; con mirada de súplica pero con cierto aire de superioridad – vi que era una mujer acostumbrada a dar órdenes – se acercó y me explicó en “forma ejecutiva” como ella le llamaba lo que quería con el documento. Después siguió hablando y se metió en una especie de monólogo que finalizó mandando al carajo a la persona que la institución de educación superior le había colocado como acompañante.

Mientras se desahogaba despachándose contra esa persona, yo repasaba el mamotreto página por página y noté que era un borrador. Tenía varias anotaciones al margen, párrafos resaltados, flechas, líneas curveadas de arriba a abajo como las que hacían los escritores de la vieja guardia. Al final de la “asesoría”, como ella le llamó, hizo una breve venia y se despidió. “Es necesario que la acompañe a tomar el metro”  – le dije – con fina cortesía. Rechazó mi ofrecimiento. Las primeras gotas de lluvias tamborilearon con más fuerza sobre el ventanal. En la habitación contigua, mi vecino escuchaba una y otra vez un estridente ritmo mezcla de reguetón y urbana. Noté que el ruido de esa melodía alcanzó a incomodarla. Cuando se despidió, dijo de manera sutil que quienes escuchaban eso eran unos salvajes. La verdad no supe qué decirle. El gramófono ahora rebobinaba la sinfonía número dos de Brahms.

Cuando ella salió reinaba un silencio. El olor de su costoso perfume se había mezclado con el humo del tercer cigarrillo que yo había encendido. Tumbado en el sofá pensé mucho en esa mujer que a esa hora tenía que coger seguramente el metro que se desplazaba como un gran gusano articulado recorriendo las relucientes autopistas con sus vagones atiborrados de personas que, en silencio, sentadas o de pie regresaban de sus trabajos, algunos con cara de aburrimiento, de cansancio, otros metidos en sus pantallas digitales.

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En días pasados leí la historia de una mujer que vivía hiperconectada al mundo virtual y había caído en una profunda depresión al no saber qué hacer con su vida cuando uno de esos colosos digitales la había desconectado de esa realidad. Después de varias horas, cuando se restableció la conexión, dicha mujer en estado de euforia propinaba besos a su tableta. El colectivo digital al cual pertenecía prorrumpió en vítores de júbilo cuando se restableció el servicio. A la mujer que me había visitado esta noche le tocaba experimentar de regreso a su hogar lo que viven a diario las miríadas de almas en esta metrópoli: viajar apretujados en esos vagones como sardinas enlatadas, comer, dormir, trabajar. En esa especie de círculo, se les va la existencia, su paso por este planeta azul. Alguna vez viajando en ese mismo metro vi a un hombre que ocupaba la silla delantera de uno de esos vagones fijar su lánguida mirada sobre los desiguales edificios parecidos a una película virtual que pasaban fugazmente por la ventanilla. Tenía un tic nervioso en sus manos; con sus dedos contaba todo el tiempo cosas imaginarias o los edificios que acababan de pasar por su retina. Este hombre, con un poco más de imaginación, podría ser director de cine o de una película – pensé – porque ellos, los directores de cine pueden ver los detalles, cosas, sucesos que los demás mortales obviamos.

Pasaron varias semanas en las calendas y la mujer que llegaba todos los días a las diez no regresó. Un día estaba sentado en la soledad de un parque terminando de leer “Si te dicen que caí”, la sórdida y electrizante novela de Juan Marsè, cuando levanté la mirada, vi que llegaba con un niño que trataba de acomodar sobre un carrusel multicolor donde permanecían atornillados varios ponis elaborados en fibra de vidrio. A su lado un perro “de marca” roía un hueso artificial. Desde allá, me me hizo un ligero saludo; yo se lo respondí. Seguí metido en mi lectura escuchando todo a mí alrededor. El perro que seguía jugando y ladrando, el ruido del carrusel que arrancaba a girar, el autobús que frenaba y vaciaba a los pasajeros, el vendedor de chuchería que ofrecía sus productos.

Cuando llegué a mi apartamento, me dio curiosidad por buscar en qué había terminado todo y encontré en un corto video que se había graduado con honores de una importante universidad. En un lacónico y emotivo discurso enviaba palabras de agradecimiento a todo el mundo. Mi nombre no apareció por ningún lado. La verdad, no tenía la intención que me nombrara; igual, como me dijo la última vez que nos encontramos, me “pagaba bien” por el trabajo que le había hecho. Me sentí un poco incómodo cuando dijo “pagar”. No tenía ninguna pretensión que me incluyera en sus palabras de agradecimiento; ése era mi oficio. Si ése fuese el asunto, ya tendría al menos diez títulos académicos, porque la mayoría de las veces me ha tocado estudiar por ellos. Cuando cerré la tapa del libro escuché a mis espaldas una voz convertida en susurro: – ¡hola, usted es la persona que corrige los textos! -. Volví la mirada y vi que era una joven de cabello rizado de mejillas sonrosadas que permanecía metida en un enterizo parecida a la muchacha de las bragas de oro de la obra de Marsè. La joven que me interrogaba tenía mirada de inocencia, no como la diablilla de la novela de Marsè. “Sí, soy yo” – le respondí -. “Necesito que me corrija este texto” y me largó varios rollos de papel amarillentos y estropeados por el sudor de sus manos. Nuevamente le quedé mirando y le dije sin apartar mi mirada de sus pómulos tapizados de pecas. “Mañana nos vemos a las diez”. Sin mediar palabra, se alejó en la distancia con sus manos metidas dentro de sus bragas. La mujer y el niño ya se habían alejado; el carrusel de caballos artificiales seguía girando solitario.

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*Ubaldo Díaz, sacerdote. Graduado en Filosofía y educación de la Universidad Católica de oriente. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB Barrancabermeja. Años 2018 -2019

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