Hoy, tal como habría de suceder en el mítico Macondo de Cien años de soledad, Colombia padece una condición muy parecida a la peste del insomnio degradada a su expresión más lamentable: la peste del olvido.

En los primeros años después de su fundación, Macondo sufrió la que sería una de sus primeras tragedias que afectarían a todos los habitantes del pueblo: la peste del insomnio.

Macondo empezaba a conocer las primeras luces de un esplendor, que muchos años después de que el fundador José Arcadio Buendía llevara a su hijo Aureliano a conocer el hielo y que los pobladores se obnubilaran con el imán, aquel artilugio que el gitano Melquiades daría en llamar la octava maravilla de los alquimistas de Macedonia, habría de traer avances inimaginables, como el tren amarillo que venía del otro lado de la ciénaga, el telégrafo con el cual serían conocidas las noticias de las tantas guerras estériles que libraría el coronel Aureliano Buendía en contra de los conservadores y el sortilegio inusitado de los instrumentos musicales de Pietro Crespi.

Pero, con la llegada de Rebeca desde Manaure, acompañada por un talego cargado con los huesos insepultos de sus padres, llegó para quedarse la peste del insomnio, la cual en principio el patriarca José Arcadio Buendía vería con buenos ojos, ya que suponía que “así nos rendirá más la vida”. La peste ingresó a Macondo a través de la casa de los Buendía y, en poco tiempo, se propagó por todo el pueblo.

Imagen: colombiainforma.info 12/12/2017

En principio, la situación no parecía tan alarmante, salvo por la fatalista sentencia de la india Visitación, quien advirtió que lo más temible de la peste no era la imposibilidad de dormir, sino su “inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido”.

Tal sería la magnitud de la tragedia del olvido, que los habitantes de Macondo habrían de marcar cada cosa con una inscripción en papel con el nombre y la utilidad del objeto para reconocerlo y saber cómo y para qué servía, hasta que el olvido en sus más infinitas posibilidades habría de llevarse para siempre y sin remedio alguno, la utilidad de esta forma de memoria cuando se olvidaran los valores de la letra escrita.

Hoy, tal como habría de suceder en el mítico Macondo de Cien años de soledad, Colombia padece una condición muy parecida a la peste del insomnio degradada a su expresión más lamentable: la peste del olvido.

Deliberadamente hemos optado por olvidar nuestras raíces y las causas de nuestros conflictos y emprendimos casi sin remedio el camino ruin de entender nuestro pasado de la manera como han querido enseñárnoslo los dueños y señores del país de marras.

Este arbitrario desenfado de esta ciudadanía indiferente por conocer su propia historia nos ha llevado a evitar hacer una mirada profunda hacia el pasado para comprender que la actual crisis social, política y militar de la cual somos actores, testigos y víctimas no ha sido el resultado de una disputa civil que nos afecta desde hace cincuenta años como lo han querido hacer entender algunos.

Tampoco es producto de la guerra de guerrillas iniciada en los años cincuenta, no por unos campesinos reclamantes de los más básicos derechos fundamentales para su comunidad, sino por un  Estado oprobioso y malintencionado que, como respuesta a estos reclamos, se despachó con temerarios y aleves bombardeos sobre la población civil inerme y desprotegida; tampoco es el resultado del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, quien desde una escueta tarima de madera inició el fuego que algún día pretendió prender la antorcha del empoderamiento ciudadano y esta a su vez fue aniquilada para siempre con el asesinato del caudillo.

La génesis del conflicto va mucho más allá de acontecimientos lúgubres y escabrosos como la Masacre de las Bananeras o la disputa entre los partidos Liberal y Conservador en la guerra de los mil días. Desde luego, las incontables guerras civiles acontecidas en nuestro territorio en el siglo XIX tampoco son una causa de nuestro conflicto actual, sino más bien se presentan todos estos hechos como los resultados inevitables y el forzoso desenlace de las verdaderas simientes de esta vorágine de acontecimientos plagados de mezquindad y desdén por el futuro mismo de esta sociedad.

Las razones que nos llevaron a estos niveles de envilecimiento y deshumanización, no solo del conflicto sino de la sociedad toda, provienen de los malos manejos con que fue concebida desde el primer momento nuestra historia republicana hace exactamente doscientos años en los que por primera vez, después de más de trescientos años de yugo colonial, opresión y esclavitud, nos sentimos falsamente libres.

Aquello que los libros de historia conocen como la Patria Boba se prolongó en el tiempo hasta nuestros días, sin saberlo, o lo que es peor, sin querer entenderlo de esta manera.

Liberados del yugo, la sociedad colombiana, incipiente e inmadura, empezó su carrera republicana creyendo que la consecución del fortalecimiento como nación y  la toma de su propio poder autónomo, se circunscribía casi exclusivamente a la lucha por el territorio, entendido este como fuente natural de riqueza y, por ende, de poder, usufructuada esta riqueza por las familias favorecidas por el azar de pertenecer a esa élite emergente y acomodada, debidamente alineada con el poder de la Iglesia Católica y de esa casta envanecida por los espejismos de la cultura europea que nos llevó indefectiblemente a presumir de una falsa semejanza con aquellos, renegando eternamente de nuestra propio acervo cultural inmaterial. 

