La pasión de los inquisidores

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Cada vez se hace más evidente en ellos el abandono de la información para dedicarse a la oposición, y en esa tarea, no parecen escatimar esfuerzos.

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Con declaraciones apresuradas del presidente de la República, e infortunadas de algunos ministros y parlamentarios de la coalición de gobierno; debido, sobre todo, al afán de protagonismo de estos, a la imprudencia, y a la falta de experiencia, propia de todo nuevo gobierno; se ha dado papaya. Los grandes medios de comunicación colombianos, que son privados, que no perdonan, y que además perdieron las elecciones, pues siempre estuvieron alineados con el viejo régimen; parecen renuentes e incapaces de informar de manera objetiva e imparcial sobre las acciones y políticas del gobierno de Gustavo Petro. Cada vez se hace más evidente en ellos el abandono de la información para dedicarse a la oposición, y en esa tarea, no parecen escatimar esfuerzos, ni recursos, ni momentos, ni espacios, para caerle, y cuestionar el gobierno.

La técnica de los grandes medios es simple y lapidaria: se toman discursos, imágenes, documentos nuevos o viejos, o declaraciones del gobierno para editarlas, descontextualizarlas y distorsionarlas. Sin importar que el presidente haya aclarado o controvertido la información en cuestión, algunos medios la agrandan, y siguen difundiéndola como si nada. La única verdad que parece servirles es el rating, los likes, o los comentarios buenos y malos de la audiencia; es decir, el éxito de la difusión del escándalo o de la noticia que descubrieron o inventaron.

De lunes a viernes, todos los días, sobre todo en la franja que va de 6 a.m., a 7 a.m., Caracol Radio destroza al gobierno, y muchas veces lo hace de manera insolente, grosera y agresiva; luego en la tarde, en los primeros treinta minutos de un programa de mal humor, se repite, sin bronca disimulada, la dosis. Más tarde en la noche, hacen debate con opinadores, en su mayoría identificados con el antiguo régimen, para que despotriquen sobre las noticias y los escándalos, que, desde la mañana, los otros programas han lanzado y amplificado en las redes y en las tendencias mediáticas, dirigidas a una población inerme que mantienen erizada. Las otras emisoras y medios cumplen más o menos el mismo libreto. Ni siquiera con Santos, al que por el proceso de paz con las FARC le declararon la guerra, se había visto tal nivel de agresividad.

No se trata a las claras, de la sed por la chiva, o de una competencia sana por la información. Mucho menos se trata, del afán altruista de la prensa en torno a que la ciudadanía esté bien informada, ¡no! Todo parece un déjà vu, un más de lo mismo repotencializado, de lo que le pasó a Gustavo Petro en la alcaldía de Bogotá: se trata, nada más ni nada menos, de una campaña de desprestigio, que en medio de los tiempos electorales que se avecinan, busca impedir el ascenso del Pacto Histórico en las regiones. La idea es cuestionar, tergiversar y sabotear, para frustrar las reformas que se propuso el presidente de la República. El epílogo de ese guion, sobra decirlo, pretende una cosa: tumbar a Petro.

La derecha colombiana parece sorda y ciega, no aprendió de la fracasada intentona golpista de Trump en Estados Unidos, ni de la de Añez en Bolivia, ni de la de Bolsonaro en Brasil, y, por supuesto, tampoco de la del fujimorismo con Boluarte en el Perú. La tormenta acabó, pero ellos siguen con la cabeza metida en la arena. No se dan cuenta de que, con el tiempo, el maquillaje daña la piel, endurece la arruga, deteriora la imagen y termina develando la edad, la barriga, las canas y el verdadero rostro. La orfandad del poder, de los que se creen propietarios del país, ha llevado a la oposición y a la gran prensa al delirio: ese estado mental, paranoico y desmesurado que causa confusión, desorientación, y que no deja pensar ni recordar con claridad a la gente. Las reformas económicas, políticas, sociales y ambientales que plantea el nuevo gobierno para sacar al país del abismo, del saqueo, de la guerra y del atolladero en que lo dejó el anterior régimen, son mostradas como un apocalipsis, como una catástrofe que amenaza el supuesto paraíso en que, según ellos, vivía el pueblo colombiano.

