La política: entre centros y medios

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Ésta no es una burla sino un pedido de responsabilidad a quienes se dicen de centro

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¿Qué diferencia hay entre el centro y el medio? Parecerá una argucia diferenciar sinónimos, pero el medio no es el mismo lugar que el centro. El medio es el centro en la geometría plana, bidimensional, en el punto de corte que equidista dos puntos, sí, en distancias iguales, en una línea recta, que no es lo mismo que una línea de acción ética. Existen distintos tipos de centro – ortocentro, baricentro, circucentro – y de medidas medias – moda, mediana, mediatriz -. La geometría es un esquema que apoya el pensamiento esquemático y, especialmente, si es plana. Sin embargo, en política y en toda la realidad, nos encontramos con volúmenes, volúmenes humanos y tridimensionales y volúmenes discursivos, que orientan o tergiversan las voluntades.

Entonces, en esto que parece o es, para muchos un sofisma, empezamos a intuir y distinguir el lugar y posición del centro y del medio político, no en una plana circunferencia, sino en una esfera, en la esfera pública.  En esta esfera pública quien dice que ocupa el centro está en un lugar problemático porque parte de una falacia, la de asumir y atribuirse la creencia psicológica de ver y sentir al centro como poseedor de la razón-verdad, de la verdad más justa por estar en un segmento que parte la esfera en partes iguales.

¿Cómo creerse esto en política si quien se dice “de centro” está en la intersección de dos extremos que se consideran opuestos, equívocos, antagónicos y excluyentes? El centro ingenuo, que traslada esta idea geométrica a la realidad política está en medio de una contrariedad: quiere ocupar el lugar de la razón conciliando los errores de los extremos, o negando esos errores, ignorándolos, produciendo no solo el obstáculo de creerse la ingenua razón sino el de no afrontar la realidad pugnante del carácter de los extremos.

Al pasar de la lógica esquemática y formal a la lógica empírica de la realidad, se nos muestra la imposibilidad del centro neutral, el que nos enseñan como el entre de la izquierda y la derecha. Pidámosle ahora al que se dice “de centro o más central” un poquito de ciencia o de con-ciencia, y que demuestre con datos y hechos que SÍ es la solución a los extremos. Poco o nada escuchamos sobre esto a quienes enaltecen la bandera del centro, pues enuncian generalidades de centro sin mostrar los datos y errores de los extremos… y tampoco lo quieren hacer, por cuanto ideológicamente son alcahuetas y encubridores. Necesitan quedar bien, satisfacer a todos para atraer los votos de los ya cansados de los extremos.

Miremos un poquito su posición negociadora. Los que se dicen de centro más por intuición que por estudios y análisis también se enuncian como conciliadores, pero por su afán o facilismo de no pugnar con los extremos patentan otra astucia de centro. Al operar sin el análisis y la demostración, su conciliación es un sobrentendido sin fundamento. Una conciliación juiciosa entre ideologías seguro es una tarea de calado monumental: exige estudiar las ideologías de los opuestos y proponer la propia. Pero los candidatos y los que dicen que representan esta modalidad de narcisismo – “miren lo central que soy… estoy en el centro” – se exponen en público con una confianza ciega en su postura, más plagados e inflados por sus egos y alianzas que por datos y análisis serios de los contendientes, por momentos contertulios, y muy pocas veces oponentes discursivos.

Observamos a la mayoría de “centro”, en los debates y entrevistas, divagando entre mojigatas intenciones, baja crítica y fácil melodrama – “no me ataques en público que yo te quiero y admiro en privado” -. Vemos que poco o nada citan sus propios libros, diagnósticos o ensayos (si es que los tienen)…ni siquiera acuden a las matemáticas de la primaria y menos cuando tal título les distingue. Los percibimos en pantallas y plazas repletos de generalidades y apelaciones en las que nos dicen que van a exorcizar por pura bondad los desenfrenos populistas y corrupciones de uno o ambos extremos, y peor, sin ni siquiera nombrar el contenido del que nos salvarán; de tal suerte ocupan de una manera fulera el centro con un “yo concilio porque soy bueno, y no peleo…”.