Desconocedores como éramos en 1819 de las maneras de sostener una república, la sociedad toda, casi de manera inevitable quiso imitar toda la pompa reflejada en los espejos de esa Europa monárquica y de buenas costumbres que nos habían echado en cara de marras, mientras centralistas y federalistas se disputaban el dominio del país, pasando por alto tratar de emular también el modelo educativo y cultural de la Ilustración europea, de los grandes pensadores, de los vastos avances culturales y científicos y el desarrollo de las artes como vehículo para establecer una verdadera identidad y forjarse un real lugar en ese mundo en ebullición del siglo XIX.

Fue en este momento histórico en el que deliberadamente esta nación floreciente e inmadura tiró por la borda los retazos de cultura e identidad que le quedaban y decidió desechar para siempre y dejar de lado el verdadero pilar que puede realmente sostener a una sociedad en desarrollo: La Educación.

Obnubilados por las maravillas de nuestro territorio recién adoptado, las clases dirigentes de aquella época, presas de la ambición pero sobre todo de la inexperiencia en las artes de gobernar, iniciaron la absurda confrontación y lucha por el poder que dos siglos después aún se mantiene, generando serísimos conflictos de desigualdad y exclusión.

Esta desigualdad hoy persiste y aun con más rigor. Los grandes centros de desarrollo se concentraron en las grandes ciudades, relegando a los campos y a las actividades agrícolas a un inmerecido segundo plano, desconociendo de tajo la vocación agrícola de las mismas tierras por las que se empezaron a matar de manera sempiterna unos con otros hasta nuestros días y condenando a la población campesina a un eterno aislamiento del mundo.

Allí, hace doscientos años, a propósito de la equívoca celebración del Bicentenario, – equívoca porque muy en contra de lo que rezan los libros de la historia colombiana jamás encontramos la manera de emanciparnos de los verdaderos verdugos de nuestra sociedad como son la exclusión, la pobreza y la desigualdad – allí, hace doscientos años, a alguien se le olvidó que una sociedad desarrollada y madura se construye desde sus bases y sus cimientos.

Nuestras clases dirigentes, desde aquellos lejanos días de 1819, olvidaron o simplemente quisieron relegar al ciudadano de la calle, al ‘sinnombre´ de pies descalzos, al niño sin esperanzas ni futuro, a los jóvenes sin oportunidades, a las madres de familia condenadas al destierro de una sociedad misógina; decidieron con una intención mucho peor que la mezquindad que las clases más vulnerables de la sociedad no serían dignas de ser beneficiarias de los derechos fundamentales que sólo están contemplados en ese papel, a veces justo, a veces inicuo, que es la Constitución Nacional.

A ellos, a esa clase política alevosa y arrogante les cayó la peste del olvido para desterrar de su memoria y de su conciencia a las bases populares, que paradójicamente son quienes con su voto les han sostenido a perpetuidad en el poder. Y a estos últimos también la peste del olvido ha tocado su puerta y ha entrado para quedarse. Olvidamos nuestro pasado y nuestra historia y lo que es peor, olvidamos nuestros derechos.

Olvidamos ser una ciudadanía exigente con los servidores públicos y borramos de nuestra memoria la noble intención de servir al prójimo. Olvidamos que los centros educativos, escuelas y universidades no deberían ser centros de imposición de conocimientos en ocasiones vacuos, sino aulas de exploración y descubrimiento de nuevos talentos, de nacientes pasiones por el arte, por la música, por la ciencia.

Condenamos al olvido la certidumbre de sabernos protegidos por un Estado dispuesto a reconocer el derecho fundamental a la salud de todos sus habitantes, sin necesidad de recurrir a la deshonrosa mendicidad por una pastilla genérica.

Olvidamos también que la mejor profesión no es la que más réditos económicos proporcione, sino la que se hace con pasión y entrega, la que se ejerce cada mañana sin el remilgo cotidiano de levantarse de la cama a entregar su tiempo y su vida a un trabajo ingrato y mal pagado.

Olvidamos de qué estamos hechos. Olvidamos nuestra razón de ser y existir como conciencia colectiva y terminamos convertidos en una sociedad callada ante los desmanes y atropellos de una dirigencia abusiva. Olvidamos que lo último que puede permitirse una sociedad es renunciar a su futuro de bienestar para todos y cada uno de sus habitantes, sin discriminación ni exclusión alguna.

Esta peste del olvido ha tardado doscientos años en incubarse en nuestra conciencia colectiva y no sabemos cuánto tiempo nos tomará librarnos de ella.

* David Mauricio Pérez, columnista de medios digitales y cronista. Asiduo lector de libros de Historia. @MauroPerez82

2 COMENTARIOS

  1. Buena y oportuna reflexión.
    Algo descuidado con la ortografía: “cimientes” por simientes… “basto” por vasto…

    • Muchísimas gracias, Sergio. Se me pasaron esas faltas de ortografía. Estamos un poquito desbordadas por aquí. Somos solo dos en el día a día de esto… Pero nos ayuda mucho tener gente con tu ojo. Laura

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