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La libertad de prensa, desde Manuel del Socorro Rodríguez (1758-1819) y Antonio Nariño (1765-1824), precursores del periodismo colombiano, estuvo intrínsecamente ligada a la lucha por la independencia y la emancipación social del país. La noción de libertad, a pesar de su ambigüedad, históricamente no opera en abstracto, ni funciona aislada. Desde la Francia revolucionaria de 1789, la Liberté, égalité et fraternité, no era una consigna gratuita; la noción de libertad estaba ligada a la igualdad y a la fraternidad social y humana. La gran prensa colombiana, reclamando una libertad exclusiva y excluyente, ha disociado la noción de libertad, de las nociones de igualdad y de fraternidad. He ahí las raíces de la incomprensión y de la oposición; he ahí las causas de los desafueros, y de su aversión con las reformas sociales, políticas y económicas del nuevo gobierno.

Pregunta: ¿Quién más que el presidente tiene el derecho y la obligación de aclarar los infundios y de responder a los interrogantes y denuncias de la prensa, sobre todo cuando se trata de cuestionar a su gobierno? Demandar en ese contexto tolerancia al presidente Petro, cuando este último cuestiona o desnuda la falta de objetividad o la veracidad de lo que la gran prensa difunde, es una forma grosera de mandarlo a callar.

No se trata de pedir a la prensa que mire a otro lado – como era la usanza de la gran prensa en el anterior régimen -, cuando el gobierno actual equivoca sus cálculos, o la embarra en sus nombramientos y pronunciamientos, ¡no! Toda crítica expuesta objetivamente, sin cizaña o sin sesgo, es necesaria y constructiva. Cosa distinta es hacer oscuras las cosas claras, y distorsionar el programa, las intenciones, el accionar, y en particular las reformas sociales del gobierno. Atacar a ultranza y sin mesura todo y a toda hora; lo que hace, dice y se les ocurre que debió hacer o no hacer el gobierno; no busca sino enfurecer la gente, para generar el caos e insubordinar el país.  

Decirle a la gente que las reformas del gobierno son para afectar la vida y el bolsillo de los colombianos; que son para destruir el país, no es más que una forma de mentir, de desinformar y de manipular a la opinión pública. Si el carácter privado del monopolio o del oligopolio restringe la libertad económica y de empresa, el carácter privado del monopolio o del oligopolio de la gran prensa, también restringe la libertad de información y de expresión. Razón tiene la senadora Piedad Córdoba al reclamar por un debate en torno a los abusos de la gran prensa, y en denunciar la asimetría de esta, con los medios públicos y con los medios alternativos de información. La libertad, cualquiera que sea, es un sofisma de distracción si no está basada en la igualdad de derechos, sociales y políticos. La libertad de prensa no puede ser un argumento para mentir o para distorsionar la información. El periodismo debe ser un oficio democrático, objetivo, independiente y riguroso, de información y de-liberación; y no el vocero político de un régimen derrotado, que finge respetar la democracia o la libertad de prensa, solo cuando gana las elecciones.

No obstante, el gobierno no debe desgastarse en controvertir tanta mentira, tanta injuria, tanta calumnia; por el contrario, debe centrarse en acelerar, en hacer aprobar y, sobre todo, en ejecutar las reformas sociales y políticas prometidas. Solo entonces, no se acabará, pero cambiará de foco la diatriba, al cambiar también la asimetría del poder y de la información.

No resulta fortuito, que en medio de la pugna y de la controversia; que, en medio de la maraña de información y desinformación, haya gente que parece no tragar entero: ¡Tenemos el mejor presidente – dijo con indignación una oyente en la W- radio a Julio Sánchez Cristo (01-02-2023) -, y el problema de los medios, agregó la señora, es que tenemos el mejor presidente!Es precisamente por eso, digo yo, que, aunque les queda de para arriba, y el pueblo no lo va a permitir, a Petro lo quieren tumbar. Por eso mismo, no se puede olvidar que la tolerancia; esa que le reclaman al presidente para callarlo, es – como escribió Silvio Rodríguez -, ¡la pasión de los inquisidores!

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*León Arled Flórez, historiador colombo-canadiense.

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