Ésta no es una burla sino un pedido de responsabilidad a quienes se dicen de centro. Pregonan: “yo no discuto con uno u otro, yo los uno, únanse a mí, por eso mi tradición es la verdadera y mi postura da esperanza…o si nos hacemos pasito, nos salvaremos”. Confunden debate con agresión y, ante la injusticia real, se santiguan, caminan por las ramas para no provocar la exacerbación de las emociones, ya que creen que la razón es moderación y no saben que la emoción es motor de pensamiento. Sólo hay que asomarse a la literatura para ver que se escribió desde la culpa, el miedo, la rabia. Nietzsche denunció tan falsaria genealogía de la moral.

Pero las heridas gangrenadas, que en Colombia son traumas culturales, económicos y sociales, no se curan con tal parsimonia y menos con tan baja templanza. Los psicólogos saben que el duelo personal y colectivo solo se trasciende a partir del reconocimiento de las frustraciones, los fracasos, las rabias, los odios, las indignaciones para llegar a la aceptación de lo que somos, la aceptación de las condiciones reales, trágicas en las que estamos para tener un nuevo punto de partida. No se nace, ni se renace de la negación, ni de la mera acusación sin propuesta.  

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Con esto nace, sin quererlo o queriéndolo, el efecto inmoral del centro, el que por una postura acrítica culmina cohonestado con los extremos o dejando todo como estaba, o cayendo en la vileza, como ya pasó en la Medellín de la primera década del presente siglo en donde, ante el co-gobierno del crimen organizado, su alcalde miraba hacia el cielo platónico plagado de ballenas voladoras. Solo con un argumento cínico y lógico formal, se podrá afirmar que éste es el mejor de los mundos posibles – preexistiendo éticamente como el peor -, cinismo de la lógica positiva cuando se aplica a la realidad de las miserias humanas. Temer la radicalización argumentada es cobardía política que incuba el crecimiento de los males actuales en tragedias futuras. Herida que no se limpia se gangrena.

¿Qué salida plantear si así revelamos algunas de las dificultades del centro? Las pistas están en un saber de hace siglos, un poco más de dos milenios, en el autor que algunos maestros en sus clases de lógica nombraban como el “Maradona o el Pelé de la filosofía clásica”, Aristóteles, que proyectó en sus planteamientos éticos la función del medio, la ética del medio, o camino del medio no como postura construida y conciliada entre extremos sino como una ponderación del juicio que se opone y supera los vicios de las conductas extremadas ya por su exceso o por su defecto.

La medianía o medianidad de la razón es un juicio de valor fruto de un logos reflexivo que desnuda el yerro de los extremos. Visitando al genial filósofo, el medio es, por tanto, a diferencia del centro, un lugar crítico, radicalmente crítico-creativo (y esto aplica entre otras cosas para la ética y la política, para el amor y para el fútbol, para las comisiones de la verdad y de la memoria). Por ser crítico el argumento del medio, el mesoté griego, el pensar moderado del medio, es paradójicamente incómodo para los extremos porque los desnuda, los delata, no concilia con estos.

Pero aquí, en Colombia, y en el proyecto global, la psicología política de la videopolítica (publicistas, promotores, especialistas del marketing) trabajan para hacer ver a los moderados críticos como extremos, a los del centro más inteligentes y de mayor altura ética, y a los extremos como los únicos límites posibles y correctos del campo político. Es la Torre de Babel que enfrenta el elector, el ciudadano no sólo apesadumbrado por la inequidad, la corrupción, sino por la sociedad de la posverdad (mentira mediática que poco o nada tiene de medianía ética).

Bueno, ya sabemos que la política y la ética no son geometría plana, mucho menos arreglos de moderación de mesa, aunque es muy bella la metáfora de la mesa redonda por la horizontalidad que supone – pero tal mesa la gobierna un rey – y, si la Política es polemos, la polémica entre ciudadanos no requiere de un rey sino apuesta por una ética colectiva. El término medio como principio de la acción, de la decisión, del ethos, es crítica del poder vicioso y es creación de un nosotros que se puede plasmar en la escucha de un sujeto representativo del nos.

Poco creativos suelen ser los de centro, dado que se quedan atrapados entre los argumentos de los que señala como extremos e invita a su mesa… hace los oficios de buena madre sentando a la mesa a sus contrariados hijos e hijas, con la ilusión de la reconciliación sin que hayan pasado por la elaboración de las diferencias y disputas de su pasado. En consecuencia, la conciliación por la conciliación no es un logos que sustituye al rey; es una pésima negociación, una teatralización, más cuando no está basada en responsabilidades – respuestas comprensivas y explicativas -, ni en la creación de alternativas.

Visto así, una postura de centro no es una acción racional; es un hábito de acomodación, de temor a la responsabilidad con el presente y el futuro, de miedo al cambio, de conveniencia. Este centro tiene afán de ser el poder central y de impostarse como verdad y razón; al camino del medio le espera la meditación, la observación, la escucha, el análisis y la renovación con la cual señalar una nueva opción. De tal suerte, mientras el medio crea una perspectiva, el centro se queda atado a las tensiones que teme desatar.

No en vano se presenta como mejores negociadores y mediadores a quienes proponen alternativas distintas a la de partir la torta en dos o tres partes iguales, a la del 50-50, o falso miti-miti e injusto gana-gana, por cuanto cada caso y problema amerita un análisis del contexto, de los actores, de las potencialidades y oportunidades, lugar distinto al facilismo de quedarse con la partición del centro que concilia lo igual dentro de una previa desigualdad. Aplica para la paz: la reconciliación no se puede forzar como un mandato solamente con una apelación de fondo a la bondad metafísica porque ella es el punto de llegada de cientos y miles de procesos de mediación del desarrollo. Hay pues una distancia visible entre quienes aúllan el deber ser y quienes proponen caminos para llegar a él.

En concreto, el centro político habitual se construye sobre alianzas zalameras con personas de las tradiciones que repiten su modo de ser y hacer para mantener los intereses y privilegios, los porcentajes de continuidad y realización, la institucionalidad que les conviene y no la institucionalidad que adviene. El medio se construye sobre argumentos racionales y razonables que modifican las relaciones sociales traumáticas con otras soluciones o formas distintas de partir la torta.

El centro quiere a los extremos contentos; es apaciguador, pero sobre la marcha puede mostrarse como feroz pacificador para mantener la tensión que le dio origen. Llega así a su puerto final, a una ficción en la que peca por estupidez o por cinismo. Entre tanto, a quienes plantean opciones razonables, distintas, de cambio, que están en el medio como posición estratégica para apalancar el cambio se les visibiliza como parte de un extremo.

Esta distinción quiere indicar que los hombres y mujeres del medio buscan el punto más estratégico de la articulación entre perspectivas dialogadas y, por eso, superan la repetida justificación de los extremos. Y valga decir, para quien lo esté percibiendo así, este planteamiento no opone centro y medio, dado que el medio y el centro no son extremos, no pueden serlo, y no por razones geométricas sino por la fortuna de no habitar en el mismo plano, nivel, ni escala ética.

Para finalizarlo, el centro cohonesta su postura entre personas, grupos de interés y se cree poseído por la verdad, mientras el medio evalúa contextos, situaciones, problemas y soluciones y sabe que la verdad es co-construida en con-versa-acciones. El centro es politiquero; el medio es estratégico. Al centro le encantan los buenos modales corte “sanos”; al medio no le importa si se ve bien o mal porque expone lo que hay que presentar con su propia estética y lenguaje. Una solución mediana dado el contexto y la gravedad del trauma social ha de parecer radical para un sainete de centro, que arremolina doctores estudiados en Francia o cualquier norte, que regresan como trovadores de verdades desarraigadas del mundo local.

Pero la política es móvil y muchas veces quienes la hacen desde las ideas corren hacia el centro para ganar la carne publica, los votos, y pocas veces algunos de centro por algún atisbo de lucidez o corrección se percatan que la política justa nace de la razón, del camino de la razón meditada, estudiada, de la denuncia de las heridas, templada por el análisis de los hechos y la prospección de un mejor porvenir.

Si ya lo ha visto, muchos que están en el camino del medio son acusados de estar en los extremos y muchos que dicen estar en el centro representan veladamente a los extremos. Por ahora, le invito a usted como contertulio de esto que le presento como argucia, a que escuche el próximo debate y vea, observe y analice, desde su perspectiva, quién pondera y valora, quién presenta propuesta, quien la copia, quién está en el centro y quién en el justo medio.

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*Oscar Fernando Acevedo. Consultor, investigador, docente. Líneas: problemas psicopolíticos; memoria histórica; desarrollo organizacional; prevención de violencias; masculinidades protectoras. Esp. en Gerencia Social, Mg. en Estudios culturales.

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